DOMINGA.– Hace un par de años, Jim y yo tuvimos que hacer una parada obligatoria en Branson, en nuestro roadtrip de luna de miel rumbo a Detroit por una dura tormenta que nos impedía seguir manejando. Una enorme cruz cristiana en medio de tenebrosas nubes grises nos dio la bienvenida. Después, la controvertida tienda Dixie Outfitters apareció en la avenida principal, que vende toda clase de souvenirs y productos con la bandera confederada, símbolo de valores conservadores extremos. Se cuenta que la dueña es la nieta del fundador del Ku Klux Klan.
En medio de esa vorágine de naturaleza blanca y evangélica que me recordaba aquellas películas gringas que cuentan historias de agentes del FBI que se infiltran en sociedades secretas racistas, vimos la monumental valla publicitaria anunciando el espectáculo más estadounidense en Missouri, Dolly Parton’s Stampede.
Branson también es conocida como “Las Vegas del cristianismo”. De hecho, en un episodio de Los Simpson, Bart dice que Branson es el sueño de Ned Flanders. Deberíamos ir, le dije a Jim, ya que estamos aquí. Si Dolly Parton –icono del country, magnate de los negocios, aliada de la comunidad LGBT+ e inspiración para la cultura drag, que tuvo el poder de poner a los machos a jotear como Juan Gabriel– era una figura importante en Branson, no debe ser una ciudad tan homofóbica después de todo.
Apenas cerré la boca una camioneta Ford, como sacada de una tienda de autos usados de los ochenta, pasó a nuestro lado con una gran manta que decía: ¡fuck immigrants! Era el mes de abril previo a las elecciones de 2024.
Dolly Parton’s Stampede cuenta con su propio edificio, diseñado en la típica arquitectura sureña de Estados Unidos. Dentro, las instalaciones consisten en un salón gigante con las gradas rodeando un terraplén cubierto de arena y un centenar de banderas estadounidenses decorando cada rincón.
En las gradas, los asientos están dispuestos frente a mesas donde se pueden degustar cenas que incluyen pollo rostizado, puré de papas, cerdo desmenuzado ahumado, un elote, un bisquet de mantequilla, postre y Coca-Cola sin límite. Las bebidas alcohólicas no existen pues se trata, dicen, de un sano entretenimiento familiar.
El espectáculo empieza con animales compitiendo, carreras de cerditos y búfalos saltando obstáculos. Después viene el show principal, números acrobáticos que cuentan la historia de la fundación de Estados Unidos. El público grita eufórico, con lágrimas en los ojos se entrega en un éxtasis de patriotismo encendido de color azul y rojo. La gente celebra el nombre de Dolly, dejan claro su amor. Dolly es uno de ellos. Aunque durante el espectáculo nunca suena ni siquiera una de sus canciones. Si bien Dolly era copropietaria del concepto, no hay nada que la recuerde.
Ahora Branson puso la bandera estadounidense llorando por la pérdida de la gran Dolly Parton, fallecida el 25 de agosto a los 85 años. Para ellos, el icono del country les pertenecía.
“¿Qué pasa contigo, Dolly?”
Originalmente el nombre era Dolly Parton’s Dixie Stamped. Pero el término Dixie fue retirado en 2018. La misma Parton dijo que no quería que el espectáculo tuviera un nombre que pudiera ofender a los espectadores ni generar inconformidad. “Todos son bienvenidos a este show y merecen ser tratados con respeto”, dijo.
Dixie era un apodo para referirse al sur estadounidense en los años en los que la esclavitud era considerada normal. Proviene de la canción “Dixie”, de Daniel Decatur Emmett, de 1859, que solía cantarla con hombres blancos maquillados con lo que hoy se conoce como blackface, deshumanizando a la comunidad afroamericana. Dicha canción sería adoptada por la Armada Confederada durante la Guerra Civil para elevarla a himno. Uno de los objetivos de la Armada era preservar el derecho a la esclavitud. El derecho a tener esclavos.
A menudo, Dolly Parton’s Stampede es considerado una “gran lección histórica de racismo” por la interpretación tendenciosa que hacen de la Guerra Civil, de los nativos americanos, de la comunidad afroamericana y de los inmigrantes. No podría ser de otra manera, es lo que la gente quiere ver y comer, literalmente. Especialmente en Branson y Pigeon Forge, Tennessee, donde surgió la idea del show. Pero seamos muy claros en esto, Dolly Parton nunca fue una persona racista.
“Dolly Parton se convirtió en una leyenda del country, una estrella de Hollywood y una magnate de los negocios. Pero su compasión por las familias pobres, su cobijo y fraternal apoyo a los artistas negros y su voluntad de enfrentarse al racismo crearon un vínculo improbable que se extendía mucho más allá de la música country”, dice la Rev. Dorothy S. Boulware.
A principios de 2026, la Universidad de Massachusetts, en su encuesta anual sobre las figuras públicas más queridas de Estados Unidos, reveló que el número uno se lo llevaba Dolly Parton, con Barack Obama en el segundo lugar.
La inesperada muerte de Dolly Parton mostró que su encanto superaba cualquier espectro político. Todos, desde la gente conservadora de Branson hasta la comunidad trans de Los Ángeles, sienten que Dolly les pertenece. Porque Dolly era Estados Unidos en una suave y hermosa nota de country.
La voz del Estados Unidos profundo
Dolly Parton nació en 1946, en Pittman Center, Tennessee, cerca del río Little Pigeon, cerca de la frontera con Carolina del Norte, rodeada de los exuberantes árboles que cuelgan como nubes en los Apalaches; un caudaloso ruido rosa que arrullaba con su fluidez, un ferviente cristianismo y extrema pobreza. Fue la cuarta de doce hermanos. Se dice que nació en la misma cabaña donde vivía su familia, pues no había dinero para costear un hospital.
“Nací el 19 de enero y estaba nevando. Durante el parto mi madre tuvo complicaciones, así que papá tuvo que ir a caballo hasta Pittman para buscar al doctor Thomas y traerlo de vuelta a casa; desde luego, no podía llegar allí en coche. El doctor Thomas vino y ayudó a traerme al mundo. Papá no tenía dinero pero siempre cultivamos maíz, así que teníamos harina. Por eso siempre bromeo diciendo que ‘al doctor Thomas se le pagó con un saco de harina de maíz, y desde entonces yo he estado ganando muchísimo dinero’”, escribió Dolly Parton en su libro Songteller: My Life in Lyrics (2020). Sus padres apenas sabían leer y escribir. Pero fueron lo suficientemente inteligentes como para contagiar la sensibilidad por las artes.
Parton cuenta en sus memorias:
“Mi padre no sabía leer ni escribir, y siempre se sintió avergonzado por ello. Pero no es algo de lo que avergonzarse porque, en su caso, creció en una familia de quince hijos allá en las montañas. Había una escuela de una sola aula que a veces quedaba a una milla de distancia. Los niños tenían que ir a trabajar al campo para ayudar a alimentar a la familia. Debido al clima y a las circunstancias, muchos niños no podían ir a la escuela. Así que él fue quien me inspiró a poner en marcha la ‘Librería de la Imaginación’. Hice que participara ayudándome con el proyecto, y eso le hacía sentirse muy bien. Le dije: ‘Papá, probablemente haya millones de personas en este mundo que no saben leer ni escribir, que no tuvieron la oportunidad. No te avergüences de eso. Hagamos algo especial’”.
Esa enseñanza de su padre, la de la Librería de la Imaginación, fue la motivación principal de su campaña para donar 300 mil libros para niños de todo el mundo. A veces ella misma se presentaba en los jardines de niños o escuelas primarias que recibían para leerles y de paso cantarles. Por cierto, muchos niños hijos de inmigrantes aprendieron a leer gracias a esta campaña.
Escribió su primera canción a los seis años.
“Crecí en una familia muy musical, especialmente por parte de mi madre. Así que era natural que mi madre siempre cantara [...]. Desde que era una niña pequeña, tuve el don de la rima. Así que estaba inventando canciones incluso antes de poder escribir. Yo rimaba todo…”. Esos orígenes son, en gran parte, los imanes que la mantuvieron cerca de la gente.
Nace una estrella solidaria, Dolly y los inmigrantes
Dolly se convirtió en estrella de la música country casi de forma inmediata con su primer álbum oficial Hello, I’m Dolly (1967), aunque antes ya había grabado Puppy Love, su debut comercial en 1959 cuando apenas tenía trece años.
Estados Unidos no dudó en adoptarla. Sus canciones hablaban de cosas simples: de sus orígenes humildes, del sudor de la clase trabajadora, de las sonrisas y de los emparedados en las horas de descanso, mientras los jornaleros entonaban notas de bluegrass. Su voz dulce, aguda como la nota más tostada en la partitura del género country, le cantaba a la gente sencilla, menos favorecida. Parton nunca se desprendió de sus orígenes proletarios.
Era blanca, era del Tennessee más profundo, pero sobre todo, era cristiana. Muchos veían en ella la encarnación de los valores que definen el mito fundacional de la Unión Americana. Para el grupo de conservadores extremos o de extrema derecha, éstos constituyen el fundamento del supremacismo blanco. Aunque muchos la empujaban a un posicionamiento, Dolly Parton nunca mostró un respaldo público ya sea al Partido Republicano o al Partido Demócrata.
Abrió un parque de diversiones, Dollywood, en su natal Pigeon Forge, en Tennessee, donde el espectáculo Stampede levantó el telón por primera vez, como una forma de agradecimiento a sus paisanos. Era un lugar donde podían divertirse a precios accesibles sin necesidad de viajar a parques de diversiones lejanos y costosos.
Muchas reseñas describen a Dollywood como un sitio conservador. Visitantes homosexuales aseguran que sufrieron reprimendas y discriminación por mostrar su afecto en público. En 2011, después de que una pareja de lesbianas había denunciado hostigamiento homofóbico en el parque de diversiones –debido a que vestían unas camisetas que apoyaban el matrimonio igualitario–, Dolly Parton ofreció disculpas públicas y declaró un apoyo frontal a la comunidad gay lésbica.
Lo cierto es que Dolly Parton, como casi nadie, encarnó de verdad los valores cristianos de generosidad sin nunca decantarse por una distinción ideológica. Se pronunció a favor del movimiento Black Lives Matter y de los inmigrantes que nutrían la fuerza laboral del país sin estatus migratorio.
Al menos en la comunidad latina de San Francisco, Dolly Parton es una cantante muy querida. Por ejemplo, en El Trebol, de los bares con intensa carga latina que puede llegar a ser intimidante para aquellos acostumbrados a las experiencias latinas gentrificadas, siempre suena “9 to 5”, tema principal de la película homónima de 1980 de Colin Higgins sobre los periplos de un grupo de secretarias que trabaja de 9 am a 5 pm y que además tienen que lidiar con las obligaciones inevitables de ser madres y esposas de la clase media. Ahí mostró el pedazo de actriz que era, entre canciones de Los Tigres del Norte y reguetón rudo, entre hombres pesados y mujeres de minifaldas moradas con tacones de plataforma blancos y el pelo lacio.
Parton tuvo el poder de poner a los machos gringos y latinos a jotear con el mismo subliminal magnetismo que Juan Gabriel en México.
Uno de los momentos que sellaron sus fuertes lazos con la comunidad hispana fueron sus colaboraciones para interpretar Before the Next Teardrop Falls, primero con el héroe del country mexicoamericano Freddy Fender en 1976 y, veinte años después, una versión con David Hidalgo de la banda chicana por excelencia, Los Lobos.
Gustavo Arellano, periodista de Los Angeles Times, recuerda el cover que hizo a la canción “Deportee”, de Woody Guthrie, inspirada en la tragedia del accidente aéreo de Los Gatos Canyon, California, el 28 de enero de 1948. Después se supo que en el incidente murieron los cuatro tripulantes de vuelo y veintiocho jornaleros de origen mexicano que volaban deportados de regreso a su país de origen. El trato de la prensa fue cruel y miserable, refiriéndose a la víctimas como simples deportados.
Arellano escribe:
“Parton sintió que los inmigrantes, legales y no, también formaban parte de la historia de Estados Unidos. Ella canta Deportee con la solemnidad que se merece y luego va más allá, recita los nombres de los mexicanos que [Woody] Guthrie imaginó en el avión que se desploma [Juan, Rosalita, Jesús y María] con ternura, no lástima. Con líneas como ‘Nos persiguen como forajidos, como ladrones, como ladrones’, encarna los miedos de los inmigrantes mexicanos, entonces y ahora, de que una sociedad estadounidense que los obliga a trabajar hasta el agotamiento después los arroja y desprecia como ‘las naranjas apiladas en sus vertederos de creosota’ que Guthrie describió tan memorablemente”.
We will always love you, Dolly, dice San Francisco
El día de su muerte, a 2 mil 200 kilómetros de distancia de Branson, Missouri, las banderas estadounidenses y las de arcoíris afuera de los bares gays en San Francisco ondearon a media asta. Se respiraba una nostalgia que estrujaba el pecho. En la marquesina del icónico Cine Castro se escribió: We will always love you, Dolly. Sabrá Dios qué pensarán los conservadores y conservadores extremos de que ella fuera una de las aliadas más entregadas a la causa LGBT+.
Su imagen desaforadamente camp fue fundamental en el desarrollo del movimiento de liberación gay en inspiración para la cultura drag y la comunidad trans. Sus pelucas, su maquillaje, sus botas brillantes de estoperoles y flequillos fueron looks que definieron cientos de espectáculos de hombres que imitaban sus amagos de bondad y solidaridad travestidos en su icónica figura. A menudo solía recordar el día que perdió en un concurso de dragas que competían por ver quien lograba imitar a la perfección a Dolly Parton: “ni siquiera estuve cerca de ser una finalista” decía.
Nadie como ella puso la mezclilla como una tela digna de los más regios vestidos que merecían ser coronados.
Ella fue una gran aliada de la comunidad LGBT+. En los años más devastadores de la pandemia por el VIH, Parton donó una fuerte suma de dinero mediante su casa productora Sandollar Productions para la producción del documental Common Threads: Stories from the Quilt (1989), narrado por Dustin Hoffman sobre la construcción del memorial por las víctimas mortales del VIH/sida frente a la Casa Blanca en 1989. Escribió “Travelin’ Thru”, el tema principal de la cinta Transamerica y, luego de su muerte, se supo que su chofer personal de muchos años era un hombre trans. Defendió el matrimonio igualitario frente al linchamiento cristiano
A las pocas horas de anunciarse su muerte, una drag queen se hizo presente en la Plaza Harvey Milk para hacer su pequeño homenaje. Un número de lip sync para interpretar “I Will Always Love You”, que cobraría segunda vida con la voz de Whitney Houston para la cinta The Bodyguard. Empezó cantando sola, pero a los minutos, los gays de siempre del barrio Castro, las lesbianas, los osos, los queers, los pasajeros que van saliendo de la estación de metro después de dejar la oficina en una jornada de 9 am a 5 pm, se unieron al canto.
Dolly Parton también nos pertenece, a nosotros, los jotos olvidados de Dios. Por suerte, tenemos a Dolly en el cielo para que interceda por nosotros. Porque ella, más que nadie, merece estar sentada a la derecha del padre.
GSC/ASG