M+.- En el centro de Altamira hay una iglesia que guarda una historia difícil de encontrar en cualquier otro rincón de Tamaulipas. Sus piedras llevan más de dos siglos y medio en pie y, alrededor de ellas, un relato ha pasado de generación en generación: para levantar el templo se utilizó una mezcla de leche, sangre y nopal.
La leche ayudaba al amarre de las piedras; el nopal hervido formaba parte del compuesto y la sangre de buey, de acuerdo con la memoria que ha conservado la tradición, aportaba consistencia al mortero. Mucho antes de que Altamira se convirtiera en la ciudad que hoy conocemos, aquellos materiales formaron parte de una manera de construir.
El templo más antiguo del sur de Tamaulipas
El templo es Santiago Apóstol, considerado el más antiguo del sur de Tamaulipas. Su historia comienza el 2 de mayo de 1749, cuando el coronel José de Escandón y Helguera trazó la antigua villa de Altamira, entonces parte de la provincia del Nuevo Santander.
Después de dibujar una plaza de 125 varas por lado, reservó en el costado norte los solares para el templo y el curato. La iglesia nació con la villa y quedó, desde entonces, ligada a la historia de la población.
Pero Santiago Apóstol no fue su primer nombre. En aquellos años, el templo estaba dedicado a Nuestra Señora de las Caldas, una advocación traída por los españoles y relacionada con las Caldas de Besaya, en el norte de España.
Con el paso del tiempo, la iglesia cambió de advocación y Santiago Apóstol se convirtió en su nombre actual, pero la memoria de aquella primera Virgen permaneció en Altamira.
En 1757, el capitán José Tienda de Cuervo recorrió las fundaciones establecidas por Escandón para conocer su estado. Su informe permite imaginar aquella Altamira de apenas cinco años de existencia: 68 familias formaban la población civil, con 285 personas, a las que se sumaban los militares y sus familiares.
En total, la villa reunía entonces 305 habitantes. Cerca de ellos se encontraba la misión de San Juan Capistrano de Suances, atendida por franciscanos y habitada por familias indígenas dedicadas principalmente a la pesca y al cultivo del maíz.
Así se levantaron sus muros
La iglesia se levantaba en medio de aquella pequeña comunidad. De acuerdo con el testimonio recuperado por el cronista municipal de Altamira, Francisco Castellanos Saucedo, en 1754 quedaron concluidas sus paredes. Las piedras utilizadas para construirla fueron transportadas en carretas desde un sitio cercano al mar conocido como La Pedrera.
“Eran tiempos en los que una construcción dependía de lo que el territorio podía ofrecer: piedra, cal, arena, agua y también aquellos materiales orgánicos que la tradición conserva como parte de la mezcla”.
La historia de la leche y el nopal ha quedado particularmente arraigada en la memoria de Altamira. Castellanos Saucedo relata que las piedras fueron unidas con agua, leche de ganado vacuno y nopal hervido.
La leche tenía una función dentro de aquella antigua técnica constructiva: ayudar al amarre. El nopal, por su parte, formaba parte de una tradición de aprovechamiento de materiales naturales que ha acompañado durante siglos a distintas formas de construcción en México.
Especialista explica uso de la sangre de buey
Olga Méndez Hernández, encargada en Tamaulipas del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos), organismo A de la Unesco, conserva una versión todavía más peculiar. En la historia que ella ha escuchado durante décadas, aparecen la leche de burra y la sangre de buey como elementos utilizados para dar adherencia a las piedras.
La sangre, explica, habría funcionado por su carácter viscoso, como una especie de aglutinante. En su relato, aquellos elementos no aparecen como adornos de una leyenda, sino como parte de una antigua solución para unir los sillares de mampostería.
Leche, sangre, nopal, cal, arena, agua y piedra forman así el imaginario constructivo de la iglesia más antigua de la región.
“La mezcla pertenece a una época en la que levantar un templo exigía conocer profundamente los materiales disponibles y encontrar en ellos las soluciones necesarias para hacerlo resistente. En Altamira, esa memoria quedó incorporada a la propia identidad del edificio”, señala la especialista.
Explica que la arquitectura confirma la naturaleza de aquella construcción.
“El templo tiene muros gruesos de mampostería, contrafuertes y bóvedas que hablan de una edificación levantada para resistir. Su diseño es sobrio, sin la exuberancia de otras iglesias novohispanas. La fuerza está en los muros, en la piedra y en la manera en que el edificio se sostiene sobre sí mismo después de tantos años”.
Una luz verde se reflejó sobre el altar; una experiencia emotiva
Para Méndez Hernández, el templo tiene, además, una relación particular con la luz. Durante sus estudios de arquitectura realizó allí, junto con el arquitecto Benjamín Mora (+), un ejercicio de luz y sombra. Lo que comenzó como un trabajo académico terminó convirtiéndose en una experiencia que todavía recuerda. En el interior descubrieron efectos de iluminación que transformaban el espacio y hacían aparecer reflejos inesperados sobre los muros y el altar.
En una de aquellas visitas, recuerda, era jueves y el Santísimo estaba expuesto. “Una luz verde se proyectó sobre el altar”. Méndez Hernández recuerda aquel momento como una experiencia profundamente emotiva, en la que arquitectura, iluminación y fe parecieron encontrarse en un mismo espacio.
También recuerda haber probado las piedras y haberlas encontrado dulces. El episodio quedó asociado para ella con el estudio de un edificio que, desde entonces, no volvió a mirar de la misma manera.
Nuestra Señora de las Caldas y las coincidencias
La antigua advocación del templo guarda otra historia singular. Nuestra Señora de las Caldas es representada como una Virgen de la Leche, con el Niño Jesús en brazos mientras lo amamanta. Se trata de una escultura de bulto que fascinó a Olga Méndez cuando la conoció. Su interés por la imagen la llevó incluso hasta España, en busca del origen de aquella devoción y de los vínculos que podían existir entre Altamira y las Caldas de Besaya.
La investigación la condujo hacia el norte español, cerca de Santander, siguiendo la huella de una advocación que había cruzado el océano con los colonizadores. La Virgen de las Caldas se convirtió así en otro puente entre dos territorios separados por miles de kilómetros: “una pequeña villa fundada en el Nuevo Santander y una tradición religiosa nacida al otro lado del Atlántico”.
“Hay una coincidencia hermosa en esta historia. La antigua patrona del templo era una Virgen de la Leche y la memoria constructiva de la iglesia conserva la leche como uno de los materiales empleados para unir sus piedras. Una imagen de maternidad quedó asociada al templo desde sus primeros años, mientras la leche aparecía también en la historia material de sus muros”, subraya.
El paso de los años no borró esas huellas. La iglesia ha sido intervenida en distintas épocas y ha recibido trabajos de conservación con participación y asesoría del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Como inmueble anterior al siglo XX, su conservación forma parte de las responsabilidades institucionales relacionadas con el patrimonio histórico de México.
Pasado, presente y futuro de los altamirenses
Pero Santiago Apóstol nunca se convirtió en una pieza inmóvil. Continúa siendo una iglesia viva. Los habitantes de Altamira siguen entrando por sus puertas, celebrando ceremonias religiosas y transmitiendo las historias que aprendieron de sus padres y abuelos. Las piedras que alguna vez fueron transportadas en carretas desde La Pedrera siguen formando parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Incluso sus campanas guardan una tradición propia. El relato del cronista Castellanos Saucedo cuenta que las originales fueron fundidas en bronce con una aleación a la que los habitantes incorporaron metales provenientes de joyas. Aquella práctica estaba vinculada con una creencia religiosa: entregar objetos de valor para la fundición era también una manera de solicitar protección divina para la comunidad.
Así, el templo fue creciendo no solamente con piedra y mortero, sino también con las creencias de quienes lo construyeron. La leche podía ayudar a unir las piedras; el nopal formaba parte de la mezcla; la sangre de buey aparece en la memoria constructiva; las joyas del pueblo entraron en las campanas. Cada elemento cuenta una manera distinta de relacionarse con lo sagrado.
La historia de Santiago Apóstol también habla de la arquitectura de las fundaciones de José de Escandón. Olga Méndez señala que existen semejanzas con otros templos construidos dentro de ese proceso de colonización, entre ellos el de Palmillas, en Tamaulipas.
“Son edificios sobrios, de muros fuertes y proporciones que responden a una época y a un territorio distintos de los que hoy conocemos”.
Por eso, esta iglesia merece ser mirada más allá de Altamira. Es uno de los testimonios arquitectónicos más antiguos del sur de Tamaulipas y una pieza que permite entender cómo se formaron las primeras poblaciones de la región. Pero también es algo más difícil de clasificar: un edificio alrededor del cual se acumularon historias, devociones, recuerdos y explicaciones que han sobrevivido junto con sus piedras.
Desde la plaza, Santiago Apóstol parece guardar silencio. Pero basta conocer su historia para descubrir que sus muros están llenos de voces. Está la voz de José de Escandón trazando la villa en 1749. Está la del franciscano que atendía la misión. Está la de los habitantes que llevaron piedra desde La Pedrera.
Está la de quienes entregaron sus joyas para fundir las campanas. Está la de quienes conservaron el nombre de Nuestra Señora de las Caldas. Y está la de quienes, generación tras generación, contaron que aquellas piedras fueron unidas con leche, sangre y nopal.
Han pasado 277 años desde que comenzó aquella historia. Altamira creció alrededor del templo y la ciudad cambió de rostro. Cambiaron las calles, las casas y las generaciones, pero la iglesia permaneció en el mismo corazón de la población.
Hoy, frente a sus muros, resulta difícil no pensar en todo lo que tuvo que ocurrir para que una construcción del siglo XVIII siguiera formando parte de la vida de una ciudad del siglo XXI.
Piedra sobre piedra, la iglesia sobrevivió al tiempo.
Y entre sus piedras quedó también una historia hecha de leche, sangre y nopal.
JETL