Antes de convertirse en profesionales del golf, Carlos y Álvaro Ortiz fueron dos niños inquietos, traviesos y con personalidades opuestas que encontraron en un campo de golf mucho más que un deporte: una disciplina que terminó marcando sus vidas.
Rogelio Ortiz Batanero, tío paterno de ambos, recuerda aquellos años en los que la familia hizo malabares con viajes, escuela y torneos para acompañarlos en una carrera que comenzó desde muy pequeños. Hoy, con Álvaro recién instalado en el camino hacia el PGA Tour y Carlos con una trayectoria consolidada en el golf profesional, el orgullo familiar tiene dos historias distintas que contar.
"Hubo mucho trabajo detrás durante años de toda la familia: viajes, tiempos, compaginarlo con la escuela cuando estaban chiquitos. Poco a poco fueron creciendo, primero a nivel nacional y luego internacional. Aquí está el fruto de mucho trabajo", recuerda.
Si algo distingue a los hermanos es su personalidad. Carlos es serio, metódico y reservado; Álvaro, extrovertido, bromista y siempre sonriente. Así eran también desde niños, cuando su tío los recuerda como dos muchachos especialmente traviesos.
"Lo que tranquilizó mucho a Álvaro fue el golf. Lo puso más tranquilo, más enfocado por las características del deporte mismo. Era súper sonriente, súper chistoso y también súper tremendo", cuenta sobre quien conserva el apodo de Bola Ortiz.
El talento, sin embargo, no fue suficiente. Rogelio recuerda una anécdota de Carlos que retrata el valor de la perseverancia: cuando unos niños le preguntaron si siempre había sido el mejor, respondió que en su grupo llegó a ser apenas el sexto. La diferencia fue que mientras algunos compañeros abandonaron el deporte, él decidió continuar.
Esa constancia permitió que Carlos llegara rápidamente al PGA Tour y construyera una carrera que incluye participación olímpica y triunfos profesionales. Álvaro tuvo que recorrer un camino más largo, pero su familia considera que hoy atraviesa un momento de madurez que puede llevarlo a grandes satisfacciones.
"Es un muchacho muy talentoso, que ya llegó a su madurez, a su punto. Así como Carlos nos ha dado muchas satisfacciones, Álvarito también nos va a dar un sinnúmero de momentos para sentirnos orgullosos como familia y también como mexicanos", afirma Rogelio.
Sobre Carlos, después del cierre de su etapa en LIV Golf, su tío lo observa tranquilo. Sabe que todavía conserva inquietudes deportivas, particularmente la posibilidad de competir en más torneos majors, y confía en que pueda encontrar nuevas oportunidades en Europa.
Al final, para Rogelio, el mayor legado de sus sobrinos no se mide únicamente en tarjetas, trofeos o circuitos conquistados. Está en lo que el golf les enseñó y en el respaldo familiar que hizo posible su recorrido.
"Hay que verlo como un deporte que forja a las personas: inteligencia, compañerismo, respeto. No verlo como un deporte elitista", reflexiona.
Dos hermanos, dos temperamentos y una misma historia familiar. Aquellos niños que difícilmente podían quedarse quietos hoy representan el resultado de años de disciplina, sacrificios y una familia que nunca dejó de acompañarlos.
RGS