¡Ay amor! El hombre que ha puesto a bailar a varias generaciones con música llena de sentimiento, que a más de uno ha hecho llorar, celebró sus 35 años de trayectoria con una fiesta en la que entonó sus más grandes éxitos, mezclados con canciones de leyendas como Juan Gabriel o Joan Sebastian, ante un público totalmente enamorado que abarrotó el Palenque de Metepec.
El artista derrochó carisma desde el primer momento en que pisó el escenario, coronado con una tejana blanca que hacía juego con sus botas, pantalón y cinto, un atuendo fresco que incluyó también una chamarra café con tres tipos de estampados. La barba negra y sonrisa de comercial le aportaron personalidad, pero la voz que prácticamente no ha cambiado desde su juventud fue su principal atractivo.
A sus 65 años, Pancho presumió una agilidad envidiable cuando siguió la coreografía de sus bailarines (jóvenes de buen ver, vestidos con trajes perlados) al ritmo de melodías tanto clásicas como nuevas -como las de su disco más reciente, llamado 35 Años-.
Por ejemplo, el jefe de la dinastía Barraza presentó su sencillo más reciente llamado El Terco, una pieza dedicada a esas relaciones que son tóxicas, pero que uno tolera por mero masoquismo. La sinceridad de sus letras las vuelve universales, porque al mostrarse vulnerable consigue conectar con personas de todos los estratos. ¿Quién no ha abandonado el sentido común con tal de hacerle caso al corazón?
“No cabe duda, compadre, que las mujeres son malas. Bueno, solo unas… otras son peores”, dijo entre risas el poeta del amor. Y antes de que se ofendan, su frase tiene validez también para los hombres. Digo, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra (ahora resulta que todos son santos).
De vuelta al concierto, Pancho dejó claro por qué sigue vigente después de tres décadas sobre los escenarios: es un artista completo. No solo compone y canta sus temas, sino que al momento de interpretarlos en vivo se convierte en director de orquesta. A diferencia de otros, él no tiene un orden predeterminado para entonar sus temas, sino que los elige en tiempo real de acuerdo al ánimo del público, y utiliza su propio lenguaje de señas para indicarle a los músicos la pieza que sigue.
El cantante manotea, lanza puñetazos o cuenta con los dedos e inmediatamente sus acompañantes tocan las notas precisas. De este modo, todos los conciertos son únicos, hechos a la medida de cada público. En el caso de Metepec, podría decirse que fue una noche soñada para los asistentes. El intérprete los miró a los ojos, les tendió la mano, brindó con ellos y se tomó selfies, pues los tenía prácticamente al lado por la forma del palenque.
Uno de los presentes pintó un retrato caricaturizado del autor de Música romántica, y se lo regaló para convertirlo en parte del escenario. Otra mujer llevó un cartel que decía “esperé 22 años para verte en vivo”. Eso es cariño real, del que no se regala solo porque sí. ¿Necesitamos más pruebas para decir que la música de Pancho Barraza llega directo al corazón?
Reitero, esa complicidad se sostiene con la honestidad de las canciones. Llegó un momento en que el artista se sentó solo al centro del escenario, debajo de una fotografía de sus abuelos. “Esos viejitos que ven en la pantalla son quienes me criaron”, se sinceró. “Todos venimos cargando una historia. Hay alguien en casa, en otra ciudad, en el cielo, que nos acompaña. Quiero hacerlos partícipes del proceso para escribir estas canciones”, remató.
Pancho explicó que tiene motivos personales para componer su música, pero que los oyentes la adaptan a sus propias vivencias, por eso las dedican a sus seres queridos o las utilizan para desahogarse. Esa es la labor de un poeta: encontrar palabras que describen emociones universales, con las que cualquiera pueda identificarse y verse reflejado. Vaya que lo consiguió, pues unas 5 mil personas corearon sus letras con los ojos brillosos.
Hasta los vendedores dejaron de lado sus charolas con cerveza para entonar Mi amor y mi agonía, además de grabar un video para sus enamorados. Nadie pudo resistirse a cantarlas.
Ya que estamos en eso, los meseros nunca pararon de servir tequila, whisky, ron o cerveza. No sé si las vibraciones de la tuba y el clarinete estimulan las ganas de emborracharse, pero la mayoría de los asistentes se fueron tambaleando. No así el hombre del micrófono, quien se pasó las cuatro horas de concierto solo con agua simple. (Acá entre nos, el organizador del evento contó a MILENIO en exclusiva que originalmente duraría tres horas, pero que el propio Pancho decidió alargarlo al ver la pasión del público).
Barraza cantó, bailó, brincó, y se cambió de atuendo cuatro veces como si no tuviera 35 años de carrera, sino de edad. Hasta se quitó la playera para aventarla al público. Solo puedo decir, espero llegar a los 65 con esa condición física.
“Esta noche es muy especial, es de esas que no se me van a olvidar nunca. Metepec ¿Estás listo?”, fueron las palabras que antecedieron a los acordes de Mi enemigo el amor, su tema estrella que cantó tres veces durante la noche: la primera sin emitir sonido, pues con solo decir la primera palabra de cada estrofa los presentes la seguían a todo pulmón a capella; la segunda ya acompañado por sus instrumentos; y la tercera, pues por qué no, si está bien buena.
La música impregnó cada rincón del lugar que estuvo lleno de sombreros vaqueros, chamarras estilo Marlboro, uñas buchonas y botas de rancho (sin contar las gorras, playeras, fotos, vasos, llaveros o caballitos tequileros que tenían la cara de Pancho Barraza, vendidos como souvenirs).
Como si no fuera suficiente su amplio repertorio de canciones originales, nuestro protagonista entonó himnos de la cultura mexicana como No volveré, que hace más de medio siglo se popularizó en voz de Pedro Infante; o Mi gusto es, compuesta por Alfonzo Esparza Otera, célebre por las versiones de Antonio Aguilar y Lola Beltrán; incluso El Rey del maestro José Alfredo Jiménez, hasta Acá entre nos que Vicente Fernández grabó en la historia.
Dijera Joaquín Sabina, “nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres”, pero el espectáculo no terminó sino hasta las 4 horas del domingo 30 de agosto. El show estelar comenzó poco antes de la medianoche, pero el público bailó desde las 9, cuando la agrupación Los Parias tocó un popurrí de puros éxitos rancheros -por nombrar algunos: Ayer la vi por la calle, Juan Martha, Le hace falta un beso, Desvelado, Belleza de cantina, Que nadie sepa, El final de nuestra historia, La llamada de mi ex, Y todo para qué, Te ves fatal, Por tu amor- todas perfectas para empinar el codo y mover los pies.
Después de ellos subió Favio Santillán, el michoacano que estrenó la canción original El Volcán (dedicada a los migajeros), entre covers como Fuerte no soy, y Como la flor. Acto seguido se presentó la cubana Dunia Ojeda, cuya maravillosa voz entonó una versión de Todo lo fue, de Lenin Ramírez.
En fin, durante la madrugada llegó un punto en que el palenque se quedó pequeño para los miles de bailadores que movieron el esqueleto. Lleno total. Nadie se quedó sentado. Fue notorio que Metepec extrañó a Pancho durante los tres años que llevaba sin presentarse ahí, por eso les prometió volver tan pronto como fuera posible. ¡Tenemos Barraza para rato!
SNGZ