En el Aeropuerto Internacional Charlotte Douglas, Carolina del Norte, el fuerte rugido de los motores suele ser la única voz que se escucha, sin embargo, tuvieron que detener un vuelo por un insólito hecho.
Todo parecía marchar con normalidad durante una tarde de primavera, pero el zumbido de las hélices fue reemplazado por un zumbido mucho más aterrador, es decir: abejas.
¿Qué pasó en el aeropuerto?
Fueron miles de abejas las que, en un acto de navegación instintiva, decidieron que un avión comercial era el refugio perfecto para su colmena y su descanso.
Así fue como un pasajero captó el momento en que una turbina comenzó a llenarse con miles de estos animalitos, quienes se instalaron rápidamente y evitaron el despegue; todo quedó grabado.
Personal de la zona aeroportuaria tuvo que intervenir para retirar a los animalitos, ya que -además- se trata de una de las especies que mayor cuidado requieren en nuestros días, ante una amenaza de extinción.
Para algunos una turbina no es más que una pieza que conforma un avión, para otros se trata de una obra de la ingeniería aerodinámica; pero para un enjambre en busca de hogar, es simplemente una cavidad protegida y cálida.
Este fenómeno, conocido como enjambrazón, nos recuerda que, a pesar de nuestros cielos dominados por el ser humano, seguimos compartiendo el aire con especies que no entienden de itinerarios ni de conexiones internacionales.
El incidente en Charlotte se convirtió en en fenómeno viral en redes sociales; pues al verlas todas amontonadas frente a la imponente entrada de aire de un motor, es una imagen aterradora porque además corrían gran peligro.
Lo más rescatable de este encuentro no es el retraso del vuelo, sino la respuesta, porque hace décadas, la solución habría sido rápida y letal. Hoy el protocolo dicta el respeto hacia la vida de todos los seres vivos.
La reubicación de estas abejas subraya un cambio de mentalidad en la sociedad: entendemos que esos pequeños insectos son tan vitales para nuestro ecosistema como los aviones para nuestras vidas ya sean personales o de negocios.
Charlotte Douglas volvió a la normalidad en cuestión de una hora, pero durante ese breve lapso el tiempo se detuvo. Los pasajeros, pegados a las ventanillas, no miraban el horizonte, sino hacia adentro de la turbina, maravillados y a su vez aterrados porque la naturaleza siempre tiene la última palabra.
KVS