La lucha por sobrevivir en núcleos ejidales que son parte de Gómez Palacio se vuelve una a contracorriente. Sin carreteras, escuelas, luminarias o incluso agua durante los veranos más calurosos, los habitantes se limitan a escuchar promesas de obra pública que no se realiza y a ver cómo los hijos abandonan los ejidos. Ante la clara falta de oportunidades la vida social queda en manos de la iglesia o en el bar.
MILENIO hizo un recorrido por algunos “ranchitos” comprobando que el proceso de descampesinización continúa a la par que las afectaciones al medio ambiente, en tanto que para los más jóvenes no hay lugares públicos de esparcimiento o instituciones educativas que rompan la continuidad del trabajo por jornales.
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Si bien el panorama para los más jóvenes resulta desalentador, también la vida se presenta difícil para las personas de la tercera edad que viven solas. Y en el caso de las mujeres, algunas piden ayuda pues sus domicilios construidos con vigas y adobes, se les están cayendo a pedazos sin poder impedirlo.
Con 42 familias que por lo general tienen niños pequeños, en el ejido Tajo Viejo, que tiene poco más de medio siglo de existencia, sólo hay un jardín de niños. Para continuar sus estudios los menores deben salir para acudir a la escuela primaria 13 de Marzo, en la colonia agrícola La Popular, o a una telesecundaria ubicada en San José del Viñedo.
Una necesidad postergada
En la casa de la juez Carolina Santana Romero se encuentra sólo su hermana, Maricela Santana, quien comentó que la carretera es una necesidad postergada, al igual que las luminarias y el drenaje sanitario para un ranchito en donde se mantienen menos de 200 habitantes. Esta situación se replica en múltiples ejidos donde se mantienen con letrinas.
“Para navidad o día de reyes nunca ha nada para los niños, no hay nada y cuando lo hay la gente se muestra agradecida porque ya no hay apoyos al campo, ahorita no hay nada y lo que necesitamos más que nada es el camino porque está muy feo; junto con la carretera lo que necesitamos son lámparas porque está muy oscuro y muy feo cuando salimos a trabajar y nos da miedo”.
Esa sensación de temor no es infundada porque los rondines policiacos son pocos y la venta y consumo de drogas se incrementa. Aunque los vecinos dicen que ahora está algo atenuada la situación, en el pasado sí tuvieron problemas.
“Aquí no hay nada de eso que llaman espacios recreativos: no hay alguna cancha ni un salón para que los menores hagan actividades deportivas o culturales”.
Sin carretera a El Paraíso
Al avanzar por las carreteras el riesgo se incrementa y para llegar al ejido El Paraíso se debe manejar sin detener la marcha o de lo contrario el vehículo se podría quedar varado en medio de la tierra suelta y los baches.
“Es un desastre para salir o entrar, nosotros nos organizamos para comprar caliche y pedazos de block, porque dijeron que iban a hacer la carretera de caliche pero nunca echaron nada; nomás vino un ingeniero y metió las máquinas, dejaron toda la tierra suelta y luego dijeron que la obra estaba terminada, en octubre vinieron pero nunca pusieron nada”, comentó una señora que corrió por una vecina que tenía los datos en una libreta.
Mientras tanto en la cancha de la comunidad, Alondra, una joven madre de dos pequeños, confirmó que se juntó dinero de los habitantes del ranchito, mismo que es habitado por unas 50 familias.
Tan peligroso está el acceso que el automóvil de una maestra se quedó varado en el camino y dicen, hasta se le descompuso. La vecina llega con el cuaderno.
“Vino el arquitecto Fernando Díaz, dice que es de una constructora que se llama Metros y vino de parte del gobierno del estado, nos dejó su número. Yo soy Elvira Ortiz López. Yo ya le hablé y me dijo que la obra ya estaba concluida y pues obviamente no. “En octubre comenzaron pero no nos entregó la obra, yo creo que nomás vino a tomar la foto y se fue como a los días de que movieron la tierra, y pues nosotros terminamos pagando: una señora se encargó de recoger casa por casa, recolectar para pedir el desecho de los blocks porque los días que llueve se pone horrible y pues los muebles se quedan en el camino. A la maestra se le quedó su carro y no porque no sirva, es un carro nuevo”, dijo Elvira.
Las señoras dijeron que los muchachos sufren para estudiar la preparatoria pues los taxis les cobra mucho, al menos 200 pesos el viaje redondo de El Paraíso a San Felipe, lo que impulsa la deserción escolar, lo único garantizado es el preescolar y primaria, en tanto que las señoras lograron que recientemente les instalaran una telesecundaria.
“Cada vez que hay campañas vienen y nos prometen y nunca nos cumplen. De hecho le pidieron ayuda a un regidor que sí ayudó pero nos hace falta mucho camino porque todo el ranchito está sin pavimentar, no tenemos drenaje y para salir debemos pagar mucho: por la escuela, enfermedad o para comprar comida, la vida se nos hace más cara”, comentó Josefina Bautista.
Las casas se nos están cayendo
A Beatriz López Palomino la observamos tomando el sol en la plaza del ejido Las Masitas, a donde llegan algunos jóvenes voluntarios a llevar ropa usada que reparten de manera gratuita. Eso moviliza a las señoras y a Beatriz, la impulsa a pedir ayuda.
“Quiero ver si me ayudan con algo, con unos cementitos. Yo vivo con mi esposo, él es pensionado, y trabaja en cosas facilitas porque él ya no puede. Yo vivo para la orilla, allá por donde pasaron. Yo no sé cuántos estén como yo pero a la casa se le quebraron unas vigas nomás que les tengo un palo. Tengo otro cuarto al que se le cayó el piso y pos así estamos todos”.
Beatriz dijo que si se trata de una obra para la comunidad, lo que se requiere es una carretera pavimentada y que las luminarias que tienen, reciban mantenimiento porque el gobierno municipal coloca un foco con luz led y no vuelve en años. Genoveva Rodríguez confirma que se requiere la vialidad, las luminarias, y que también necesita ayuda para mejorar su vivienda.
“También necesito ayuda porque a mí se me cayó el techo, todo. Vivo detrás de la plaza… se me quebraron todas las vigas. Aquí no hay nada, no hay pavimento, sí hay luminarias pero las vienen y las ponen pero duran un tiempecito y se funden y no vienen. Nuestras casas son de adobes, están viejitas y pues con un esposo y una hija discapacitada, y también una nuera que vive conmigo, pues sí necesito ayuda”.
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