El mensaje que definió al movimiento #MeToo fue “hay que creerles a las mujeres”. Ahora, hay uno nuevo: hay que borrarlas.
El ataque del gobierno de Donald Trump a la diversidad, la igualdad y la inclusión ha hecho que el progreso para las mujeres retroceda décadas, y ahora este sector se enfrenta a una brecha salarial cada vez mayor y a una reducción de las protecciones laborales.
Mientras tanto, los debates sobre las mujeres se han convertido en un tema controversial, un asunto tóxico con demasiada carga política como para abordarlo.
Empresas, universidades, bufetes de abogados e instituciones culturales están eliminando las referencias a “mujer” y “género”, incluso en las circunstancias más inocentes.
Trump considera “ilegales” los programas DEI
El gobierno de Trump ha definido a los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI, por su sigla en inglés) como “DEI ilegal”, a los que describen como “programas, iniciativas o políticas que discriminan, excluyen o dividen a las personas por motivos de raza o sexo”.
Pero en la práctica, los aliados del republicano han cuestionado si las mujeres merecen un lugar en el mundo laboral.
Han culpado a las mujeres de los incendios forestales del año pasado en California y han tachado a Amy Coney Barrett, jueza conservadora de la Corte Suprema de Estados Unidos, de “contratación DEI” por una sentencia que no les gustó.
El secretario de Defensa estadunidense, Pete Hegseth, está purgando al ejército de oficiales mujeres de alto rango después de quejarse de que las fuerzas armadas se habían vuelto “afeminadas”.
Los nombres de las mujeres han desaparecido de museos, parques, monumentos e incluso del Cementerio Nacional de Arlington.
Las organizaciones, aterrorizadas de ser el nuevo objetivo del gobierno, están cayendo en lo absurdo. Una investigadora enfocada en la salud materna eliminó las referencias a la discriminación por razón de sexo para obtener financiación federal.
Una publicación médica especializada a los científicos que evitaran usar términos como “femenino” y “mujeres” en las solicitudes de subvención.
Después de que el año pasado Ted Cruz, senador por Texas, divulgara una lista de subvenciones supuestamente “progres” de la Fundación Nacional de Ciencias, ProPublica descubrió que algunas fueron incluidas solo porque las descripciones de sus proyectos incluían palabras como “mujer”, como en el caso de una investigadora científica, o “diversificar”, como en el caso de la biodiversidad de las plantas.
Papel de la mujer históricamente
Es una distorsión de la realidad. Por más de una década, reportando sobre las mujeres en el trabajo, mi bandeja de entrada había estado saturada de mensajes de compañías que presumían de su labor en defensa de sus empleadas.
Pero la mayoría de las empresas con las que me puse en contacto para este ensayo me rogaron que no las mencionara.
En un evento reciente sobre las mujeres en el trabajo, pregunté a una sala de ejecutivos de recursos humanos si sus empresas continuaban sus esfuerzos en materia de diversidad y todas las manos se alzaron.
Cuando pregunté quién hablaría de ello públicamente, casi todas las manos bajaron con rapidez. Los ejecutivos dicen que no sólo temen al gobierno, sino también a los activistas de derecha y a los misóginos que podrían atacarlos.
Hasta las empresas con un excelente historial en los ascensos de mujeres no quieren mencionarlo.
En un artículo reciente de la Harvard Business Review, los sociólogos Frank Dobbin y Alexandra Kalev identificaron varias iniciativas a disposición de todos los empleados que, en realidad, pueden ser más eficaces que los programas de DEI para impulsar los resultados de los grupos marginados.
Destacaron los éxitos de los programas formales de tutoría de IBM, la academia de formación de Walmart y las opciones de horarios favorables para las familias de Gap.
Las tres empresas registraron aumentos en el porcentaje de mujeres y personas de color en puestos directivos.
Eso sí, no pidas a IBM, Walmart o Gap que profundicen en esos resultados impresionantes. Lo hice. Todas se negaron.
Puede parecer perfectamente razonable, incluso admirable, que las empresas mantengan la boca cerrada mientras avanzan con sus objetivos de diversidad.
Al fin y al cabo, nadie quiere ser atacado. En años anteriores, demasiadas empresas exageraron, con mucha palabrería barata sobre la diversidad y poca acción.
El problema es que al silenciar la conversación se corre el riesgo de deshacer años de progreso en un momento en que las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en los negocios y en la vida pública. Al borrar a las mujeres de los relatos empresariales, las injusticias contra ellas pasan desapercibidas.
Ahora, incidentes que en el pasado habrían provocado la indignación pública se están enfrentando al silencio. El mes pasado, en un sorprendente giro, Estados Unidos se negó por primera vez en 70 años a firmar los principios anuales de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU.
Se trata de un conjunto anodino de declaraciones que incluyen una reafirmación de sus “compromisos con la igualdad de género” y un llamamiento a derogar las “disposiciones discriminatorias por razón de género”.
Un representante de Estados Unidos ante la ONU los tachó de “ideología de género”.
Sospecho que no te enteraste de este repudio histórico. No es culpa tuya: apenas ha recibido atención pública.
Las empresas incluso están recortando la financiación de los grupos de recursos para sus trabajadores —grupos de afinidad enfocados en las mujeres, las minorías étnicas y raciales o las comunidades LGBTQ—, a pesar de que muchos no están en el punto de mira del gobierno.
En años anteriores, las empresas “presumían de lo que hacían”, me dijo Shelley Correll, socióloga de la Universidad de Stanford. Ahora, las empresas “cancelan grupos de recursos para empleados que no son ilegales”, afirma.
Es “una reacción exagerada a lo que incluso Trump les pide que hagan”.
Como resultado, el año pasado, un informe anual sobre la mujer en el lugar de trabajo concluyó que las mujeres tienen “menos apoyo profesional y menos oportunidades de progresar”.
Uno de los defensores anteriores del avance profesional de las mujeres, el director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg, ahora dice que las empresas necesitan más energía masculina”.
Otros grupos marginados también han sido objeto de ataques. Tras el asesinato de George Floyd en 2020, las empresas se apresuraron a hacer declaraciones grandilocuentes y a prometer miles de millones de dólares para combatir la discriminación.
La mayoría de esos esfuerzos, como las iniciativas para impulsar a las mujeres en el trabajo, resultaron ser lugares comunes triviales o simples fracasos.
Borrar a las mujeres del relato de una nación ha sido una estrategia clave que los líderes autoritarios han usado por mucho tiempo para destruir las democracias.
En Turquía, el presidente Recep Tayyip Erdogan ha declarado que las mujeres no son iguales a los hombres. En Rusia, se han despenalizado algunas formas de violencia doméstica. Y en Hungría, el gobierno del primer ministro Viktor Orbán ha instado a las mujeres a enfocarse en la maternidad, no en su enorme brecha salarial.
¿Qué pasa con la igualdad de género?
Una característica primordial del “manual del autócrata” es “invertir los avances en materia de igualdad de género y derechos de la mujer”, han escrito las académicas de Harvard Erica Chenoweth y Zoe Marks.
En este momento, los derechos de las mujeres se están erosionando en Estados Unidos. El gobierno de Trump ha abogado por resucitar las familias “tradicionales” en las que la madre es ama de casa.
JD Vance argumentó que tener más mujeres en el mundo laboral da como resultado “niños más infelices y menos sanos”.
El gobierno demandó hace poco a un distribuidor de Coca-Cola por organizar un retiro para mujeres, alegando que discriminaba a los hombres. Los aliados de Trump han sugerido incluso despojar a las mujeres del derecho al voto.
Cuando las mujeres se movilizan, los países tienen más probabilidades de ser democracias igualitarias. Por eso los autoritarios temen a las mujeres. El resto del mundo no debería.
Joanne Lipman es profesora en la Universidad de Yale.