• "¿Quién vigila esas cosas?": Una novatada convirtió el sueño de Tadeo en pesadilla; sus riñones peligran por la "broma" y ya perdió la universidad

  • Tadeo, un joven de 18 años que recién había comenzado la carrera de Veterinaria en la UAT, fue hospitalizado después de que sus compañeros lo obligaran a comer chile habanero en ayunas durante una novatada. La familia presentó una denuncia y la unive
Antonio Hernández
Ciudad Victoria /
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M+.- Apenas el 17 de agosto pasado, Tadeo cumplió 18 años y recibió el regalo que había esperado desde la secundaria: comenzó a estudiar Veterinaria en la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT), la escuela en la que soñaba formarse por los logros de sus egresados.

Sin embargo, tres semanas después, una novatada lo llevó al hospital.

Sus compañeros lo obligaron a comer chile habanero mientras estaba en ayunas. Tadeo, poco acostumbrado al picante, sufrió convulsiones, múltiples rupturas musculares y quedó en riesgo de sufrir daño renal. El jueves pasado recibió el alta, pero los médicos todavía vigilan el funcionamiento de sus riñones.

El mismo día en que debía comenzar a construir su futuro como veterinario, su familia comenzó a enfrentar las consecuencias de una práctica que, pese a los anuncios para erradicarla, continúa ocurriendo.

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Tadeo había decidido desde secundaria que quería estudiar Veterinaria en la UAT.

María Elena Rubio Ortiz, su madre, recuerda en entrevista con MILENIO que desde entonces escuchaba hablar de los logros de una egresada que ahora se encuentra en Estados Unidos y de otros profesionistas formados en la institución que se convirtieron en excelentes veterinarios en distintas universidades.

Para él, eso era suficiente para pensar que había elegido una muy buena escuela:

“Por eso le dimos la oportunidad de venir aquí y que cumpliera su sueño. Se sentía realizado. Mi hijo apenas llevaba tres semanas en la carrera”.

Antes de llegar a la universidad, hubo otro paso que también estuvo marcado por la misma ilusión.

“Recuerdo cuando me decía: ‘Quiero entrar al CBTA (Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario)’, y así fue. Lo llevamos a la escuela que nos quedaba retirada y así fueron los tres años, pues él con la ilusión de que quería ser veterinario. Luego, cuando vino a presentar sus cursos y todo, estuvo en curso y en exámenes, y cuando les dieron los resultados, su emoción fue indescriptible. A todo mundo le comentaba que ya entraba”, agregó.

Finalmente, llegó el 17 de agosto. Era su cumpleaños número 18 y, al mismo tiempo, el primer día de la carrera que había imaginado durante años.

“Precisamente el 17 de agosto inició la carrera, el mismo día que cumplió 18 años, por lo que le comenté: ‘Mira qué bonito regalo de cumpleaños: inicias tu carrera’. Pero, desgraciadamente, no se cumplió el sueño”, explicó.

Tres semanas después, ese sueño quedó suspendido.

Una llamada y después el hospital

María Elena cuenta que Tadeo la llamó cuando sus compañeros le dijeron que lo iban a “novatear”. Ella le respondió que “eso no se hacía”.

Dos horas después, un amigo de su hijo volvió a comunicarse con ella. Esta vez no era para contarle una anécdota de la universidad: Tadeo estaba llegando al hospital y convulsionaba.

Lo que siguió fue una hospitalización por las consecuencias de haber ingerido chile habanero en ayunas. La familia todavía espera conocer la dimensión exacta de las lesiones que sufrió.

“No se sabe cuánto tiempo haya estado en convulsiones para ocasionarle tanto daño, de que ya haya tenido múltiples rupturas musculares y que eso le esté ocasionando ahorita la condición que tiene. Tenemos que esperar a que nos digan que ya esté bien, porque todavía tienen que seguir valorando su situación, la situación de sus riñones”, explicó su mamá.

Aunque el jueves 3 de septiembre fue dado de alta, los especialistas continúan vigilando sus riñones. María Elena explicó que, una vez que tengan el reporte médico completo y todas las evidencias sobre el daño ocasionado a su hijo, serán incorporados a una denuncia penal que ya fue presentada.

El sueño era mucho más grande que una clínica

Para Tadeo, ser veterinario no significaba simplemente terminar una carrera y trabajar en una clínica.

Su madre lo explica así: “Él quiere ser veterinario, no de los que se quedan en la clínica de barrio poniendo vacunas. Él quiere salir al campo, arrodillarse en el barro a las tres de la mañana porque una vaca no puede parir; el que siente el latido de un corazón pequeño bajo los dedos y sabe que todavía hay tiempo. Ese es mi hijo y ese es su sueño”.

Ahora ese proyecto tendrá que continuar lejos de la UAT. Tadeo regresará a San Luis Potosí para estudiar en una escuela privada de Ciudad Valles. La intención es que pueda convertirse en veterinario, aunque probablemente tendrá que esperar.

“Probablemente este año tenga que dejar pasar el año escolar mientras se recupera más. En lo que se recupera más, vamos a darle tiempo, por la situación emocional y todo lo demás que vivió en unas horas. Ya el siguiente año, pues bueno, ya entrarás allá, en Ciudad Valles. Ahí hay una escuela privada y no hay mucho problema por el ingreso”, explicó.

La razón no es únicamente su recuperación física.

Su madre asegura que Tadeo está deprimido y tiene emociones encontradas. Después de años de imaginarse estudiando en la UAT, ahora permanece lejos de las aulas, pensando en lo que pudo ser y no fue.

Perdió el lugar que tanto había anhelado, el ambiente familiar en el que se sentía a gusto con sus parientes en Ciudad Victoria y, al menos por un tiempo, la certeza sobre el camino que había elegido.

“Por eso lo vamos a apoyar para que pase este trance”.

La novatada llegó al hospital

Mientras Tadeo, acompañado por su papá, reposa en el área de urgencias del Seguro Social en La Loma de Ciudad Victoria, viste una bata de paciente. No habla. Solo mira y asiente mientras recibe la atención de los especialistas.

La escena contrasta con la que su familia imaginó para él cuando comenzó la carrera: un joven de 18 años entrando por primera vez a la universidad que había elegido desde la secundaria.

Ahora no regresará a esas aulas.

La familia decidió presentar denuncias y buscar que se esclarezca lo ocurrido. María Elena, mostrando copia de la denuncia, acudió a la Comisión Estatal de Derechos Humanos para presentar su inconformidad. Tadeo, al ser mayor de edad, firmó la denuncia ante la Fiscalía después de rendir su declaración.

La dependencia ya abrió una carpeta de investigación y la familia espera resultados. La Universidad Autónoma de Tamaulipas también inició una investigación.

La Defensoría de los Derechos Universitarios abrió la carpeta previa 34/2026, por instrucciones del rector Dámaso Anaya y a solicitud de la dirección de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, con el propósito de esclarecer lo ocurrido y determinar las acciones institucionales correspondientes.

La UAT informó que solicitó un informe detallado sobre los hechos ocurridos, el cual deberá ser entregado en un plazo no mayor a dos días hábiles.

La institución reiteró su compromiso con la protección de los derechos de los estudiantes, el debido proceso y la creación de espacios universitarios seguros y de sana convivencia.

¿Quién vigila que no vuelva a ocurrir? 

Para María Elena existe una pregunta que va más allá de lo que le ocurrió a su hijo.

La Secretaría de Educación Pública (SEP) anunció el fin de las novatadas después de lo ocurrido en la Academia Militarizada de Marina Doenitz, de Ciudad Madero.

Pero, sostiene, las prácticas continúan: “¿Quién las vigila? ¿Quién supervisa que estas cosas no pasen?”

La pregunta se vuelve más amplia cuando piensa en los jóvenes que pueden haber atravesado situaciones similares sin denunciar.

“¡Cuántos sueños se frustran por una tontería de este tipo! Y de estos casos que se dan a conocer, ¿cuántos hay de jóvenes que se callan, incluso de padres que no denuncian?”

Para ella, el problema no termina en una universidad ni en una generación. Tiene que ver con una práctica que puede presentarse como tradición, pero que puede terminar en lesiones graves.

“Siento tristeza de que la sociedad sea así y de que las autoridades no supervisen ni actúen para evitar que esto se repita. Hay que educar desde pequeños para que no lleguen a la idea de que, por ser grandes, pueden dañar a otros”.

Y también pide que las familias y los propios estudiantes rompan el silencio.

“Hay que retomar los valores, que las mamás y los papás no permitan que estas acciones queden impunes y que los jóvenes que pasan por esto no se queden callados, que denuncien para evitar que estos casos sigan pasando”.

La historia de Tadeo, dice su madre, ya no puede reducirse a una novatada.

Es la historia de un joven que llegó a la universidad con un proyecto construido durante años y que, en unas horas, terminó hospitalizado, con lesiones musculares, bajo vigilancia por un posible daño renal y con la necesidad de replantear el inicio de su carrera.

También es, para su familia, la evidencia de que una práctica presentada como tradición puede tener consecuencias reales.

“Las mamás y los papás no deben permitir que sus hijos participen en estas acciones que les hacen daño. No deben quedar impunes. Que esta experiencia no se repita, que el silencio deje de ser cómplice y que el sueño de estudiar y crecer no vuelva a convertirse en una herida”, concluye María Elena Rubio.

SJHN

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