Basura del desierto que se vuelve arte: historiador de Lerdo transforma palmas en máscaras prehispánicas

Su trabajo combina sostenibilidad, rescate cultural y artesanía, llevando piezas elaboradas en el semidesierto lagunero a coleccionistas de México, Estados Unidos y Europa.

Su trabajo combina sostenibilidad, rescate cultural y artesanía.| Lucero Sánchez.
Lucero Sánchez
Lerdo, Durango. /
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M+.- En el paisaje árido de la Comarca Lagunera, donde el horizonte está marcado por la tierra, los mezquites y la sobriedad de su arquitectura, la mascarería tradicional suele percibirse como una manifestación distante, casi ajena al territorio.

El arte de tallar rostros ceremoniales, nahuales y tótems sagrados tiene sus raíces históricas principalmente en las selvas, bosques y montañas del centro y sur de México, en entidades como Guerrero, Michoacán, Oaxaca y Chiapas.

Sin embargo, en el ejido La Luz, perteneciente al municipio de Lerdo, Durango, ocurre todos los días un fenómeno artesanal que rompe con esa geografía cultural tradicional.

En este rincón del semidesierto, las ramas secas que quedan después de la poda de las palmeras no terminan como basura: mediante el estudio, la paciencia y la creatividad, se transforman en piezas únicas inspiradas en el arte prehispánico.

El responsable de esta transformación es el profesor Leonel Gutiérrez Vázquez, un historiador de profesión que desde hace 26 años dedica sus tardes a una labor que mezcla investigación, sensibilidad artística y rescate cultural.

Con una técnica propia que combina el cuidado ambiental con la búsqueda histórica, Leonel recupera el desecho vegetal que abunda en las quintas y calles de la región para darle una segunda vida en forma de máscaras ancestrales.

Su trabajo representa una propuesta de sostenibilidad al reutilizar materia orgánica que normalmente sería desechada, pero también significa un puente cultural poco común: una conexión entre la cosmogonía mesoamericana y el corazón del norte mexicano.

La chispa del sur: el viaje que cambió su mirada

Para comprender cómo un lagunero terminó convirtiéndose en maestro de la mascarería tradicional, es necesario regresar a sus años de formación académica y profesional.

Después de concluir la licenciatura en Historia, los primeros pasos laborales de Leonel lo llevaron a recorrer distintos estados del sur de la República Mexicana y la Ciudad de México.

Fue en esos territorios, llenos de misticismo, danzas ceremoniales y fiestas patronales, donde el joven profesor quedó cautivado por la fuerza expresiva de las máscaras, la figura del tecuán y la mitología de los nahuales.

Aquella experiencia despertó en él una inquietud profunda: llevar esa riqueza cultural hasta su tierra natal, donde este tipo de artesanía ceremonial prácticamente no existía.

El descubrimiento del material con el que comenzaría su obra llegó, como ocurre con muchas historias extraordinarias, por casualidad.

El hallazgo de la palma como materia prima resolvió la búsqueda: era un recurso abundante en la Laguna.| Lucero Sánchez.

“Cuando yo acudía a los lugares a ver los eventos folclóricos del sur, quería rescatar o mantener viva esa tradición de las máscaras, porque tienen los colores, la cultura prehispánica; de ahí nació mi necesidad de crear algo para mantener viva esa tradición. En una ocasión, un amigo traía un pedazo de palma y empezó a tallarla, a hacerle una figura cualquiera, y fue cuando me di cuenta de que yo podía sacarle provecho a ese material. Era lo que estaba buscando y empecé a hacer mis primeras prácticas con la rama de la palma, el desecho de la rama de la palma”, recuerda el maestro.

El hallazgo de la palma como materia prima resolvió la búsqueda: era un recurso abundante en la Laguna, ligero, maleable después de ser tratado y con una textura natural que otorgaba a cada pieza una apariencia antigua y orgánica desde el primer trazo.

Tótems, jaguares y la conexión espiritual

El catálogo de Leonel Gutiérrez está dominado por las representaciones del jaguar, el océlotl para los mexicas y el balam para los mayas, el felino sagrado que dentro del pensamiento prehispánico simbolizaba la noche, el inframundo, la astucia y el poder terrenal.

Sus tótems y máscaras de tecuanes —figuras asociadas con bestias feroces— son algunas de las piezas más buscadas por quienes conocen su trabajo, atraídos por la energía y el simbolismo que transmiten.

Pero el proceso creativo en el taller del ejido La Luz no responde a una producción en serie ni a una fabricación industrial. Cada pieza nace como un objeto único, donde convergen la fauna mítica, los seres protectores y, en algunos casos, elementos del sincretismo surgido tras la llegada española.

“Toda la máscara tiene un contenido natural, ancestral y una conexión espiritual; cada pieza que hago trato de rescatar eso.
"Mis máscaras tienen muchas formas de animales donde busco rescatar esa conexión con la naturaleza, lo folclórico, cultural, ancestral y espiritual. Cabe mencionar que también traen influencia más contemporánea española algunas de las figuras que he fabricado”, explica el artesano mientras muestra los detalles de un felino tallado.

Para el historiador, crear una máscara significa establecer un diálogo entre la forma original de la rama seca y la figura que imagina antes de comenzar el trabajo.

La curvatura natural del material es la que muchas veces determina el destino de la obra.

“Yo, cuando la elaboro, le pongo mucho amor y cariño y me conecto. La observo y la vuelvo a observar, y le rescato cosas a cada máscara. La verdad es que sí tengo como una conexión, y a veces, cuando las envío, digo: ‘híjole, me gusta mucho, pero se tiene que hacer el envío’. De hecho, la intención original de fabricar máscaras era nomás para mí; yo quería adornar toda mi casa y mi cuarto, pero la gente empezó a comprármelas”, confiesa con una sonrisa.
El felino sagrado que dentro del pensamiento prehispánico simbolizaba la noche, el inframundo, la astucia y el poder terrenal.| Lucero Sánchez.

Entre el aula y la gubia: la disciplina del taller

La rutina diaria de Leonel está marcada por un contraste singular.

Por las mañanas viste la formalidad que exige la docencia para impartir clases de Historia a jóvenes de una escuela secundaria en Gómez Palacio. Por las tardes deja el gis para entrar al pequeño taller que instaló en su vivienda del ejido La Luz, donde el polvo de la fibra de palma y el aroma de las pinturas acrílicas forman parte del ambiente cotidiano.

Crear una máscara a partir del follaje seco requiere dominar distintas disciplinas. No basta con tallar el material: es necesario conocer la morfología del rostro, manejar técnicas de dibujo anatómico y aplicar color para generar profundidad en las miradas y volumen en los colmillos de los animales sagrados.

“Crear esto implica varias técnicas: desde dibujar, la habilidad de tallar y la pintura”, explica el profesor sobre su proceso.

“Yo siempre he trabajado este tipo de actividades; antes pintaba macetas y ahí aprendí a pintar. Luego dibujaba, y para crear esto primero tengo que hacer el trazo.

Pero desde que elijo el material, desde que recojo la rama de palma tras la poda, ya me estoy dando cuenta de la figura que voy a elaborar”.

Un legado que cruza el mapa desde La Luz

Después de más de dos décadas de trabajo constante, la obra de Leonel Gutiérrez ha logrado superar los límites del semidesierto duranguense.

Su participación activa dentro del colectivo de Artesanos Lerdenses se convirtió en una plataforma fundamental para proyectar su trabajo.

Lo que comenzó como un pasatiempo personal en un ejido de la Laguna terminó convertido en una propuesta artesanal reconocida por coleccionistas, especialistas y amantes del arte popular.

De manera paradójica, muchas de sus máscaras han recorrido el camino contrario al origen de su creador: son adquiridas por compradores del sur del país, la región donde históricamente nació esta tradición, quienes se sorprenden al descubrir que fueron elaboradas en el norte de México con fibra de palma del desierto.

Su obra también ha llegado a hogares de Estados Unidos y Europa, donde sus piezas funcionan como testimonios de la riqueza cultural mexicana.

En una época en la que la velocidad de la vida moderna amenaza con desplazar los oficios manuales y parte de la identidad histórica, la labor de Leonel Gutiérrez Vázquez en el ejido La Luz representa una forma de resistencia cultural.

En cada rama de palma que rescata del suelo, este maestro no solo evita que un residuo agrícola termine desperdiciado; también recupera símbolos, historias y una memoria espiritual que conecta al México actual con sus antiguos pueblos.

Su trabajo demuestra que incluso en el desierto lagunero también puede florecer la herencia ancestral de nuestros antepasados.

Su trabajo demuestra que incluso en el desierto lagunero también puede florecer la herencia ancestral de nuestros antepasados.| Lucero Sánchez.

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