Los cubanos están acostumbrados a sortear crisis, pero la actual los tiene cansados. El racionamiento de combustible, vigente desde inicios de febrero, trastocó la vida de quienes menos tienen, en una isla donde la igualdad que pregonaba el comunismo de Fidel Castro parece haber quedado atrás, a juzgar por la forma en que —nos cuentan— sobrellevan la realidad.
Entienden que es una medida derivada del endurecimiento de las sanciones impulsadas por el gobierno de Donald Trump y, aunque en el fondo saben que busca provocar un cambio político, desconocen por qué decidió “ampliar el embargo” justo ahora.
El principal problema que enfrenta la población es la falta de transporte público.
“Tuve que caminar casi una hora”, dijo a MILENIO Reynier, el guía que nos acompaña para recorrer los lugares menos transitados de la capital.
“Me despierto temprano para llegar a tiempo, porque no hay guagua”, dice con una sonrisa Jacqueline, la camarera que limpia la habitación del hotel.
Un panorama complejo
Al caminar por las calles de La Habana Vieja es inevitable escuchar conversaciones en las que las personas se quejan de la dificultad para conseguir alimentos o del alto precio de algunos productos. Circular por el Paseo de Martí implica ver gasolineras cerradas y, al salir al Malecón, se nota de inmediato la disminución del parque vehicular. Aun así, no deja de llamar la atención el paso de autos Mercedes Benz, Audi o incluso una Range Rover, cuyos dueños parecen no resentir la escasez.
No ocurre lo mismo con los conductores de autos clásicos, vitales para pasear a los turistas, que han tenido que detenerse forzosamente.
“Hay menos de la mitad circulando”, se queja un chofer en el estacionamiento de la Plaza de la Revolución, donde la tarde del sábado 14 de febrero apenas hay tres coches estacionados.
Los cálculos de los prestadores de servicios son pesimistas. Aseguran que más de la mitad de los turistas han dejado de acudir a la isla y temen lo peor en las próximas semanas. Lo atribuyen a las noticias que, dicen, han espantado a los visitantes, aunque ellos se esmeran en que no les falte nada.
Muchos mexicanos que llegamos el jueves 12 de febrero en el vuelo 451 de Aeroméxico y regresamos el lunes 16 en el 452 coincidimos en que no tuvimos dificultades para comer, beber, asearnos o contar con agua corriente, aunque sí fuimos testigos de cortes de energía eléctrica y de la falta de algunos productos.
Al Aeropuerto Internacional José Martí siguen llegando vuelos internacionales, aunque con menos pasajeros de los esperados. Aviones procedentes de Miami, Moscú, Santo Domingo, Madrid, Caracas y Panamá hacen vibrar el viejo edificio de la Terminal 3. La Terminal 1, destinada a los vuelos nacionales, está casi vacía.
Cubana de Aviación solo opera dos rutas internacionales y las tripulaciones esperan, en cualquier momento, la orden de suspender operaciones.
Deterioro en las condiciones de vida en Cuba
Es evidente que la satisfacción de los pocos turistas que respiramos aliviados tras comprobar que el “apocalipsis” descrito por algunas noticias no es generalizado, se aparta de la realidad de todos los cubanos.
Luis, un taxista molesto por la situación que lo obliga a pagar hasta diez dólares por litro de gasolina, afirma que “es hora de un cambio de régimen, porque las cosas no pueden seguir así”, mientras circulamos entre montones de basura acumulada —porque el camión recolector no pasa— y observamos el deterioro de los edificios cercanos al Malecón, apenas visibles durante apagones como el del domingo 15 de febrero por la noche.
El buen humor que vimos durante el fin de semana del 14 de febrero se desvanece el lunes 16 en la mañana, cuando en las calles cercanas al Capitolio comienzan a formarse filas frente a los pocos cajeros automáticos que funcionan, lo que hace temer a los ahorradores que su dinero no esté disponible. Pareciera tratarse de una falla temporal, pero el episodio se suma al hartazgo.
Aunque los cubanos resisten el nuevo embate, desconocen cuánto tiempo más podrán hacerlo. Hay miedo y también esperanza en el horizonte, al que de cuando en cuando vuelven la mirada sobre el mar, deseando la llegada de un buque carguero con petróleo.
MD