Sentado en su silla en restaurantes y bares de la ciudad de Durango, con calma entona esas canciones que nos han acompañado toda la vida, en las buenas y en las malas.
Ha aparecido en infinidad de videos que los clientes graban mientras canta. Él es Salvador Botello, un cantante invidente, nacido en Michoacán, pero con alma duranguense.
El señor Botello es músico “de oído”, como les dicen a los nacidos para el arte, al menos en los cancioneros. Pero el gusto y la necesidad fueron dos caminos que se juntaron en su vida. Desde que cantaba la introducción de la novela Chucho el Roto y, más tarde, durante las posadas de su infancia, otros músicos le mostraron los instrumentos cuando se sentaba a un lado de la tarima para escucharlos.
“La necesidad creo que es obvia: soy ciego, y el Señor nos da un camino para sobrevivir, digo yo. Y este fue mi camino, porque aprendí a tocar gracias a que mis tíos, primos de mi papá, eran músicos.
"Allá en mi tierra, cuando se hacían las posadas, después se organizaban unos bailes, y yo quería estar cerca de los músicos; lloraba porque quería estar con ellos. Fueron quienes comenzaron a mostrarme y prestarme sus instrumentos: el bajo, la guitarra, la vihuela. Así despertó el gusto por la música.
"Yo, desde que tuve uso de razón, comencé a cantar. Había una novela que se llamaba Chucho el Roto, y lo primero que aprendí fue: (a capela) ‘Voy a cantarles, señores, las coplas de Chucho el Roto, aquí en el pueblo nombrado el bandido generoso’. Y eso fue lo primero que aprendí”.
Aprender entre acordes y fe
Desde pequeño, los acordes fueron parte de su formación, cuando le regalaron su primera guitarra en el sur de México. Aprendió a tocar y a rezar al mismo tiempo.
“El seminarista que me enseñó, que ahora debe ser sacerdote, se llamaba Abel Castañeda. Él me enseñó a rezar y a tocar la guitarra. Después emprendí mis primeras notas. Luego me iba a un pueblito que se llama Villa Madero, en Michoacán, y ahí no cantaba para nadie; simplemente me sentaba en una banca de la plaza y la gente pasaba, y algo me daban. Esa fue mi primera experiencia. De ahí sacaba para mí y ayudaba a mi familia: mi madre y mis hermanas, que también trabajaban. Entre todos la apoyábamos con poquito dinero, porque ella fue la que nos sacó adelante”.
Luego viajó a Durango, donde fue contratado en algunos restaurantes locales y comenzó a ganar dinero. Ahí inició su historia en la capital cuando, por azares del destino, conoció una escuela para ciegos y tras una invitación para vacacionar hecha por los padres de un amigo con parálisis motriz, lo escucharon cantar. Así obtuvo su primer contrato en un restaurante llamado Míster G, de Javier Treviño. No volvió a Michoacán tras hablar con su madre, pues a los 21 años —en 1984— comenzó a irle bien.
“En Durango es donde más me han reconocido como músico, porque en Michoacán también cantaba, pero aquí fue donde vine a destacar y donde me apoyaron. Don Javier, Dios lo tenga en paz, fue el primero en llevarme a la radio en Michoacán, y me hicieron una entrevista; ni siquiera sabía tocar la guitarra. Pero yo ya cantaba en la radio y comencé a contar cuentos infantiles. Una muchacha me habló por teléfono: ‘No sabes tocar la guitarra, pero tienes buena voz’. Después él conocía a Patricio, que tenía parálisis motriz, no podía caminar. ‘Te voy a llevar a que conozcas al 'Pato'; es de Durango y está en tratamiento’”.
De restaurantes a las calles
“Como saben que lo mío es la música ranchera, eso es lo que me piden los clientes. Antes de llegar al bar Belmont, que es donde me ubican, yo trabajaba solo en varios restaurantes como La Zorrita, La Casona y Pizza Barraza. Después, un compañero que ya murió, Jesús Hernández, me dijo: ‘Vámonos al talón’, porque así le decimos a tocar en la calle. ‘Ahí te juntas con otro músico, Antonio Hernández, con quien recorro todas las cantinas de Durango’”.
Anécdotas que deja la música
Una de las anécdotas que ahora le causan hilaridad ocurrió cuando le solicitaron una serenata. Él hizo su interpretación, pero al finalizar descubrió que la mujer a quien iba dedicada se encontraba con otra persona.
Y aunque ha compuesto canciones, ha decidido no darlas a conocer por malas experiencias. Aun así, disfruta crear música y letras, además de ejecutarlas e interpretarlas, como lo ha hecho durante muchos años, en los que miles de personas lo han escuchado a lo largo de las décadas.
Hoy, don Salvador requiere apoyo, pues vive de lo que gana con la música y su esposa necesita una operación de rodilla. Por ello, organiza una rifa para una serenata el 2 de mayo. El número de contacto es 618 103 41 68.
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