A las afueras de la ciudad de Lerdo, Durango, entre paisajes de mezquites y llanuras donde todavía parece resonar el galope de los caballos, se levanta la Ex Hacienda de La Loma. Con más de 200 años de historia, este recinto de adobe y cantera es mucho más que un conjunto arquitectónico: es un espacio donde se cruzan la memoria de la Revolución Mexicana y los pasajes de la vida republicana del siglo XIX.
Hoy transformada en el Museo del General Francisco Villa y la División del Norte, visitada por MILENIO, la ex hacienda atesora en sus 20 habitaciones, patios y galerías un relato que conecta dos momentos fundamentales de la historia nacional: la estancia del presidente Benito Juárez durante la Segunda Intervención Francesa, en 1864, y la conformación de la División del Norte, la fuerza revolucionaria más emblemática de 1913.
Un casco de hacienda convertido en historia
De acuerdo con documentos y registros, el casco original pertenecía a la Hacienda de la Santísima Trinidad de la Labor de España, inaugurada el 15 de abril de 1821. El conjunto, construido con los materiales y técnicas propias de la época, fue residencia de acaudalados hacendados que dominaban la vida económica y social de la región. Sin embargo, con el paso del tiempo, aquellos muros presenciaron episodios que trascendieron lo privado para convertirse en referentes de la historia nacional.
“Primero fue una casa señorial, luego un refugio para el presidente Juárez y, más tarde, el cuartel donde se gestó la División del Norte. Cada etapa dejó huella en la memoria del inmueble”, explica Alberto Antúnez, responsable del museo, quien ha dedicado años a custodiar los relatos y objetos que hoy dan vida al lugar.
Juárez y los días de incertidumbre
La presencia de Benito Juárez en La Loma se ubica en un periodo turbulento: septiembre de 1864, cuando el presidente de la República recorría el norte del país resistiendo la invasión francesa y la imposición del Segundo Imperio, encabezado por Maximiliano de Habsburgo.
Tras haber ocultado los archivos de la nación en la famosa Cueva del Tabaco, en Matamoros, Coahuila, Juárez pasó por diversas poblaciones hasta llegar a Durango. El 13 y 14 de septiembre se refugió en la Hacienda de La Loma, desde donde firmó decretos y despachó asuntos de gobierno, acompañado por sus ministros.
“Juárez no solo buscaba resguardar su vida, sino mantener la legalidad republicana en medio de la adversidad. Aquí, en La Loma, se mostró como jefe de Estado en funciones, aun cuando la patria parecía desmoronarse”, relata Antúnez.
El nacimiento de la División del Norte
Casi medio siglo después, el mismo recinto sería escenario de otra reunión decisiva. El 29 de septiembre de 1913, Francisco Villa convocó en el comedor principal a los jefes revolucionarios de Chihuahua, Coahuila, Durango y Zacatecas.
La votación que se llevó a cabo esa tarde lo designó como comandante en jefe de la recién conformada División del Norte, el ejército popular que se convertiría en un símbolo de la Revolución.
“Fue un momento crucial: la Revolución necesitaba organización, y aquí se decidió el rumbo de una de las fuerzas más influyentes del conflicto”, afirma el director del museo.
Desde La Loma partió la expedición hacia la toma de Torreón, considerada una de las batallas estratégicas más importantes de la lucha armada. En esas paredes todavía parecen resonar los ecos de las discusiones, las arengas y las decisiones que marcaron el destino del país.
El museo y su acervo
Hoy, los visitantes recorren las estancias que en otro tiempo fueron oficinas de hacendados, dormitorios y comedores de familias privilegiadas. El inmueble, de más de dos mil cien metros cuadrados, conserva su estructura original, con veinte habitaciones, dos patios, un amplio comedor y una capilla de estilo grecorromano.
En las galerías se exhiben armas de fuego, sables, utensilios de la vida revolucionaria y murales que narran, con trazos y colores vibrantes, las gestas de Villa y su ejército.
Una de las salas más significativas está dedicada a la Tienda de Raya, institución propia de las haciendas, donde los peones recibían vales y mercancías como forma de pago. Allí se muestran objetos cotidianos, fotografías de la época y una colección de billetes emitidos durante el breve gobierno de Villa en Chihuahua.
“Cada sala es una lección de historia viva. El recorrido inicia con los primeros movimientos revolucionarios, incluida la toma de Ciudad Juárez, en 1911, convocada por Madero, Orozco y Villa, que significó la primera victoria seria contra el régimen porfirista. Ese triunfo abrió la puerta al exilio de Porfirio Díaz en París”, recuerda Antúnez.
Entre la pedagogía y la memoria
La museografía busca no solo exponer reliquias, sino ofrecer un recorrido pedagógico que conecte a los visitantes con los hechos históricos. Estudiantes, investigadores y turistas encuentran en La Loma un espacio para reflexionar sobre el costo de la libertad y la construcción de la nación.
Los murales, las banderas de brigadas revolucionarias, los decretos juaristas y los objetos personales de combatientes permiten entender que este recinto es, al mismo tiempo, archivo, escuela y memorial.
La herencia de Durango
Durango ha sido tierra de pasajes determinantes en la historia de México, y la Ex Hacienda de La Loma es prueba de ello. En sus muros se cruzan el ideario liberal de Juárez y la lucha popular de Villa, dos momentos distintos que, sin embargo, comparten la búsqueda de soberanía y justicia.
“Este lugar no es solo un museo; es un recordatorio de que la historia se hace con decisiones, muchas veces tomadas en espacios modestos, pero cargados de trascendencia”, concluye el responsable del recinto.
Hoy, cuando la hacienda abre sus puertas a nuevas generaciones, se reafirma como un símbolo de identidad para Durango y como parte de la memoria colectiva de México. La Loma no es únicamente un vestigio arquitectónico, sino un testigo silencioso de los días en que la nación se debatía entre la invasión extranjera y la lucha revolucionaria, y donde se gestaron capítulos que aún resuenan en la historia patria.
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