M+.- La pandemia dejó de ser una emergencia sanitaria, pero sus efectos más profundos siguen activos donde menos se ve: en el cerebro de niños y adolescentes. No se trata solo de secuelas emocionales por el encierro o la disrupción escolar. Hay un componente biológico que empieza a emerger con más claridad en la práctica clínica y que, al mismo tiempo, choca con una realidad estructural: en la mayor parte del país no hay hospitales donde atender los casos más graves.
“El covid-19 tuvo un neurotropismo, es decir, afectó directamente al sistema nervioso central. Generó inflamación cerebral y eso, a largo plazo, se traduce en problemas de aprendizaje, atención, memoria, ansiedad, depresión e incluso conducta suicida”, explica a MILENIO el médico paidopsiquiatra Ademar Silva Echeveste.
Detalla que la inflamación neurológica es un estresor de naturaleza biológica y, a largo plazo, produce esos trastornos que empeoran en contextos de violencia familiar o negligencia en el cuidado de los menores.
Daño biológico más allá del entorno
Durante años, la conversación pública sobre salud mental infantil y adolescente tras la pandemia se concentró en el aislamiento, el estrés familiar o el uso excesivo de pantallas. Factores reales, pero incompletos. En el consultorio, dice el especialista en psiquiatría infantil y de la adolescencia, el panorama es más complejo: hay un daño orgánico que está detonando o agravando trastornos.
“El virus dejó repercusiones neuropsiquiátricas que vemos hoy en día en la niñez y adolescencia, con ciertos tipos de ansiedad biológica, porque fue como si se alimentara de ciertos grupos de neuronas, lo que generaba inflamación cerebral y traía consecuencias”.
Entre 2020 y 2023, ese impacto se reflejó en una ola de casos atípicos. Niños con movimientos involuntarios sin causa epiléptica —manifestaciones físicas de ansiedad—, adolescentes con depresiones severas de inicio abrupto y un incremento inusual de cuadros psicóticos no asociados a esquizofrenia. En paralelo, los intentos de suicidio aumentaron.
Para 2024, algunos de los cuadros más extremos comenzaron a disminuir, pero dejaron un nuevo patrón: trastornos que aparecen a edades más tempranas, con mayor intensidad y con menor respuesta a tratamientos convencionales.
“Antes veíamos ciertas patologías en determinados rangos de edad y con cierta evolución. Ahora no. Ahora debutan antes, se agravan más rápido y son más difíciles de tratar”, advierte Ademar Silva.
Cambio hacia conductas adictivas
Pero el problema no se detiene ahí. A este escenario se suma un fenómeno que el especialista describe como un cambio en la naturaleza misma de los trastornos: la lógica adictiva.
“Estamos viendo que muchas conductas tienen un componente muy fuerte de adicción. Empiezan con el celular o los videojuegos, pero luego migran: alimentación, autolesiones, consumo de sustancias. Es el mismo patrón que va cambiando con el tiempo”, explica.
Bajo esa lógica, las autolesiones dejan de ser un episodio aislado y se convierten en un eslabón dentro de una cadena adictiva que puede escalar hasta el comportamiento suicida. “Si no se trata la base, el comportamiento se transforma, pero no desaparece”, alerta.
“Las autolesiones entran dentro de las adicciones y de ahí al comportamiento suicida solo hay un paso. Es importante abordar la patología no como una depresión, sino como una adicción que va tomando diferentes manifestaciones conforme el niño va creciendo”.
Riesgo de conducta suicida
La consecuencia más grave, insiste, es clara: “el comportamiento suicida es la secuela más preocupante”. Subraya que la adicción genera tal dependencia que hay menores que se han suicidado porque les quitan el teléfono, pues es como quitarle la bebida a un alcohólico o el cigarro a un dependiente de nicotina: entra en crisis.
“El comportamiento adictivo se va modificando a lo largo del tiempo y se tiene que tratar globalmente, porque es algo que nunca va a parar y peligrosamente llega a un punto en que va a entrar el comportamiento suicida y la persona va a estar constantemente con intentos”. Hace ver una realidad que no se dimensiona: el cerebro adictivo va a persistir a lo largo de la vida.
Falta de hospitales para menores
Sin embargo, frente a este escenario complejo —donde confluyen factores biológicos, psicológicos y sociales—, el sistema de salud muestra una limitación crítica: no tiene capacidad para contener a los pacientes más graves en la niñez y adolescencia.
En Tamaulipas no existen hospitales psiquiátricos para internar a menores. A nivel nacional, la infraestructura es escasa, concentrada en pocas ciudades y, en muchos casos, saturada.
“Los únicos lugares donde se hospitalizan niños y adolescentes por trastornos psiquiátricos graves es en la Ciudad de México, en Guadalajara, Monterrey y, me parece, que en San Luis Potosí”, menciona el especialista.
Existe una necesidad muy grande de infraestructura y eso coloca a médicos y familias en una zona de riesgo permanente. “Muchos pacientes deberían estar hospitalizados, pero no hay dónde. Entonces tenemos que verlos cada dos o tres días para revaloración, saturar la consulta y dejar en los padres una vigilancia constante”, comenta Silva Echeveste.
Atención en casa y saturación del sistema
No es un problema cualquiera. Un menor con ideación suicida, un cuadro psicótico o una crisis severa debería estar bajo supervisión continua. En la práctica, eso no ocurre. La contención se traslada al hogar, donde los recursos son limitados y el desgaste es constante.
Para quienes tienen posibilidades económicas, la alternativa es buscar atención en otras ciudades donde sí existen hospitales especializados. Para la mayoría, simplemente no existe opción.
“De cada 10 pacientes que se canalizan al Hospital Psiquiátrico Infantil en la Ciudad de México, solo uno va; sin embargo, mandarlo fuera no garantiza que lo reciban. Hay saturación. Y además está el costo, el traslado, quién lo acompaña, en qué condiciones. Es inviable para muchas familias”, señala el paidopsiquiatra.
Impacto en tratamiento y pronóstico
Esta falta de infraestructura en los lugares de origen tiene efectos directos en la atención. Obliga a decisiones clínicas condicionadas por el contexto: mayor uso de medicamentos para contener crisis inmediatas, menor posibilidad de intervención terapéutica intensiva y seguimiento fragmentado.
También impacta en el pronóstico. Un trastorno no atendido a tiempo no se mantiene estático: evoluciona, se complica y acumula nuevas manifestaciones.
“No es algo que se vaya a quitar solo. La psicopatología, si no se trata, se agrava”, expone el experto.
Demanda en aumento
En paralelo, la demanda de consulta médica creció de forma acelerada. Tras la pandemia, aumentó entre 100 y 150 por ciento, tanto en el sector público como en el privado, y se mantiene. El sistema, sin embargo, no creció al mismo ritmo.
En ese vacío, otros actores han empezado a jugar un papel clave. Las escuelas, por ejemplo, se han convertido en uno de los principales puntos de detección. Maestros identifican cambios de conducta y canalizan casos, aunque muchas señales aparecen desde edades más tempranas: retrasos en el lenguaje, dificultades de interacción, alteraciones del sueño.
Aun así, la detección no resuelve el problema de fondo si no hay capacidad de atención.
Violencia escolar y señales visibles
Mientras tanto, los indicadores más visibles siguen escalando: mayor violencia escolar, acoso más agresivo y consecuencias cada vez más graves, incluyendo suicidios en menores.
“Lo que vemos en las escuelas es el reflejo de lo que está pasando con los niños”, resume el profesional de la salud mental.
Crisis estructural invisibilizada
Pese a la magnitud del problema, el punto que sigue fuera de foco es la falta de infraestructura para atender crisis de salud mental infantil.
La salud mental empezó a ocupar espacio en la agenda pública tras la pandemia, pero la mirada se ha quedado en el diagnóstico —ansiedad, depresión, estrés— y no en la capacidad real del sistema para responder.
El resultado es una brecha evidente: hay más niños y adolescentes con trastornos más complejos, pero no hay espacios suficientes para tratarlos cuando la situación rebasa el ámbito ambulatorio.
En esa distancia entre lo que se necesita y lo que existe es donde hoy se acumula el riesgo.
Porque mientras las secuelas biológicas del covid siguen manifestándose en la infancia y adolescencia, el sistema de salud opera sin las herramientas básicas para contener los casos más graves.
Y en esa falta de contención, la crisis deja de ser silenciosa. Se vuelve progresiva.
Falta de acceso a la salud mental es un problema estructural: psicólogo
El psicólogo Ricardo Flores considera que es inequitativo que el Hospital Psiquiátrico de Tampico brinde consulta externa a menores y adultos no solo de todo Tamaulipas, sino también de Veracruz, y que además no cuente con la posibilidad de internamiento para niños y adolescentes.
Señala que cuando los servicios especializados están concentrados en pocas ciudades, el acceso deja de depender de la necesidad médica y pasa a depender de factores como el lugar de residencia o la capacidad económica de las familias. “Esta desigualdad territorial genera una brecha importante entre quienes viven en grandes centros urbanos y quienes habitan en otras regiones”.
Costos y desigualdad en el acceso
En muchos casos, comenta, las familias se ven obligadas a recorrer largas distancias para encontrar atención psiquiátrica especializada, lo cual implica costos económicos, desgaste emocional y desajustes en la vida cotidiana.
Flores afirma que el simple hecho de tener que viajar para acceder a un derecho básico como la salud evidencia una distribución inequitativa de los recursos. Además, esta situación no solo afecta la continuidad del tratamiento, sino también su calidad.
“Los procesos terapéuticos en salud mental requieren seguimiento constante, ajustes y acompañamiento multidisciplinario, por lo que el acceso intermitente aumenta considerablemente el riesgo de abandono del tratamiento y puede afectar la evolución del paciente”.
Carga en las familias
Por otro lado, añade: “la carga recae desproporcionadamente en las familias, que deben asumir responsabilidades que deberían ser cubiertas por el sistema de salud. Esto incluye gastos de transporte, hospedaje y, en muchos casos, la pérdida de ingresos laborales. La experiencia de buscar atención se convierte en un proceso agotador que amplifica la vulnerabilidad de quienes ya enfrentan una situación compleja”.
Urgencia de fortalecer infraestructura
En este sentido, el especialista subraya la urgencia de fortalecer la infraestructura de salud mental en todo el territorio. “No se trata solo de aumentar el número de hospitales, sino de garantizar servicios especializados accesibles, bien distribuidos y con personal capacitado. Abordar esta problemática desde una perspectiva estructural permitiría avanzar hacia un sistema más equitativo, donde el acceso a la atención no dependa del lugar donde se nace o se vive”.
Consecuencias a largo plazo
Asimismo, el psicólogo insiste en que los problemas de acceso no solo retrasan la atención, sino que muchas veces agravan los cuadros clínicos. En salud mental, la intervención temprana es clave, especialmente en niños y adolescentes, ya que los trastornos pueden evolucionar rápidamente si no se atienden a tiempo.
“La falta de atención oportuna no solo impacta los síntomas inmediatos, sino también el desempeño escolar, las relaciones interpersonales y la construcción de la identidad, generando una cadena de consecuencias que puede extenderse a lo largo de la vida. A esto se suma el estigma asociado a la salud mental, que se refuerza en contextos donde los servicios son escasos o inaccesibles”.
Atención limitada y estigma
Dice que cuando no hay presencia institucional suficiente, la atención psicológica y psiquiátrica puede percibirse como algo lejano o innecesario, lo que desincentiva la búsqueda de ayuda y perpetúa la invisibilización de los trastornos mentales en muchas comunidades.
El psicólogo también señala que no todo debe depender de hospitales especializados. La formación de profesionales de primer contacto, como médicos generales, docentes o trabajadores sociales, puede ayudar a detectar casos tempranos y ofrecer intervenciones básicas. Esto permitiría descentralizar parcialmente la atención y reducir la carga sobre los pocos centros especializados existentes.
Familias bajo presión
En cuanto al impacto en las familias, reconoce que no pueden quedar solas frente a la carga emocional que implica cuidar a un hijo con un problema psiquiátrico sin apoyo cercano. La incertidumbre, el miedo por la evolución del padecimiento y la falta de alternativas accesibles generan altos niveles de estrés, llevando a muchas familias a vivir en un estado constante de alerta, con desgaste emocional, ansiedad e incluso conflictos internos.
JETL