Jodie Foster sentía dolor. Necesitaba una operación por un disco vertebral colapsado. Pero era su cumpleaños 63 (el 19 de noviembre) y estaba en París. Vestida con una chaqueta ajustada de color gris oscuro y pantalones a juego, con el pelo peinado y maquillada lista para empezar las charlas con los medios en la promoción de la cinta Vida privada.
Comenzó el día con una entrevista y un tentempié a media mañana en el paraíso gastronómico del chef Guy Savoy. Su comida: huevos escalfados bajo una montaña de trufas blancas italianas ralladas y tartar de ostras con granizado de limón y algas.
“Vaya, esto es genial —dijo—. Me tomé dos Advils, así que estaré bien. ¿Estoy en el paraíso?”.
A continuación, tuvo lugar una sesión de fotos a orillas del Sena. Foster sonrió y posó incluso cuando una fría llovizna se convirtió en un aguacero. Solo cuando empezó a caer una fuerte granizada, se suspendió la sesión.
“Soy de la idea de que la mente puede más que el cuerpo. Es mi trabajo”, aseguró.
Jodie ha rodado decenas de películas a lo largo de las décadas, como actriz y como directora. Tres de estas, francesas. Sin embargo, Vida privada (título en francés: Vie privée) es la primera en la que interpreta en francés un papel protagonista en solitario. No habla cualquier francés, sino uno fluido, rápido y casi sin acento.
Interpreta a Lilian Steiner, una psicoanalista estadunidense cuya vida en París, estrictamente controlada, se desmorona tras la muerte repentina de su paciente de nueve años (Virginie Efira), que al parecer se suicidó.
Convencida de que fue asesinada, Lilian comienza una obsesiva investigación privada. Su ex marido, Gabriel (Daniel Auteuil), accede a ayudarla. Por el camino, consulta a un hipnotista, y entra en un estado de sueño alucinatorio en el que ella y su paciente eran amantes en una vida anterior y tocaban en la sección de cuerdas de una orquesta parisina durante la ocupación nazi.
Ella y el cine francés
La película, anunciada como una comedia trágica policíaca y dirigida por Rebecca Zlotowski, recibió una ovación entusiasta en Cannes el mes de mayo de 2025, pero tuvo críticas mixtas en Francia. Algunos tacharon la trama de poco realista y difícil de seguir, pero elogiaron las interpretaciones, en particular la química entre Foster y Auteuil.
La conexión de Foster con Francia comenzó cuando era niña, gracias a su madre, una mujer obsesionada con ese país que criaba sola a sus cuatro hijos. Jodie, que comenzó su carrera en un anuncio de Coppertone cuando tenía tres años, era en gran medida el sustento de la familia.
“Mi madre estaba completamente enamorada de Francia —compartió Jodie Foster—. Leía libros sobre Napoleón, conducía un Peugeot, compró un ropero francés, un tapiz francés y obras de arte francesas. Finalmente, se fue de viaje en autobús por Francia con un guía y un autobús lleno de gente, y cuando volvió dijo: ‘Muy bien, ya está. Vas a aprender francés. Vamos a dejar este país y vas a ser una actriz francesa’”.
Su madre la llevó a París por primera vez cuando tenía ocho años. Recuerda comer baguettes con mantequilla y jamón sin parar, así como tomar fotos de la Torre Eiffel y los puentes sobre el Sena. Su madre le compró un abrigo mini de Burberry, un traje marinero francés y una gorra.
“Yo era Jodie en París”, comentó divertida.
La actriz ya tenía una conexión excepcional con los idiomas; empezó a hablar cuando tenía nueve meses y a los tres años ya podía leer en voz alta los carteles publicitarios en español (la empleada doméstica de la familia hablaba español). A los ocho, era capaz de pronunciar correctamente el nombre de la calle de su hotel, mientras que su madre, que nunca había aprendido francés, no podía.
De vuelta en Los Ángeles, Foster se inscribió en un liceo francés, donde dominó la gramática, el vocabulario y perfeccionó su acento francés.
“La escuela francesa es difícil. Hay momentos en los que te ponen contra la pared y te dicen: ‘Recita este poema’. Estudié ciencias, matemáticas, historia, todo en francés —recordó—. Todos los niños de mi clase eran franceses, excepto yo”.
Sin adornos y con pecas, a los 13 años apareció por primera vez en Cannes en 1976 con Taxi Driver, en la que interpretaba a una prostituta infantil. En la rueda de prensa de la película, sentada junto a su compañero de reparto Robert De Niro y el director, Martin Scorsese, Jodie impresionó a los periodistas con su fluido francés.
Después, su madre la sacó del colegio y se mudó a París para que participara en la película francesa Moi, Fleur Bleue. Interpretó a una joven adolescente que, decidida a perder su virginidad, tiene relaciones sexuales con un hombre mucho mayor.
“Esa es la peor película —destacó—. Horrible”.
Se quedaron en París durante casi un año y compraron un departamento (que Foster vendió hace casi 14 años) en la Île Saint-Louis.
“No fui al colegio en todo ese tiempo, así que me perdí de la geometría. ¿Qué te parece?”.
La nueva cinta
Con el fin de prepararse para el papel de Liliane Steiner, leía libros en francés en voz alta en casa y luego se trasladó a París para sumergirse en la vida francesa, visitar librerías, viajar en metro y autobús, hacer ejercicio en un gimnasio, reunirse con psicoanalistas franceses, tomar clases de violonchelo y cenar en pequeños bistros.
Su hermana mayor, Lucinda, lleva más de 40 años viviendo en París, y Josie pasó tiempo con su sobrina nieta e incluso llevó a su sobrino nieto a sus clases de kárate.
“Comía queso, tomaba aperitivos —confesó—. No hablé con ningún estadunidense en París durante tres semanas. A veces, cuando tenía que hablar francés todo el día, para la noche apenas podía mover la mandíbula”.
Aprecia que la vida francesa respete verdaderamente la privacidad. En Estados Unidos está acostumbrada a ser más cautelosa. Habla poco en público sobre su familia, aunque Charlie, uno de sus dos hijos adultos, es ahora un actor famoso, y la esposa de Foster, Alexandra Hedison, es artista y fotógrafa.
“Afortunadamente, los franceses te dejan en paz”, dijo.
“Hay una especie de anonimato que puedo tener en la vida cotidiana. ¿No es increíble cuando puedes ir en metro o en autobús y alguien está a quince centímetros de ti y no te mira, no te habla? Si estuvieras en un ascensor en Estados Unidos, en diez segundos, un estadunidense te diría dónde trabaja, con quién está casado, cuánto dinero gana”.
Zlotowski, la directora, llevaba mucho tiempo intentando convencer a Jodie Foster para que protagonizara una de sus películas antes de lograr que hiciera esta.
“Tiene una conexión increíblemente extraña con el idioma —aseguró Zlotowski—. En cierto modo, tenía a Jodie en mis huesos: es única, una heroína genial, un personaje solitario”.
Como el francés de Foster era tan perfecto, Zlotowski le pidió que maldijera en inglés cada vez que se enfadara para recordar a los espectadores que era estadunidense.
Foster cautivó a sus compañeros de reparto franceses, con su francés, bien sûr, pero también con su bonhomía.
“Oh là là, Jodie Foster, estás conociendo a una leyenda —exclamó Mathieu Amalric, el galardonado actor y cineasta que interpreta al marido de la paciente fallecida—. Me daba miedo conocerla. Y luego, en 30 segundos, se convierte en un ser humano y deja de ser una leyenda”.
Noam Morgensztern, que interpreta a un paciente enfadado en la película (un actor de formación clásica de la Comédie Française, el teatro nacional de élite del país), abundó:
“Es perfeccionista. Ultraprecisa. ¡Me encantó eso! Y su francés es tan increíble que a veces se me olvidaba que no era francesa”.
Efira la describió como “una actriz que no está atrapada en su propio mito; no es Catherine Deneuve”.
Foster desarrolló un vínculo excepcionalmente estrecho con Auteuil, tanto dentro como fuera de la pantalla; entre toma y toma, los dos se sentaban en sillas plegables y hablaban de sus vidas.
“El encuentro entre nosotros fue muy natural, como si nos conociéramos desde siempre —aseguró él en una entrevista en francés—. Tengo la desgracia de no hablar inglés correctamente, por lo que cada vez que me ha tocado conocer actores estadunidenses o ingleses a los que admiro, nunca he podido tener una conversación profunda. El hecho de que Jodie hable un francés perfecto me permitió superar esa barrera”.
Uno de los momentos clave de la película es cuando Lilian llega sin avisar a la consulta médica de su ex marido, un oftalmólogo. No puede dejar de llorar. Él le dice que nunca la ha visto llorar. Ella responde:
“No estoy llorando. Son mis ojos los que lloran”.
Casualmente, esa misma frase fue pronunciada con gran emotividad por Auteuil en la película de 1986 Jean de Florette. Su interpretación del feo y desventurado Ugolin le valió varios premios y lo catapultó a la fama.
“Me alegró que Jodie reinventara ese momento”, dijo.
Jodie Foster se resistió al principio cuando Zlotowski le pidió que improvisara en la película.
“Le dije a Rebecca: 'Mira, no sé si voy a ser capaz de improvisar en francés. Me va a dar pánico'”.
Pero la conexión con Auteuil era tan fuerte que se dejaron llevar por la improvisación en su última escena, un momento de ternura juntos en un restaurante.
“Había una atmósfera de complicidad, libertad, ligereza y confianza”, dijo Auteuil. “Éramos como dos trapecistas. Nos lanzábamos al aire, nos tomábamos con los brazos y seguíamos atrapándonos el uno al otro”.
Foster calificó esta película como un “globo de ensayo”, con la posibilidad de que haya más.
“Soy una persona diferente en ese idioma”, dijo. “Tengo muchas otras cosas que expresar. Quizás incluso me gustaría dirigir en francés”.
Ya no le queda mucho más que demostrar. “He dado todo lo que tenía para hacer películas. Una de las mejores cosas de haber hecho tantas películas, de llevar tanto tiempo en el negocio y de ser mayor es que ya no te preocupas por nada”.
MD