Ébola avanza entre asesinatos, secuestro y más de un millón de desplazados

La verdadera magnitud del brote tampoco se conoce porque algunas comunidades tienen acceso limitado a pruebas diagnósticas.

Miembro del personal desinfecta un ataúd tras colocar en su interior a una víctima de ébola en el centro de tratamiento de ébola. | EFE
Río de Janeiro /
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El ébola se propaga en Ituri sobre un territorio marcado por asesinatos, secuestros, ataques contra civiles y el desplazamiento de 1.1 millones de personas, mientras hospitales debilitados por décadas de conflicto pierden personal, cierran servicios y dejan sin atención a comunidades que ya enfrentaban malaria, cólera, tuberculosis, desnutrición y violencia sexual.

En uno de los hospitales apoyados por Médicos Sin Fronteras en la República Democrática del Congo, el virus mató a una enfermera de urgencias, un médico, un técnico de laboratorio, dos personas cuidadoras y un paciente contagiado dentro de las instalaciones.

El paciente que habría iniciado la cadena de transmisión nunca fue identificado y el hospital tuvo que cerrar por completo.

La mayoría de los pacientes salió de las instalaciones y el edificio fue sometido a descontaminación.

“Es una especie de microcosmos de lo que el ébola le hace al sistema de salud”, afirmó Thomas Ellman, de Médicos Sin Fronteras en Sudáfrica, durante la 26 Conferencia Internacional sobre el Sida, AIDS 2026.

Ellman aclaró que presentó la información en nombre de los equipos que trabajan directamente en la epidemia, algunos ubicados en las zonas afectadas y otros en cuarentena.

Su exposición mostró que el virus no avanza de manera aislada, sino dentro de una crisis humanitaria prolongada, con población desplazada, ataques armados, servicios sanitarios insuficientes y una reducción de la asistencia internacional.

“El ébola irá y vendrá. El reflector también irá y vendrá, pero tenemos que seguir llamando la atención sobre lo que está ocurriendo en esta región”, advirtió.

Médicos Sin Fronteras participa en diez centros de tratamiento de ébola.

Alrededor de 92 por ciento de los casos presentados por Ellman se había concentrado en Ituri.

Algunas instalaciones llegaron a contar con cerca de cien camas y requerían la entrada y salida diaria de más de cien trabajadores, quienes deben moverse de manera controlada entre áreas de bajo y alto riesgo y seguir protocolos estrictos para colocarse y retirar el equipo de protección.

“El ébola es una enfermedad de quienes cuidan a los demás. Una enfermedad cruel. Se llevará a las personas más cercanas a ti”, dijo.
“No es una enfermedad que se transmita a distancia como Covid. Se transmite mediante un contacto personal muy estrecho, en la vida o en la muerte”, agregó.

La cercanía necesaria para atender a un enfermo o preparar su cuerpo después del fallecimiento convierte a familiares, cuidadores y personal sanitario en personas especialmente expuestas.

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Sólo 2% de los casos era vigilado 

Uno de los datos más graves presentados por Médicos Sin Fronteras fue que sólo 2 por ciento de las personas atendidas en sus servicios estaba bajo seguimiento como contacto de un caso confirmado.

“Debería ser 100 por ciento”, advirtió Ellman.

Pero la cifra significa que casi todos los pacientes llegaron a los centros de atención sin haber sido identificados previamente y que numerosas cadenas de transmisión avanzaban sin conocimiento de los servicios sanitarios.

“La gran mayoría de las cadenas de transmisión está comenzando sin ningún conocimiento por parte de los servicios de salud y sin capacidad para identificar rápidamente a las personas”, explicó.

Muchos enfermos llegan cuando el padecimiento ya se encuentra avanzado.

La verdadera magnitud del brote tampoco se conoce porque algunas comunidades tienen acceso limitado a pruebas diagnósticas.

La inseguridad dificulta que los equipos entren a determinadas localidades para localizar casos, tomar muestras, identificar contactos y mantener la vigilancia epidemiológica.

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1.1 millones de desplazados en Ituri 

En Ituri, alrededor de 1.1 millones de una población de 7 millones de habitantes se encuentran desplazados dentro de su propia provincia, según los datos presentados por Ellman.

Estas personas no abandonaron sus hogares por el ébola, sino por enfrentamientos armados, asesinatos, secuestros, saqueos, destrucción de viviendas y ataques contra civiles.

Muchas viven en campamentos formados por refugios improvisados, donde las familias comparten espacios reducidos y dependen de la ayuda humanitaria para obtener agua, alimentos y atención médica.

En todo el país, más de 5 millones de personas desplazadas se concentran en las provincias orientales de Ituri, Kivu del Norte y Kivu del Sur.

La movilidad forzada dificulta la contención del virus. Una persona identificada como contacto puede abandonar una comunidad después de un ataque, cambiar de zona sanitaria o llegar a un asentamiento donde no exista vigilancia continua.

Cada desplazamiento puede interrumpir el seguimiento epidemiológico.

La epidemia avanza así por las mismas rutas utilizadas por quienes escapan de la violencia, buscan empleo en zonas mineras, compran alimentos o intentan encontrar atención médica.

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Un hospital cerrado en medio del conflicto 

El hospital donde murieron trabajadores, cuidadores y pacientes ofrecía atención ortopédica gratuita a personas heridas y víctimas de violencia.

Cuando se detectó la cadena de contagios, los servicios cerraron y los pacientes tuvieron que salir.

Quienes necesitaban atención por fracturas, heridas o traumatismos perdieron uno de los pocos lugares donde podían recibir tratamiento sin pagar.

El ébola golpeó, por tanto, una instalación que ya atendía las consecuencias de los enfrentamientos armados.

Ellman señaló que en la región operan diferentes actores armados, lo que dificulta el acceso de la población a los hospitales y la entrada de los equipos médicos.

La inseguridad también retrasa el transporte de muestras, el envío de medicamentos, la llegada de personal y el traslado de enfermos hacia centros especializados.

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55 mil casos de violencia sexual 

La epidemia se desarrolla mientras los servicios sanitarios responden a otras emergencias de gran magnitud.

Durante 2025, los programas de Médicos Sin Fronteras atendieron cerca de 25 mil casos de cólera y recibieron a 20 mil niñas y niños en centros de alimentación terapéutica.

La organización registró además 55 mil casos de violencia sexual y de género en un periodo de cuatro meses.

Las sobrevivientes requieren atención inmediata, anticoncepción de emergencia, prevención de infecciones de transmisión sexual y profilaxis posexposición contra el VIH.

Sin embargo, los recortes a la ayuda humanitaria y la aparición del ébola incrementaron la presión sobre servicios que ya trabajaban al límite.

Ellman también reportó cerca de 350 mil casos de malaria en Ituri durante los primeros cuatro meses del año y alrededor de 4 mil personas con tuberculosis sensible a los medicamentos en lista de espera para recibir tratamiento.

“El miedo se mantiene como una niebla en la comunidad”, afirmó Ellman.

Una persona con fiebre puede retrasar su llegada al hospital por temor a ser aislada o a no volver a ver a su familia.

Al mismo tiempo, los trabajadores sanitarios saben que un paciente que parece tener malaria podría estar infectado con ébola.

El temor aumenta cuando la población observa la muerte de médicos y enfermeras o el cierre de hospitales después de convertirse en puntos de transmisión.

La desconfianza es mayor en comunidades que han permanecido desatendidas durante décadas y que enfrentan divisiones entre grupos étnicos y comunitarios.

Ellman explicó que algunas personas pueden negarse a acudir a un centro sanitario si no encuentran allí a alguien perteneciente a su propio grupo.

Por ello, sostuvo que la respuesta debe involucrar a las comunidades en la identificación de casos, el rastreo de contactos, el traslado de pacientes, el aislamiento, el tratamiento, los entierros y la reintegración de los sobrevivientes.

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Contacto con los muertos

La advertencia de Ellman sobre el contacto “en la vida o en la muerte” también se relaciona con el riesgo durante los funerales.

En algunas comunidades, los familiares participan en la preparación de los cuerpos.

Tocarlos, lavarlos o vestirlos forma parte de las prácticas de despedida y de respeto hacia la persona fallecida.

El cuerpo de una persona que murió por ébola continúa siendo altamente infeccioso.

El riesgo aumenta cuando alguien fallece dentro de una comunidad sin haber recibido un diagnóstico.

Los familiares pueden desconocer la causa de la muerte y mantener los rituales habituales.

Quienes atendieron al enfermo durante sus últimas horas y después preparan el cadáver pueden quedar expuestos en dos momentos consecutivos.

Cada muerte ocurrida fuera de un centro de tratamiento puede abrir una nueva cadena de transmisión.

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Diagnóstico en cuatro horas

Entre los avances de la respuesta, Ellman destacó la reducción del tiempo para obtener el resultado de una prueba de PCR.

Al inicio, el diagnóstico podía tardar entre tres y cuatro días. Con la descentralización de los laboratorios, el tiempo se redujo a aproximadamente cuatro horas.

Aun así, señaló que es necesario ampliar la capacidad diagnóstica y los servicios de laboratorio para alcanzar a comunidades aisladas por la distancia o la violencia.

También defendió la realización de ensayos clínicos dentro de los centros de atención, incluso durante una emergencia compleja, para generar evidencia sobre vacunas y tratamientos.

Pero las investigaciones deben garantizar el acceso posterior a los productos que demuestren ser eficaces.

Recordó que en las respuestas al VIH, la mpox y ahora el ébola se ha prestado poca atención a que las poblaciones donde se realizan los estudios reciban después los beneficios de esos avances.

El especialista lanzó una reflexión “¿Qué ocurrirá después de que termine este asunto del ébola?”.

“El ébola atrae mucha atención a un área que nunca la ha tenido. No es extraño que exista desconfianza entre las comunidades”, señaló.

Cuando el brote termine, permanecerán la violencia, los desplazamientos, el cólera, la malaria, la tuberculosis, la desnutrición, la violencia sexual y la falta de servicios sanitarios.

“El ébola irá y vendrá”, insistió. La emergencia no sólo exige detener la transmisión. También plantea qué hospitales y qué sistema de salud quedarán para millones de personas cuando la atención internacional vuelva a desaparecer.
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LJ

  • Blanca Valadez
  • Periodista formada en la UNAM. Con 33 años de oficio, impulsada por la curiosidad y la aventura. Ha captado la voz de ilustres como Octavio Paz y Carlos Fuentes. Hoy explora los enigmas del cuerpo y la mente en relatos que resuenan en prensa, TV, radio y web.

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