M+.- Las hemos visto caminar solas o junto a sus críos, a pasos pequeñitos que van dejando en el paisaje el color de sus vestidos. Cosen pequeñas prendas para sus muñequitas Leles en la entrada de los mercados. Ofrecen fruta, comida o ropa tradicional en las plazas públicas, siempre con sus cabellos lacios y negros, sujetos en colas de caballo o trenzados. Se han vuelto parte de la estampa lagunera, aunque, en realidad, migran por temporadas en busca de trabajo u oportunidades educativas.
De acuerdo con los historiadores, la identidad indígena nativa en Coahuila fue extinguida a manos de españoles y tlaxcaltecas durante la Conquista; sin embargo, la presencia de mazahuas, rarámuris y mixtecas en la Comarca Lagunera configura a la región como un territorio diverso, donde los sabores y saberes se expanden gracias a la migración de habitantes locales y extranjeros.
Este 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena y, por ello, se buscan sus huellas en los mercados, en las plazas y en la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro (UAAAN), institución que hospeda a cientos de estudiantes mujeres que han migrado para cursar ingenierías vinculadas con el campo y la tierra.
En el caso de las mujeres indígenas que ya son madres, luchan día a día por llevar el sustento a sus hogares. Y aunque la experiencia es dura —pues en la región se registran altas temperaturas que contrastan con las de sus comunidades—, todos los días salen a la calle a vender sus productos.
Teresa tiene 30 años y ha colocado sobre la avenida Hidalgo, en la zona centro de Torreón, una tela blanca donde muestra bisutería. Es una joven rarámuri que porta un vistoso vestido naranja cargado de diminutas flores coloridas. En media hora realiza cada pulsera, que vende en 35 pesos a los peatones que se detienen a observar su trabajo. Se trata de un precio simbólico por el que recibe poco más de un peso por cada minuto invertido en el adorno.
“Yo soy de Chihuahua, de Guachochi. A Torreón vengo desde hace cinco años y la venta está bien. Tengo tres niños: uno de catorce años, una de diez y otro más pequeño. Tengo treinta años y para hacer una pulsera me tardo 30 minutos”, dijo la mujer, quien apuntó que cada cierto tiempo viene con sus familiares, con quienes renta una casa en la colonia Vencedora. Teresa no olvida su idioma y, cuando le marcan al celular, responde en su lengua originaria.
Aunque enfrentan constantemente condiciones históricas de marginalidad, desigualdad y discriminación, estas mujeres son pilares fundamentales en la preservación de la cultura, sus lenguas originarias y sus saberes ancestrales. Sin embargo, como en el caso de Teresa, deben abandonar sus comunidades para vender sus productos y garantizar el desarrollo de sus pequeños, al tiempo que retornan a sus pueblos con recursos que permiten mantener a los adultos mayores en sus localidades.
Flora y sus flores
Con el cansancio haciendo estragos en su rostro, Flora se moviliza entre los automóviles ofreciendo flores tejidas a mano. Ella es mixteca, al igual que sus niños, quienes se exponen a las altas temperaturas que rebotan del pavimento para pedir monedas, mientras su mamá, de 47 años, intenta vender girasoles, nochebuenas y rosas confeccionadas con materiales sintéticos.
“Tengo 47 años y vengo de Oaxaca; mi pueblo se llama Alcozauca de Guerrero y me vine con mi familia, que son como seis. Venimos seis niños y en total somos ocho. Mis flores me tardo en hacerlas dos horas; hacer una es difícil con este material. En las rosas me tardo hora y media y en el girasol una hora. La nochebuena es la más difícil y me toma dos horas. Las vendo en cien pesos cada una. Casi no se venden, se llevan una o dos al día, pero en mi pueblo no hay trabajo, por eso vine con los niños para sacar un poquito, porque van a entrar a la escuela”.
Entre el ruido de los automóviles y las motocicletas, su hijo comentó que este año cursará el quinto grado de primaria, mientras que la niña, por timidez, se esconde detrás de su mamá. La hija mayor, parada en otra esquina, intenta vender flores también.
Esta familia renta una casa en el centro de Torreón y Flora menciona que, a veces, obtiene apenas lo suficiente para el pago de la renta. Ella teje flores, mientras que su comadre elabora canastos para venderlos, aunque en esta ocasión ella se quedó en Oaxaca.
Estudiar una ingeniería: su motivo para migrar
Nancy García León es estudiante de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro y es originaria del Estado de México. Aunque su familia es mazahua, ella ya no habla su lengua materna. Ahora se encuentra en Torreón terminando la carrera de Ingeniería Agrónoma gracias al apoyo de la casa de estudios, a una beca del Gobierno Federal y a su determinación para romper con esquemas sociales preconcebidos.
“Soy descendiente del grupo mazahua. Mis abuelos todavía hablaban la lengua entre ellos, pero conforme fueron falleciendo o migrando, mis padres la fueron perdiendo. Yo ya no la hablo; en el pueblo de donde vengo ya casi no se habla, solo la gente mayor, y es muy raro escucharlos. Soy de Santa Ana Nichi, en el municipio de San Felipe del Progreso”.
En la preparatoria donde estudió, escuchó a varios compañeros hablar de la Universidad Antonio Narro. Investigó y decidió migrar porque su objetivo siempre fue la agronomía. Entre música popular norteña, una elotada y el primer Capibara Fest, Nancy se sumó a las actividades escolares echando tortillas azules al comal.
Es la primera mujer de su núcleo cercano que migra para estudiar, aunque su hermana mayor ya trabaja en el norte del país. Su mamá es ama de casa y su papá, albañil.
“Actualmente me estoy quedando en el internado que ofrece la Universidad. Llegué con otros dos compañeros del Estado de México y nos establecimos, pero luego cada quien buscó dónde quedarse y ahorita estamos separados. Tengo 22 años y estoy en noveno semestre. Se supone que ya debería estar en prácticas profesionales, pero el semestre pasado me fui de intercambio e hice un semestre más.
“Me gustaría volver a mi estado, pero después de haber trabajado algunos años fuera. Me gustaría quedarme aquí, pero también salir y buscar opciones en algún otro estado. Aquí en la Universidad tengo una beca por estar en el Grupo Cultural Maayus, donde nos cubren los servicios asistenciales de comedor e internado. Por parte de mi casa recibo apoyo de mis padres y también cuento con la beca Jóvenes Escribiendo el Futuro. Como tengo la ayuda del comedor me rinde bastante, pero a los muchachos que no tienen ese apoyo sí les hace falta”.
Nancy agradece el respaldo de su familia y extraña mucho a sus padres y a sus tres hermanas. La mayor concluyó la carrera de Ingeniería en Energías Renovables y trabaja en Sinaloa; otra ingresó a la universidad en su estado natal y la más pequeña cursa la preparatoria.
“Sí es difícil salir de tu zona de confort, de tu pueblo, donde estabas acostumbrada a vivir y donde creciste, para irte a otro estado al otro lado del país. Conocer gente nueva, sin saber cómo es... Sí he salido del campus y he conocido lugares, pero es difícil acoplarse y ver en quién puedes confiar y en quién no. Te debes cuidar mucho, y más por ser mujer”.
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