"Mi ex me castigó quitándome a mi hija": así se sufre la violencia vicaria, un problema invisibilizado por juzgados en México

Nato Montes, fundadora del colectivo 'Madre, Yo Sí Te Creo', narra el infierno de perder a su hija por violencia vicaria y la brecha que persiste entre la ley y los juzgados.

La violencia vicaria fue incorporada en 2022 a la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en Jalisco | Fernando Carranza
Josefina Ruiz
Guadalajara /

Antes de convertirse en referente para decenas de mujeres en Jalisco, Nato Montes era una madre que buscaba a su hija Paula. Hoy es la creadora del colectivo Madre, Yo Sí Te Creo, un espacio que nació del dolor, pero también de la convicción de que ninguna mujer debería atravesar sola la violencia vicaria.

Cuando a Nato le sustrajeron a su hija, el término violencia vicaria aún no era conocido en México. Ella sabía que estaba siendo violentada, pero no tenía un nombre para aquello que la estaba desgarrando.

Lo dice con serenidad para MILENIO, como quien ha repetido muchas veces su historia, pero todavía la siente en la piel: “Yo el término de violencia vicaria lo conocí después de haber recuperado a mi hija. Cuando a mí me la quitan, aquí todavía no sabíamos en México nada de violencia vicaria”.

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El mensaje del agresor

Lo que sí tenía claro eran los mensajes de su agresor: “Como tú ya no quieres regresar conmigo, como tú ya no quieres ser mía, la niña sí va a seguir siendo mía… Tú ya te fuiste de la casa y me denunciaste; ahora la niña se va a quedar conmigo”. Entonces no sabía cómo llamarlo, pero entendía la intención: dañarla.

Fue a través de otras madres, dentro de un colectivo nacional, que escuchó por primera vez el concepto.

“Ahí fue cuando a todas nos hizo como clic y dijimos: sí, justo eso es lo que estamos viviendo… porque ni siquiera tenía un nombre”. Nombrar la violencia cambió algo en ella.
“Ponerle un nombre a la violencia que estás viviendo y, sobre todo, un nombre de una persona que tiene años estudiándolo, la verdad, a mí me dio mucha paz”. Comentó.

En Jalisco, la violencia vicaria fue incorporada en 2022 a la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia del Estado, reconociéndola como una forma de agresión en la que el agresor utiliza a hijas e hijos para dañar a la madre.

Sin embargo, en la práctica jurídica, los casos suelen judicializarse como violencia familiar.

El Frente Nacional contra la Violencia Vicaria reporta que, a la fecha, se han acompañado más de 250 casos acumulados desde 2021, principalmente relacionados con sustracciones de menores tras denuncias por violencia de género y disputas de custodia en juzgados familiares.

A nivel nacional, más de 23 estados ya reconocen la violencia vicaria en su legislación, y el colectivo ha documentado más de dos mil casos en el país.

Organizaciones civiles han señalado que, aunque jueces y personal judicial han recibido capacitación en perspectiva de género, persisten criterios que no siempre consideran el contexto previo de violencia en los procesos de custodia.

Pese a que la violencia vicaria es reconocida por la ley, la justicia no la maneja como es debido | Fernando Carranza

El castigo por irse

Antes de la claridad vino el infierno. Tras ocho años de matrimonio con violencia física, sexual y económica, decidió irse. Nadie le advirtió que la represalia sería su hija.

“El día que yo lo pude hacer, y el castigo, por así llamarlo, fue quitarme a mi hija… A veces hasta me arrepentía de haberme ido. Yo decía: Si a mí alguien me hubiera dicho que me iban a quitar a mi hija por haberme salido de mi casa, tal vez ni siquiera lo hubiera hecho”.

Pasó un año y tres meses sin verla. Sin saber dónde estaba. Sin saber si comía, si iba a la escuela, si estaba enferma.

Pasé cumpleaños sin ella, Día de Madres, Navidad… el dolor que te causa es sumamente fuerte”. Hubo días en los que no quería llegar a su casa, porque sabía que ahí solo la esperaba el llanto.

Secuelas que no se ven

Cuando logró recuperarla, las consecuencias no terminaron. “A la fecha todavía hay secuelas de esa violencia que ella vivió… Apenas Paula acaba de ser diagnosticada con vitiligo, y es esto por el estrés que ella tiene constantemente de que se la puedan volver a llevar”.

Su experiencia con las instituciones tampoco fue reparadora.

Llegó al Centro de Justicia para las Mujeres en 2019, golpeada, trasladada desde Tlajomulco a Guadalajara. “La atención que nos dieron, lamentablemente, fue muy mala”, afirma.

Recuerda que le dijeron que tendría que ir a un refugio, pero se lo plantearon como encierro. “Me acuerdo que las palabras que ellas dijeron eran: vas a tener que estar encerrada. A mí me asustaron mucho”.

Cuando posteriormente denunció la sustracción de su hija, la respuesta que recibió fue devastadora: “Lo único que me dijeron fue: pues es su papá y tiene todo el derecho”.

Para Nato, esa omisión institucional facilita la violencia vicaria. “Las instituciones son parte fundamental de que ocurra la violencia vicaria”.

El juicio a la maternidad

La maternidad, en medio del proceso legal, también se convierte en juicio público. “Lo primero que se va a señalar es lo buena o lo mala mamá que eres, y a ellos no se les mide con esa vara”.

Ya con su hija de regreso, la revinculación fue otro proceso doloroso. “Todo este tiempo se le estuvo diciendo a la niña que yo la había abandonado, que yo no la quería”.

Cuando el apoyo viene de otras mujeres

Fue en otras madres donde encontró lo que las instituciones no le dieron: comprensión sin juicio.

“Cuando yo conozco este grupo de mamás a las que les había pasado lo mismo que a mí, sabes que efectivamente lo está haciendo para dañarme… El que tú te encuentres con otras mujeres que están atravesando por la misma lucha que tú, que no te van a juzgar, eso es supervalioso”.

La recuperación de su hija fue un acto colectivo. Con apoyo de grupos feministas y una vecina que le avisó que la niña salía sola a jugar, organizaron un plan.

“Entramos mis compañeras y ellas hacen una valla… Ellas pusieron el cuerpo por si esta persona salía y quería golpearme. Yo agarro a mi hija, corro, me subo a la camioneta y nos vamos”.

Tejer redes desde el miedo

En ese encierro, con miedo constante, abrió la página que hoy acompaña a otras madres. “Yo dije: no, yo le tengo que platicar a otras mujeres que lo que me pasó a mí también les está pasando a ellas”.

Si mira hacia atrás, la mujer que fue ya no es la misma. “Pero ya no hay ese miedo que me paraliza. Ahora puedo seguir luchando, sí con miedo, pero lucho”.

Se reconoce distinta, más valiente. “He vuelto a ser Nato… y aunque con miedo, creo que soy más valiente”.

Le gusta cocinar, leer, la música. Tiene un espacio en el tianguis donde vende y disfruta hablar con la gente. Teje mandalas desde la pandemia. Aprendió a reconstruirse como quien teje hilo por hilo una nueva identidad. “Formé una gran familia con mis amigas, con mis compañeras de colectiva”.

Nato Montes pudo encontrar apoyo en otras mujeres; hoy las motiva a que sigan adelante. | Cortesía

“Si yo pude, más mujeres pueden”

Hoy habla con orgullo de lo que logró sin dinero, sin contactos, sin abogado particular. “Si yo, sin tener dinero, sin tener contactos en ningún lado, pude recuperar a mi hija, yo sé que más mujeres también pueden hacerlo”.

Y lanza una advertencia a otras madres que aún dudan: “Cuando alguien ya te ha violentado, y cuando él ve que está perdiendo ese control sobre ti, aunque no tenga quién se los cuide, con tal de seguirte dañando, puede hacerlo. Yo también jamás creí que él me la quisiera quitar”.

Nato Montes ya no es la mujer paralizada por el miedo. Es la que teje redes. La que acuerpa. La que repite, como principio y como promesa: madre, yo sí te creo.

AH

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