DOMINGA.– Hay caras impacientes, encabronadas, resignadas. Pasa del mediodía y afuera del banco de las calles 23 esquina con J, en el barrio El Vedado de La Habana, aún no regresa “la corriente”, dicen los cubanos refiriéndose a la electricidad. No se puede sacar ni un billete en los tres cajeros disponibles. Algunos árboles dan un poco de sombra, pero eso no quita que a unas 30 personas –incluso con niños– las domine la ansiedad: es Nochebuena y las carteras están vacías.
Un empleado alza la voz. Pide que se haga una fila, el servicio ya no tarda. Pero las muecas de irritación se multiplican. No es sólo hoy. Todos los días es lo mismo: esperas interminables, apagones, dinero insuficiente.
Es miércoles 24 de diciembre de 2025 y hace calor moderado. “¡Llegué a las siete de la mañana, coño!”, dice un hombre treintón, indignado, mientras se hace la fila de forma desordenada. Es ley: conforme llegas al banco debes preguntar quién fue el último en llegar, esperar y tomar tu lugar cuando el cajero funcione.
Cada cubano tiene derecho a sacar de su tarjeta 5 mil pesos de la moneda nacional: unos 3 mil 700 pesos mexicanos.
Se supone que al cajero le ponen dinero a más tardar a las 9 de la mañana, pero desde hace días no es así. Un hombre delgado y bajito, de unos 50 años, se mete en la fila. Algunos estallan pero él se aferra: de ahí nadie lo quita. Un joven de plano amenaza: “¡Repinga! Quítate o me vas a ver envergado”.
“Hermano, ¡tú no ibas ahí, lo juro!, pero ya qué le hacemos”, agrega el treintón, más conciliador. Se hace el alboroto. El cincuentón baja la cabeza y los hombros, como rogando que lo dejen quedarse ahí. Por un momento, parece que esto va a terminar en golpes. Otros de plano mejor miran a otra parte. Escucho atrás de mí: “Que ya acabe esto. Que ya pongan el maldito dinero”.
Días después, el año nuevo inició recio: el 3 de enero, fuerzas estadounidenses capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores y los trasladaron a Nueva York. Acabo de regresar de La Habana y me pregunto: ¿qué pasará con Cuba, que ha dependido del petróleo de Venezuela?
En los últimos días, el presidente Donald Trump ha intensificado sus advertencias hacia Cuba. Tras la captura de Maduro, ha declarado que la isla ya no recibirá petróleo ni dinero procedente de Venezuela, una relación energética que durante años sostuvo en parte la economía cubana. En su red social Truth Social escribió que “no habrá más petróleo ni dinero para Cuba: cero”, y urgió al gobierno de Miguel Díaz-Canel a “llegar a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde”.
Cuba vivió durante años de los recursos venezolanos a cambio de servicios de seguridad al régimen de Maduro, dice el presidente de Estados Unidos, pero eso ha terminado. Además, ha sugerido que el gobierno cubano enfrenta su mayor crisis y que está “listo para caer”, señalando la profunda dependencia económica de la isla.
Estas declaraciones se dieron en medio de tensiones crecientes en la región y han sido respondidas por el gobierno cubano con rechazo a las amenazas y defensa de la soberanía. Díaz-Canel afirma que no hay negociaciones en curso con Washington.
“Esto es Cuba, chico”. Los cajeros se vacían a las 12 del día
Esto encontré en mi tercera visita a la isla: desánimo, gente harta del mismo discurso político y para quienes la palabra “Revolución” ya no significa nada. Una crisis económica sin precedentes, cubanos hartos del pan de todos los días: sueldos insuficientes, llegar al cajero al amanecer para alcanzar dinero, pelearte con el de al lado. Predomina la irritación. Los cubanos son un encanto pero tienen un límite.
La primera vez que fui a Cuba, en 2014, cambié mis pesos mexicanos por el peso cubano convertible –una moneda para extranjeros ahora eliminada– en las Casas de Cambio Cadeca, la entidad financiera oficial encargada de la compra-venta. También podías sacar dinero del cajero con tarjetas Visa pero no con Mastercard y eso fue un lío supremo. Se acabó el efectivo y pasé dos días en ceros.
Hasta que la cajera de un pequeño supermercado me ayudó con la transición a cambio de 20%. Refunfuñé. “¿Lo tomas o lo dejas? Yo podría perder mi trabajo”. Sale y vale, fin del problema. La segunda vez, en 2019, llevé suficiente efectivo y supe que todas las tarjetas eran bienvenidas siempre y cuando no fueran emitidas por un banco estadounidense.
Para mi última visita, en 2025, internet informó que esto era vigente. Pero las mil cosas que uno tiene que hacer antes de fin de año me impidieron llevar mucho efectivo. Y otra vez, a mitad del viaje se me acabó pero no me preocupé: lo podía resolver rápido yendo al cajero. Qué equivocado estaba.
Fui de noche a un banco de la calle 23, que termina en el malecón, famosa por su oferta de restaurantes, cines y clubes nocturnos, y porque ahí está la emblemática Coppelia, la heladería estatal. Ahí una señora me dijo que si quería dinero tenía que regresar al otro día, hacer una fila larga y esperar. “Aquí los cajeros se vacían a las 12. Todo el mundo saca su dinero y en una de esas ni alcanzas”, dijo lamentándose. “Esto es Cuba, chico”, remata con esta frase que escucho una y otra vez.
Pensé “¡qué exagerada!”, aunque su tono fatalista me advirtió lo que pasaría: al día siguiente había mínimo 40 personas, sentadas o de pie, afuera del banco. No había dinero en el cajero. Entré a preguntar qué pasaba: “Tiene que hacer cola y esperar”, dijeron. “Pero a qué hora van a poner el dinero”, pregunté. “No sabemos”.
Busqué a la última persona de la fila. “Después de mí, va ella”, “voy detrás de ese señor”, “creo que después de mí van esas muchachas”, “soy la última persona en la fila”. Decenas esperamos. Mi amigo Toño, un cubano de 25 años, me alienta: “Hay otro banco allá, no perdemos nada yendo a ver”. Vamos, pues. Caminamos por varias calles y llegamos al banco de la esquina con calle J. Malas noticias. La gente está desesperada porque no hay “corriente” y, por lo tanto, no hay conexión. Y aunque hubiera: tampoco hay dinero en el cajero. ¿A qué hora regresa la luz? Nadie sabe.
Regresé al día siguiente. Después de seis horas de espera podemos sacar dinero y, con esto, me queda claro que a buena parte de los habaneros los tienen muy entretenidos haciendo filas interminables, buscando un ingreso extra, pensando cómo sostener los gastos de la casa y muchos, en voz baja, maldicen a un gobierno cuya élite, susurran, la pasa de maravilla mientras el pueblo se hunde.
El bloque económico que impuso Estados Unidos a Cuba
La historia reciente de Cuba comienza con una promesa. En 1959, el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro marcó el fin de la dictadura de Fulgencio Batista y abrió un horizonte de justicia social, soberanía y dignidad nacional. Durante los primeros años, el nuevo gobierno impulsó una profunda reconfiguración del Estado, nacionalizó sectores estratégicos y se alineó con el bloque socialista, en un contexto global dominado por la Guerra Fría.
La respuesta de Estados Unidos fue el establecimiento de un “bloqueo económico”, así llamado en Cuba, que se formalizó a inicios de los sesenta. Ese cerco comercial, financiero y diplomático se convirtió en un elemento estructural de la vida de la isla y en uno de los ejes centrales del discurso político del régimen. Durante décadas, el bloqueo coexistió con el respaldo económico de la Unión Soviética, que sostuvo a Cuba mediante subsidios, comercio preferencial y apoyo energético.
Ese equilibrio se rompió en 1991, con la desaparición de la URSS. La economía cubana colapsó abruptamente y el país entró al llamado Periodo Especial, una etapa de escasez extrema, apagones prolongados y deterioro generalizado de las condiciones de vida. Aun así, el régimen logró mantenerse apoyado en un consenso social aún vigente y en la expectativa de resistencia colectiva.
Con el paso del tiempo, ese consenso comenzó a erosionarse. La apertura parcial al turismo, las remesas y ciertas reformas económicas no lograron revertir las desigualdades ni la fragilidad estructural del modelo. La alianza con Venezuela, a inicios de este siglo, volvió a ofrecer un salvavidas: petróleo, recursos y apoyo financiero a cambio de servicios profesionales cubanos. Esa relación permitió posponer, una vez más, el ajuste profundo. Hasta hoy.
Los apagones se volvieron crónicos desde 2024
Llamé a mi amiga Natalia, cubana octogenaria que se unió a la guerrilla de Fidel Castro, para decirle que la visitaría pronto y de inmediato me advirtió de los apagones que se intensificaron y volvieron crónicos desde mediados de 2024: cortes generalizados y prolongados debido a la falta de combustible, el mal estado de las centrales termoeléctricas y la falta de inversiones.
Me hospedo una vez más en El Vedado, una zona comercial de La Habana de alto estatus. Es un barrio rodeado de casas señoriales, coloniales y hoteles de lujo, entre ellos el Hotel Nacional. Cuando mi amigo Toño me visita, se sorprende que en la zona también haya apagones. “Se supone que aquí es zona privilegiada”, dice todavía incrédulo, él que habita en un barrio a media hora de camino, donde los apagones son más constantes. “Pues ya no”, respondo, como si llevara viviendo mucho tiempo ahí: en mis pocos días en El Vedado, la corriente se ha ido por horas, a diario.
Otro amigo vino a hacerme un tatuaje y apenas había hecho el trazo cuando nos quedamos sin corriente. Buscamos por más de una hora un lugar para terminar el trabajo: la encargada de un restaurante de mariscos se compadeció de nosotros.
Ricardo Pascoe se presenta: fue embajador de México en Cuba y su lectura de la crisis actual de la isla se articula desde un punto clave: la ruptura del vínculo de sobrevivencia entre Cuba y Venezuela.
Durante años, explica en entrevista con DOMINGA, ambos regímenes sostuvieron una relación política, no de mercado. Venezuela aportaba petróleo, recursos económicos y materiales; Cuba enviaba miles de médicos, maestros, constructores, militares y personal de inteligencia. Era una relación desigual: el valor económico de lo que recibía Cuba superaba ampliamente lo que entregaba.
Ese andamiaje se ha venido abajo. La caída del régimen venezolano y el replanteamiento de la política estadounidense abren, dice Pascoe, un “segundo Periodo Especial” para Cuba. En 1991, recuerda, la economía cubana, totalmente estatal, había gozado de cierta bonanza: clase media amplia, acceso a bienes, vehículos privados, desarrollo inmobiliario. Pero con el retiro abrupto del apoyo soviético, el PIB cayó más de 40% y Fidel Castro nombró a esa etapa Periodo Especial.
En ese primer colapso, señala, “el ánimo social todavía apostaba por la resistencia y la fe en la Revolución. El discurso del bloqueo estadounidense se fortaleció como explicación de la crisis”. A partir de entonces, Cuba transformó la exportación de médicos, maestros y soldados en un negocio: ya no era cooperación ideológica, sino una fuente de ingresos, aprendida, dice Pascoe, del modelo norcoreano, que incluía mecanismos de control extremo, como mantener a las familias en la isla para asegurar el retorno de quienes eran enviados al extranjero.
Hoy el escenario es distinto. El colapso venezolano recrudece, aún más, una degradación profunda de la vida diaria: apagones, escasez, miseria. Ya no se habla de resistir, sino de huir. A finales de 2020, Cuba tenía 11 millones 181 mil 595 habitantes. Para 2024 se fueron un millón 433 mil 588 cubanos, según cifras oficiales de la Oficina Nacional de Estadística e Información del país.
Pascoe cita Ir a La Habana (Planeta), donde el escritor cubano Leonardo Padura describe una ciudad marcada por la basura, la agresividad y el deterioro del tejido social. No es propaganda, aclara, es una constatación literaria de un ambiente real: un entorno y ánimo que comprobé en mis días en la capital.
Ese cambio de ánimo se refleja también en el discurso oficial. Pascoe vincula la mirada de Padura con las recientes declaraciones de Miguel Díaz-Canel, quien ha criticado abiertamente la ineficiencia del Partido Comunista, denunciando reuniones interminables que no resuelven nada. Por primera vez, subraya, el énfasis no está puesto en el “imperialismo yanqui”, sino en la responsabilidad interna.
Díaz-Canel sabe que ese discurso ya no convence: insistir en él hoy suena, para muchos cubanos, a mentira. Todo esto apunta a un viraje inevitable: una parte de la élite política cubana entiende que, tras Venezuela, será necesario algún tipo de negociación con Estados Unidos para evitar un colapso aún mayor.
La historia reciente lo demuestra.
“Antes te emborrachabas con poco y ahora ya ni para eso alcanza”
La muerte de Fidel Castro, en 2016, cerró un ciclo simbólico. Todos los taxistas de 50, 60 o más años coinciden en que, cuando él se fue, comenzó la decadencia de la isla. “Antes teníamos problemas pero no como ahora”. “Antes te emborrachabas con poco y ahora ya ni para eso alcanza”. “Antes fue mejor”. “Antes…”
Con la muerte de Fidel, aunque el poder permaneció dentro del mismo entramado político, la figura fundacional desapareció y con ella buena parte del capital histórico de la Revolución. La crisis se fue profundizando: salarios insuficientes, migración masiva, colapso de servicios básicos y apagones constantes.
El debilitamiento del régimen venezolano y el endurecimiento de la política estadounidense para con la isla, incluida la amenaza de cortar suministros energéticos, colocan a Cuba ante un nuevo punto de quiebre. Venezuela ha sido su principal proveedor de petróleo, acompañada en menor medida por México. La posibilidad de perder ese respaldo vuelve a tensar una economía ya exhausta.
El resultado es visible en la vida cotidiana: escasez, cansancio social y una migración que parece no tener retorno. Cuba entra a una etapa marcada más por la incertidumbre que por la resistencia. Pienso que no es un estallido inmediato, sino un colapso que se anuncia en voz baja, sostenido en el desgaste prolongado de un país que ya no logra recomponerse.
Una de mis sorpresas mayores fue encontrar un malecón casi vacío, que antes estaba repleto y vivo. Justo en esa área de la calle 23, antes se juntaban decenas de jóvenes para echar desmadre o ligarse un extranjero e irse con él a cambio de unos pesos. Pero ahora no hay nadie ahí: “No hay plata para salir. Mejor se guardan”, dice una mujer que pasa por ahí.
Voy de sorpresa en sorpresa: la calle Obispo, en el barrio de La Habana Vieja, otrora vía cundida de turistas, música y batucada, ahora luce semivacía. Sí hay turistas de distintas partes, pero no se compara con lo visto en otras visitas. Mi percepción no está equivocada. Los taxistas se encargan de confirmarlo: “Esto está muerto, chico, muerto como nunca antes. Esto es Cuba, chico”.
Por la noche voy a un restaurante elegante y entro en shock: es la temporada más alta del año y no hay una sola mesa ocupada. Me apena ver las caras tristes de los meseros y del cantante que ameniza con una vieja canción navideña: “Brilla la estrella de paz. Brilla la estrella de amor”.
“Los que podrían hacer un cambio en Cuba ya se fueron”
Durante el trayecto de la ciudad a la playa, un taxista de 30 años afirma que en Cuba no gobierna Díaz-Canel y que quienes podían hacer un cambio ya se fueron de la isla. Prefiere no mencionar su profesión, la que no siguió ejerciendo porque el sueldo era “miserable”. Una historia muy común en la mayoría de jóvenes, quienes, pese a los estudios, deciden jugársela como meseros porque ahí ganan mucho más.
El taxista insiste: en Cuba gobierna el ejército y la élite política la pasa de lujo en sus mansiones. Eso mismo me dicen varios cubanos más. La percepción generalizada en La Habana es que Díaz-Canel no detenta el poder real. La idea extendida es que el mando efectivo lo ejerce el ejército y los aparatos de inteligencia, más que Raúl Castro (94 años), a quien muchos consideran ya fuera de la toma de decisiones. El presidente aparece como un burócrata impuesto, sin liderazgo propio, lo que vuelve incierto el alcance real de cualquier discurso conciliador.
Sin embargo, el exembajador Ricardo Pascoe introduce un matiz: fue precisamente el hijo de Raúl Castro, Alejandro Castro Espín, hoy figura central de los servicios de inteligencia y de la policía secreta, quien fungió como intermediario directo en las negociaciones con Barack Obama. Ese antecedente sugiere que el sector militar, más pragmático que los civiles ideologizados, podría ser también el más dispuesto a dialogar. Es una hipótesis, aclara, basada en la experiencia histórica.
Recuerda incluso conversaciones personales con Fidel, quien le confesó haber intentado un acuerdo con Bill Clinton que fracasó por resistencias internas. Años después, Raúl logró concretar un pacto con Barack Obama, pero Fidel lo desbarató en el Congreso del Partido Comunista, movido, opina Pascoe, por un conflicto fraterno tan simple y devastador como la envidia. La consecuencia fue dejar a Cuba suspendida en el vacío político justo antes del arribo de Donald Trump.
Hoy, sostiene, la isla enfrenta una crisis distinta a todas las anteriores: una economía que no funciona y, sobre todo, la pérdida absoluta del consenso social. Ya no hay fe ni paciencia. Díaz-Canel, aun sin ser líder, habla de cambios porque otros se lo indican. “El sector dialogante, sobre todo en las fuerzas armadas, entiende que sin algún tipo de acuerdo con Washington el colapso será mayor, aunque enfrente a figuras como Trump o Marco Rubio [secretario de Estado de Estados Unidos], mucho menos flexibles que Obama”, señala Pascoe.
La experiencia cotidiana confirma ese deterioro. Las colas interminables, la tensión en los cajeros, la violencia interpersonal, el estrés permanente. La fe en el futuro sólo persiste entre los más viejos; los jóvenes y adultos no creen en nada. La sensación es la de una olla de presión a punto de estallar.
La población identifica con claridad que la pobreza es generalizada, excepto para el ejército y las élites del poder, y que quienes podían cambiar algo, ya se fueron.
Pascoe coincide: hay una desolación profunda que la dirigencia percibe. A diferencia de otros regímenes, la élite cubana, dice, es sofisticada y consciente de la escena internacional. Por eso el debate interno gira hoy en torno a una vieja pregunta: ¿cómo combinar reforma económica y reforma política? De cómo resuelvan esa ecuación dependerá si Cuba encuentra una salida o se hunde en una degradación aún mayor.
Me voy de La Habana con sentimientos agridulces: feliz de volver a coincidir con gente excepcional, solidaria y amorosa, consternado por ver a la gente de a pie resistiendo todo los días y entristecido porque la gran revolución nunca llegó.
GSC