“He conocido la violencia y no hay nada más hermoso que haberla sobrevivido”, escribe Sasha Sathya en la descripción de su nuevo disco, AA2265, un recorrido de 22 canciones en el que conviven el trap, la electrónica y el noise con letras sombrías, referencias sexuales, noches de fiesta y una sensación de desilusión.
La frase, lapidaria, puede verse como una declaración de principios; de su pulsión por crear a pesar de todo. “Quizá la música es lo único que puedo sentir como propio; por un momento, cuando estoy haciendo música, siento que estoy creando algo mío, tiene partes de mí”, dice en entrevista con MILENIO.
Radicada en México, la artista trans argentina se sincera sobre la precariedad de vivir del arte, las dificultades para encontrar espacios sin desigualdades y la necesidad de construir vínculos que permitan experimentar algo parecido un "hogar".
La autogestión como forma de resistencia
Crear desde la independencia no es una postura romántica para Sasha, sino la manera que ha encontrado para tener el control de su obra, aunque eso implique incertidumbre económica y enfrentar una industria donde las oportunidades no siempre implican condiciones justas.
“¿Por qué sigo insistiendo? Porque no conozco otra forma que no sea la autogestión”, plantea.
Reconoce que aferrarse a esa ética tiene raíces punks. Por ejemplo, bandas como Fugazi, cuyos principios de independencia la refieren a cómo defender una postura sin ceder a las exigencias comerciales. “Las disidencias deberían tomar más de ahí para autogestionarse”.
Recuerda que hace más de una década tuvo un acercamiento con Sony: un directivo le propuso grabar cuatro canciones y así cerrar un contrato discográfico. Eso parecía abrirle una gran puerta, pero al volver a casa se cuestionó al respecto.
“Me ha pasado que la música me ha llevado a lugares... sentarme en la oficina de Sony, con un directivo y que me diga: ‘Hazte cuatro canciones más y firmamos’, y volver a casa, pensar: ‘¿Qué estoy haciendo?’, y abortar el plan”, detalla.
Una anécdota que resume esa cierta contradicción que atraviesa su trayectoria: defender la independencia, que a veces significa renunciar a recursos y oportunidades, pero también la posibilidad de crear sin perder el control. A su manera.
Del rock al trap: construir un lenguaje propio
La historia musical de Sathya comenzó en la ciudad de Merlo, Argentina, donde creció escuchando a su abuelito, Bautista Arias, tocar folclore. Esto la llevó a tomar la guitarra y, al poco tiempo, comenzar a tocar en una banda de rock.
Formó parte de distintos proyectos de la escena independiente argentina, como Las Grasas Trans y Marina Fages & Chicas de Humo. También coincidió en algunos shows con el baterista Fernando Samalea, reconocido por su trabajo con Charly García y Gustavo Cerati.
Pero tras notar que los procesos colectivos de las bandas comúnmente terminaban boicoteándose, decidió enfocarse en su proyecto solista: “Hacer trap en 2016 no era habitual en las disidencias. Fue un proceso”, rememora.
En 2019 lanzó ReBeba MiXXXtape, su primer álbum. Dos años después presentó L4 N1374 D3 L4 51RV13N74, también realizado de manera autogestiva. Y después de un lustro en 'silencio', sin publicar algo, este 2026 subió el volumen con AA2265.
Las desigualdades de la industria
En el recorrido de Sathya, el feminismo y el transfeminismo han sido fundamentales para su conciencia colectiva. Pero recientemente otra preocupación ha ocupado un lugar central: la clase social y las barreras económicas que determinan quién puede acceder a determinados espacios.
“Creo que hay una élite muy fuerte en la industria musical que me ha afectado muchísimo”, afirma.
También cuestiona las iniciativas, principalmente institucionales, que reúnen a creadoras bajo una misma categoría por su identidad, sin considerar las diferencias de propuestas. Como la ocasión que la invitaron a un evento artístico de disidencias, pero se encontró con una programación sin mucha coherencia, donde insertaron su proyecto entre un espectáculo drag y un ballroom.
"Creo que así se crean una serie de estereotipos sobre qué es la cultura queer o LGBT. No está bueno encasillar. O cuando pareces que estás en un show televisivo, que una persona va presentando".
Acentúa que no tiene problema en compartir espacios con otras personas LGBT+, pero considera importante reconocer la diversidad estética y las trayectorias, "como la de Zemmoa".
Y la precariedad, que sigue siendo una preocupación cotidiana: "Casi nadie tiene la ética de ‘Te invito a tocar sin explotarte’".
Un hogar lejos de casa
Aunque vivir en la Ciudad de México ha renovado visión, establecer vínculos no ha sido sencillo: "No tengo un trabajo que me permita salir cada fin de semana. No socializo mucho. También se siente un poco difícil hablar con alguien porque como que no le conmueve tu historia, que no digo que le valga".
"Me cuesta muchísimo relacionar mi arte con otras morras, a las cuales respeto muchísimo; me encanta lo que hacen, pero no siento tanta afinidad. No sé por qué. No es intencional. Y me parece bien que sea así", añade Sasha.
En lo personal, encuentra en su novia un pilar: ambas conocen los riesgos de desenvolverse en una sociedad hostil, por eso estar juntas da una certeza en medio de la incertidumbre. “No es fácil la vida en pareja, pero es una sensación de hogar”.
Al cierre de la charla con MILENIO, la cantante no se declara optimista ante un mundo marcado "por las guerras y la preocupación por el agua". Pero conserva el deseo de que la música le permita vivir con mayor comodidad y ayudar a otras personas.
"Quiero producir más y que eso me dé varo para ayudar a otras personas; con la precariedad que vivo me siento impotente de no poder ayudar a banda que lo necesita".
Y respecto a qué le da esperanza, mira hacia las comunidades originarias y autogestivas: "Esos lugares donde las lógicas de occidente no llegan tanto; pienso que ciertas prácticas de las comunidades deberían ser un objetivo". Cree, a pesar de todo, que son posibles otras formas de organizar y vivir la vida.
hc