El inicio de Hugo Sánchez en la cantera de Pumas, inspirado por sus hermanos y frenado por sus padres

Con 11 años Sánchez entró a la cantera universitaria, inspirado por sus hermanos Héctor y Horario, pero su familia no le daba permiso de irse solo a los entrenamientos.

Hugo Sánchez debutó en 1976 con los Pumas (Mexsport)
Ciudad de México /
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El futbol suele contar sus historias al revés. Primero levanta los trofeos, después repite los goles y finalmente busca en la infancia del protagonista las señales de un destino que, visto desde el presente, parece inevitable. Pero en la vida de Hugo Sánchez hubo algo menos espectacular y bastante más humano: antes de convertirse en uno de los futbolistas mexicanos más reconocidos de la historia, fue un niño al que sus padres no dejaban ir solo a entrenar porque todavía era demasiado pequeño para atravesar la ciudad.

Vivía en Jardín Balbuena, en una Ciudad de México que crecía hacia sus orillas, ensanchaba sus avenidas y obligaba a sus habitantes a medir la distancia no solamente en kilómetros, sino en tiempo, transbordos y preocupaciones. Ciudad Universitaria quedaba lejos. Para llegar hasta allá tenía que tomar dos autobuses. Hugo tenía menos de 11 años y sus padres consideraban que aquel recorrido era demasiado para un niño.

La explicación parece sencilla, pero en ella está contenido el primer capítulo de su historia con Pumas: el deseo de jugar no bastaba. Había que esperar.

Héctor y Horacio, sus hermanos mayores, ya pertenecían a las fuerzas básicas del equipo universitario. La familia acudía a verlos los sábados o domingos. Héctor destacaba por sus goles; Horacio, por detenerlos. Hugo los observaba y quería hacer lo mismo. No necesitaba imaginar un equipo lejano ni una camiseta desconocida: el futbol que deseaba estaba ahí, a la vista, en los partidos de sus hermanos.

Él mismo lo recordó años después, en una entrevista con Mediotiempo. Sus hermanos fueron sus referentes y Pumas, desde entonces, el equipo al que quería pertenecer. Cuando terminó la primaria, sus padres le dieron permiso para incorporarse a las fuerzas básicas. La espera había terminado, aunque el camino apenas comenzaba.

Las tradicionales chilenas de Hugo Sánchez (Fototeca Milenio)

Hay algo revelador en ese episodio. Hugo no llegó a Pumas por una casualidad descubierta en una cancha ni porque un cazatalentos se detuviera a observarlo durante unos minutos. Llegó empujado por una convivencia familiar en la que el deporte ya ocupaba un lugar central, pero también bajo las reglas de unos padres que no estaban dispuestos a confundir una ilusión con una garantía de futuro.

Su padre, Héctor Sánchez, había jugado futbol semiprofesional con Asturias y Atlante, mientras trabajaba como mecánico automotriz. Su madre, María Isabel, también tenía antecedentes deportivos. En aquella casa, el futbol no era una extravagancia ni una actividad que la familia tuviera que aprender a comprender: formaba parte de su vida. Eso no significaba, sin embargo, que el talento pudiera sustituir la responsabilidad.

La madre de Hugo insistía en que estudiara. Las calificaciones eran importantes y las tareas debían hacerse antes de salir a jugar. Años después, cuando el muchacho ya había conseguido entrar en la estructura de Pumas, ella le explicaría por qué no quería que abandonara los estudios: una lesión, una enfermedad o cualquier impedimento podía terminar con una carrera deportiva. La educación, en cambio, seguiría ahí.

Hugo escuchó. Y aquella obediencia, que en la infancia podía parecer una condición impuesta por los adultos, acabaría convirtiéndose en una de las características menos conocidas de su formación: la capacidad de sostener dos exigencias al mismo tiempo.

Para entonces, México era un país que buscaba proyectar modernidad, aunque debajo de esa imagen convivieran profundas desigualdades. La televisión ampliaba el alcance de los grandes acontecimientos deportivos; el futbol se había consolidado como espectáculo popular y la Universidad Nacional era mucho más que un espacio académico. En Ciudad Universitaria, el deporte formaba parte de una identidad colectiva que reunía a estudiantes, trabajadores, familias y aficionados alrededor de los colores azul y oro.

Pumas tampoco era todavía la institución que hoy evoca una tradición de campeonatos, figuras internacionales y generaciones de futbolistas. Durante los años setenta, el club atravesaba una etapa de transformación. La llegada de jugadores importantes, la reorganización de su estructura y la consolidación de un equipo competitivo preparaban el terreno para el primer campeonato de Liga, conquistado en la temporada 1976-77.

Hugo Sánchez en su etapa con Pumas (Fototeca Milenio)

Hugo crecía dentro de ese proceso. No entró a un equipo vacío al que pudiera llegar para convertirse inmediatamente en protagonista. Se incorporó a una estructura en la que debía aprender, competir y encontrar su lugar entre futbolistas mayores, algunos de ellos ya consagrados.

Pero antes de que el profesionalismo reclamara toda su atención, había otro sueño.

Su hermano Horacio había participado en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. Hugo quería vivir esa experiencia. La idea se convirtió en una meta y condicionó sus decisiones durante la adolescencia. En 1975 participó en los Juegos Panamericanos, donde consiguió la medalla de oro con la selección mexicana, y al año siguiente acudió a los Juegos Olímpicos de Montreal. Todavía no había debutado en Primera División.

La secuencia importa. En la memoria colectiva, el nombre de Hugo Sánchez suele asociarse con el delantero que celebraba sus goles con una voltereta, el que convirtió el remate acrobático en una firma personal, el que conquistó España. Sin embargo, antes de iniciar su carrera profesional ya había conocido la presión de las competencias internacionales y había aprendido que representar a un equipo implicaba algo más que el placer de jugar.

También había tenido que elegir tiempos y prioridades. Su ingreso al futbol profesional no fue la primera estación de su carrera, sino el paso que llegó después de una formación juvenil y de la experiencia olímpica. Cuando finalmente se abrió esa puerta, Hugo ya sabía lo que significaba perseguir una meta durante años.

El sábado 23 de octubre de 1976, con 18 años, entró a la cancha del Estadio Universitario de Nuevo León. Pumas visitaba a Tigres y el entrenador Jorge Marik lo envió al campo al minuto 25, en sustitución del brasileño Geraldo Cándido. El equipo universitario ganó 1-0 con un gol de Cabinho.

No fue un estreno construido para la posteridad. No hubo en aquella tarde una señal inequívoca de que el joven delantero terminaría convertido en una figura internacional. Hubo un partido, una sustitución y unos primeros minutos en Primera División. Lo extraordinario llegaría después, cuando aquel debut se incorporara a una historia mucho más grande.

Conviene detenerse ahí, antes de adelantarnos a los goles y los títulos. Porque el debut no borró al muchacho que había esperado el permiso de sus padres, que había seguido a sus hermanos y que había aprendido a combinar el futbol con los estudios. Lo colocó frente a una exigencia distinta: ahora debía demostrar que podía competir entre profesionales.

En aquella temporada, Pumas conquistó su primer campeonato de Liga. Hugo comenzó a formar parte de un equipo que reunía experiencia, talento extranjero y jugadores mexicanos en plena consolidación. Su historia personal avanzaba al mismo tiempo que la del club. La camiseta azul y oro dejó de ser solamente el uniforme que había deseado desde niño y se convirtió en el espacio donde tendría que construir su propio nombre.

Hugo Sánchez (Mexsport)

Todavía faltaban España, los campeonatos, los goles que recorrerían el mundo y el apodo que terminaría por acompañarlo como una segunda identidad. Todavía faltaba que Hugo Sánchez aprendiera a convivir con la fama y con las expectativas que despierta un futbolista que parece capaz de hacer algo que los demás no pueden.

Por ahora, bastaba con volver a aquella primera escena: un niño de Jardín Balbuena que quería jugar en Pumas y que tuvo que terminar la primaria antes de que sus padres lo dejaran viajar solo hasta Ciudad Universitaria.

La leyenda no había comenzado con una chilena ni con un gol decisivo. Había comenzado con una espera, y con una familia que, antes de permitirle correr detrás de un balón, quiso asegurarse de que tuviera algo más que el futbol para sostener su vida.


RGS

  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.

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