Criar primates sin madre, la ciencia detrás del 'Punch mexicano'

Entre peluches que sirven de refugio y una dieta de precisión, un equipo de expertos lucha para que Yuji no olvide su identidad salvaje mientras se prepara para regresar a su manada.

Yuji y su peluche. Nació el 3 de marzo y pesó 443 kilogramos. | Foto: Claudia Solera
Guadalajara /

M+.– En una sala tibia que no pertenece a la selva, un cuerpo diminuto aparece dentro de una transportadora. No está solo, aunque lo parezca: antes que Yuji 'el Punch mexicano'— estuvieron muchos otros primates. 

Bruce, Pandora, Dobby, Lola, Darya, nombres que no se hicieron virales, pero que comenzaron igual: sin madre, sin manada, sostenidos por la ciencia para sobrevivir, de acuerdo con la investigación de MILENIO.

De Jujutsu Kaisen a la supervivencia: el nacimiento de Yuji

Yuji es un mono patas (erythrocebus patas) que nació el 3 de marzo y pesó 443 gramos. Su nombre —tomado por el protagonista Yuji Itadori, del anime japonés Jujutsu Kaisen, que posee una fuerza física excepcional— terminó siendo una profecía involuntaria: desde el inicio, todo en él ha sido resistencia.

Se volvió viral a los 38 días de nacido tras un video difundido por el zoológico de Guadalajara, donde habita junto a otros seis mil animales en un espacio de 50 hectáreas. En esta grabación, sus cuidadoras lo presentaron como el nuevo integrante.

Yuji y su cuidadora en el zoológico de Guadalajara. | Foto: Claudia Solera

Las redes sociales lo adoptaron antes de que su especie pudiera hacerlo, y entonces apareció la comparación inevitable: 'Punch' —el macaco japonés del zoológico de Ishikawa— que conmovió al mundo en 2025.

Pero estas historias detrás de la crianza asistida como la de Yuji, en Guadalajara, y la de 'Punch', en Japón, no caben en un solo reel.

“La primera vez que vimos a Yuji, su madre no sabía sujetarlo, pues era primeriza”, dice a MILENIO, Iván Reynoso Ruiz, médico veterinario zootecnista y encargado del área de primates del zoológico de Guadalajara. “Y las primeras horas son críticas. Si no hay alimento, si no hay calor y su cuerpo se enfría demasiado…no sobrevive y no vimos que ella lo hubiera amamantado”.

La decisión llegó sin espacio para la duda: retirarlo, no por crueldad, no hacerlo significaba su muerte.

La crianza asistida comienza exactamente ahí, en el punto donde no intervenir con la ciencia implica perder a la cría. Entre los animales —aunque incomode a estándares y prejuicios humanos— es común que las madres no puedan amamantar a sus crías por diversos factores o que las rechacen, explican los veterinarios. La diferencia entre un hábitat natural es que no existen las segundas oportunidades.

“No podemos verlo como malas madres”, argumenta Reynoso. “En la naturaleza pasa todo el tiempo. Hay códigos que nosotros no entendemos. La diferencia es que allá las crías no sobreviven”. Aquí, para Yuji sí la hay.

Una historia de crianza asistida está hecha a base de repeticiones. De noches sin reloj, sin pausas. Al inicio, Yuji necesitaba 12 tomas de leche diarias, una cada dos horas.

“Es una crianza 24/7 durante muchas semanas”, dice David Espinosa, médico veterinario y director de CIMBA (Centro Integral de Medicina y Bienestar Animal). “Cuidar a Yuji es como hacerlo con un bebé humano. Los primates somos de lento desarrollo, porque dependemos de nuestros padres para sobrevivir. No es como un pollito que a los dos días se vale por sí mismo”.

Por eso, porque se necesitan muchas manos, la crianza asistida en el caso de Yuji recae en dos áreas clave CIMBA —el hospital del zoológico de Guadalajara, considerado el más grande y prestigioso de Latinoamérica— y en el área de primates.

La leche no es improvisada, es una fórmula en polvo, la misma que consumen los humanos recién nacidos. La temperatura se mide al grado. Si está fría, Yuji la rechaza. Todo se calcula, todo se vigila.

El peluche, más que un juguete 

Y aun así, hay algo que no se puede sustituir, por eso el peluche. No es ternura, es función.

Las crías de primates nacen para aferrarse: su instinto es sobrevivir sujetas al cuerpo de su madre. El peluche no es un lujo ni un gesto tierno ni mucho menos un recurso para ganar seguidores en redes sociales, es un sustituto vital. Les ofrece la seguridad y el punto de anclaje que la ausencia materna les arrebató.

No podrían reemplazarlo los brazos de cuidadoras como Paulina o Natalia: hacerlo implicaría un riesgo mayor, que Yuji confunda su identidad y se reconozca como humano.

Ahora vive aferrado a ese peluche —que a veces es un perro, a veces otro mono; mientras uno se limpia y se seca, usa el otro—. Ahí duerme, ahí come, ahí se calma. Incluso ahí hace del baño.

El peluche es al mismo tiempo refugio, vínculo y frontera. Mientras tanto, el aprendizaje ocurre a distancia. Por las tardes, Yuji es llevado de CIMBA al área de Monkeyland con los otros monos patas: su escuela animal. 

Protegido por su transportadora, permanece cerca pero separado hasta que aprenda los códigos de su manada. No los toca, no juega con ellos, solo observa, escucha, huele, memoriza señas y gritos. 

Por eso el contacto humano se reduce al mínimo indispensable. Nadie lo carga. Sus cuidadoras se resisten a su ternura y carisma. Salvarlo también implica renunciar a él y no confundirlo.

“Queremos que sepa que es un mono”, dice Luis Soto Rendón, director general del zoológico de Guadalajara. “Que entienda su lenguaje. Que reconozca a los suyos”.
“No queremos que él se adapte a nosotros, no queremos que aprenda a hablar español, queremos que él hable el lenguaje de los monos patas”, concluye.
Pandora, especie salvada mediante crianza asistida. | Foto: Especial

CIMBA: el corazón científico que late detrás de la vitrina

Hoy, Yuji ha crecido, pesa el doble de cuando nació. Sus tomas de leche se redujeron de 12 a cuatro diarias. Empieza a probar alimentos sólidos, verduras y frutas cocidas que facilitan el masticado de unos dientes apenas en formación —calabaza, zanahoria, camote—. Su dieta incluye también cereal para bebé humano y croquetas Mazuri para primates.

Antes de Yuji estuvo Bruce, en CIMBA. Los visitantes podían verlo mientras lo alimentaban: el hospital está abierto al público a través de vitrinas. Ahí se observa la sala de crianza asistida, los medicamentos de la farmacia, los quirófanos, el laboratorio, las salas de curación y el área de nutrición, donde se empacan las 300 toneladas de alimento que consumen a la semana los seis mil animales del zoológico.

"Al final, abrir nuestro hospital fue para mostrar la calidad de cuidado y atención con la que trabajamos por el bienestar animal", dice David Espinosa, director de CIMBA.

Bruce es un lémur anillado. Pesaba 85 gramos cuando nació. Era más frágil que Yuji y también fue separado de su manada. Su vida dependió de manos científicas y humanas. Hoy ya está integrado a su grupo. Pandora también lo logró al igual que Dobby, Lola, Darya.

Bruce es un lémur anillado que al nacer pesaba 85 gramos cuando nació. | Foto: Especial

El reto de la integración 

Y al otro lado del mundo, 'Punch' también lo hizo en el zoológico de Ishikawa, pese a toda la crítica que recibieron en redes sociales sus cuidadores durante su integración con su manada de macacos japoneses. Los comentarios no tardaron entre los usuarios: que si era víctima de bullying, que si era agredido, que “pobrecito”, que si lo rechazaban, cómo podían permitirlo.

“En una historia mal contada, cualquiera puede parecer el villano. Ese es el problema: los usuarios no están viendo el contexto completo”, dice Espinosa. “En redes sociales, todos opinan… incluso sin entender lo que hay detrás. Y lo cierto es que en Japón se hizo un trabajo extraordinario”.
“Sí hubo agresiones por parte de su manada. Claro que las hubo. Pero no puedes separar a los animales de la violencia inherente a su vida social. Existen tensiones, jerarquías, disputas. Golpes que, —aunque incomoden a los espectadores humanos— tienen que ocurrir”.

Afuera, a través de la vitrina, los visitantes del zoológico de Guadalajara miran a Yuji y sonríen. Se escuchan expresiones como: “Aww, pero qué es esta preciosura”, “está hermoso”, “qué bonito”, “qué tierno”.

Detrás de ese asombro hay una estructura científica invisible: más de 500 personas, dietas diseñadas para miles de animales, hospitales, laboratorios, vigilancia constante.

Alicia y Christian —visitantes—, aplauden el trabajo del equipo. Aseguran que Yuji es “muy cute” y los cautivó, como también lo hicieron sus cuidadoras: “Es poder apreciar y observar todo el trabajo que realiza el personal para que los animalitos tengan buenas condiciones”.

Es un sistema entero dedicado a algo incómodo de aceptar: no son mascotas porque cuando un primate crece fuera de su especie algo se rompe. Su comportamiento cambia, su salud mental se altera y su identidad se diluye.

Yuji cada día observa a su manada. Cada día aprende, se acerca —un poco más— a lo que debería haber sido desde el inicio.

Algún día —si todo sale bien y cuando cumpla unos seis meses— dejará el peluche, y después dejará también a quienes lo salvaron.

“Lo que nosotros más queremos es que él sea un mono… y que nos olvide, aunque nos duela en el corazón”, concluye Luis Soto.
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IOGE 

  • Claudia Solera
  • Periodista de investigaciones especiales desde hace 16 años en medios nacionales e internacionales. Premio Roche 2020 de Periodismo en Salud. Periodista por la Universidad de los Andes de Colombia.

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