Macondo está llegando al desenlace de su historia, pero antes los Buendía deberán mirar de frente un pasado que sus generaciones han intentado dejar atrás, pero que sigue repitiéndose.
La segunda y última parte de Cien años de soledad, la serie de Netflix, recupera uno de los temas esenciales de la novela de Gabriel García Márquez: la memoria como forma de resistencia frente a una historia que insiste en repetirse.
Volver a Macondo es recordar. La adaptación a la pantalla ha permitido reconectar con la esencia de la novela de García Márquez y mirar, desde otro lenguaje, una de sus reflexiones más vigentes: los pueblos que olvidan su historia se exponen a repetirla.
En la familia Buendía, los nombres se repiten y los errores regresan. Lo que ocurre en una generación aparece en la siguiente. Es ahí donde la memoria podría dejar de ser un registro del pasado y convertirse en una posibilidad de romper el destino.
La actriz Margarita Rosa de Francisco, quien interpreta a Fernanda del Carpio, encuentra en esa dimensión de la novela una de las razones por las que la obra continúa siendo vigente: “nos enfrenta con la memoria”, dijo a MILENIO.
“Lo que propone es muy fuerte. Nos enfrenta con la realidad de nuestro país y con un aspecto circular del tiempo: un eterno retorno. Lo más tremendo es que todavía estamos viviendo el eterno retorno que está contado en Cien años de soledad”, explicó.
El último refugio del pasado
Y mientras Macondo se aproxima a su destino, sus personajes enfrentan las consecuencias de sus decisiones. Para la actriz ese deterioro se evidencia en la vida de una mujer que dedicó parte de su existencia a mantener un orden que ya no puede sostener.
“Entro en el momento en que Fernanda está desvaneciéndose, está desmoronándose. Ya la guardia que antes tenía montada está destruida y yo creo que representa ese derrumbamiento del sueño que tenía”, explicó la actriz.
Para construir esa última etapa del personaje, Margarita Rosa de Francisco trabajó primero con una coach y, antes de profundizar en su personaje, realizó un análisis de las escenas de Fernanda joven junto con la directora Laura Mora, porque de ahí surgió la esencia.
“Estuve muy agarrada de la directora, de Laura, para poder dar coherencia con respecto a la Fernanda anterior, aunque se supone que la diferencia entre una y otra es bastante grande. Pero Laura me ayudó a coserla”, recordó la actriz sobre su proceso.
En esa mirada aparece uno de los contrastes fundamentales de la historia: mientras Macondo se desmorona, Fernanda encuentra un refugio en casa que trasciende lo material. Para ella, todavía existe algo que merece ser preservado.
La belleza que aún resiste en Macondo
Para Estefanía Piñeres, Amaranta Úrsula no regresa a Macondo únicamente con la intención de devolverle la vida al pueblo: ella es capaz de encontrar belleza donde los demás solo ven ruinas. Su personaje proyecta su propia alegría y sensibilidad sobre ese espacio.
“Ella cree que le puede devolver la belleza al pueblo. Este es un personaje que es capaz de proyectar su propia belleza sobre las cosas. Y cuando digo su belleza, me refiero también a su belleza espiritual, su alegría y su goce”, explicó la actriz sobre Amaranta Úrsula.
El encierro de Aureliano Babilonia
Ese destino está también en manos de Sebastián Osorio, quien interpreta a Aureliano Babilonia, uno de los personajes que lleva hasta las últimas consecuencias la obsesión de los Buendía por comprender su historia, a través de los pergaminos de Melquíades.
Uno de los mayores desafíos a los que se enfrentó Osorio fue interpretar su etapa de ermitaño, “no solamente por la transformación física”, dijo el actor, “sobre todo para encontrarle una verdad y una coherencia a alguien que ha estado encerrado el mayor tiempo de su vida”.
El reto fue hacer visible aquello que García Márquez construyó desde la literatura: un hombre aislado del mundo y refugiado en la lectura, “me preguntaba cómo traspasar las acciones físicas que se leían en el libro a la imagen para que se viera orgánico”, dijo Osorio.
Ahí, la historia se encuentra con una de las grandes paradojas: Aureliano busca en los pergaminos aquello que su familia ha sido incapaz de conservar de manera consciente. La memoria está escrita, pero los personajes no la comprenden hasta que es demasiado tarde.
José Arcadio y el deseo de romperlo todo
José Arcadio, interpretado por Emmanuel Restrepo, llega a un Macondo muy distinto al que dejó cuando era niño. El personaje regresa marcado por aquello que conoció fuera del pueblo y se enfrenta a una sociedad que ya no reconoce y que le resulta ajena.
“Es un personaje que quiere romperlo todo y romper con todo”, explicó, porque este rol no solamente confronta el entorno, también intenta enfrentarse a la realidad que su propia familia construyó, incluso a su propia identidad.
“Quiere destruir todo lo que fue la mamá, porque fue la que le construyó esa realidad. Quiere alejarse de ese pueblo conservador y cerrado”, agregó el actor sobre José Arcadio, quien aparece con licencias creativas en la adaptación.
La llegada de José Arcadio ocurre cuando Macondo ya ha comenzado a pagar el precio de su transformación. En la segunda parte, el progreso que alguna vez representó una promesa para todos los habitantes del pueblo termina abriendo la puerta a la decadencia.
El ferrocarril conecta al pueblo con el exterior, llega la compañía bananera y la historia vuelve a demostrar que aquello que parece una oportunidad puede convertirse también en una nueva forma de violencia y olvido. Y al final queda la memoria.
La misma memoria que Fernanda intenta preservar dentro de una casa que se desmorona; la que José Arcadio desafía al regresar a un pueblo que ya no reconoce; la que Amaranta Úrsula intenta recuperar en Macondo; y la que Aureliano descifra en los pergaminos.
Esa es también la memoria colectiva de una América Latina marcada por guerras, violencia, desigualdad, progreso y tragedias que, como en Macondo, pueden repetirse cuando dejan de ser recordadas. Quizá ahí se encuentre la vigencia de la novela: es también un espejo.
Y ahora que la serie concluye, Macondo vuelve a dejarnos frente a esa misma reflexión, porque quizá el final de Cien años de soledad no consiste solamente en despedirse de los Buendía, sino en recordar por qué su historia sigue siendo también la nuestra.