Miles de hombres se vuelven padres solteros por detenciones de ICE a mujeres migrantes

La política migratoria del gobierno de Trump repercute en familias donde los menores deben aprender a vivir sin su madre.

Alrededor de 6 mil 030 mujeres permanecen en centros de detención migratoria de la agencia federal | Foto: Reuters
Denver, Colorado /
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M+.- Omar Frías lleva casi cinco meses cuidando solo a sus dos hijos. Desde que la policía local entregó a su esposa al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), prepara el desayuno, viste a los niños para ir a la escuela, echa a andar la electricidad de la casa de algún estadunidense y lleva a terapia al primogénito, enfermo de leucemia.

Montado en una troca gris de doble cabina, recapitula para MILENIO la vida que lo convirtió este año en uno de los miles de paisanos que, en menos de diez minutos —el tiempo promedio que dura una detención—, se volvieron papás solteros, amos de casa sin la mujer que regularmente realizaba esas labores.

De acuerdo con el Centro de Acceso y Análisis de Registros Administrativos (TRAC, por sus siglas en inglés), en 2026 alrededor de 6 mil 030 mujeres permanecen bajo custodia de ICE en centros de procesamiento migratorio, equivalentes a cerca del 10 por ciento del total de personas detenidas.

Por otra parte, un estudio de la Brookings Institution estimó que en 2025 alrededor de 205 mil niños en Estados Unidos tenían al menos uno de sus padres detenido por autoridades migratorias.

Si la proporción de mujeres entre las personas detenidas se mantiene cercana al 10 por ciento, esto sugiere que aproximadamente 20 mil de esos hogares enfrentaron la detención de la madre durante ese año. Aplicando la misma proporción, otros 10 mil hogares habrían vivido una situación similar durante el primer semestre de 2026.

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Familias fragmentadas por la detención del ICE

El Instituto Nacional de Migración (INM) de México, por su parte, reconoce que entre 2025 y abril de 2026 fueron deportadas 19 mil 543 mujeres mayores de edad desde Estados Unidos: 14 mil 692 durante todo 2025 y 4 mil 851 entre enero y abril de 2026.

La casa de Omar, en la ciudad de Greeley, dentro de la zona metropolitana de Denver, se quedó sin Bianca Flores el 21 de febrero, cuando un policía la detuvo en una calle cerrada y le pidió soplar una especie de alcoholímetro. Había tomado una cerveza, pero en el acto fue enviada a la cárcel del condado. Fue un sábado.

El lunes la entregaron a migración —cuenta el marido a MILENIO con tristeza en la mirada y un martillo en la mano, mientras fija el cableado de una casa en remodelación entre tablas de madera, escaleras plegables, taladros, cintas métricas, cortadoras y pulidoras.

Tiene el pantalón manchado de pintura y los tenis salpicados. No es un trabajo fácil. Los cuatro mexicanos que trabajan ahí lo saben: hay clavos, polvo de aserrín, astillas y apagones.

Solidarios, sus compañeros se han convertido en una especie de vigilantes cuando Omar no tiene con quién dejar a los niños durante el verano y no le queda más remedio que llevarlos a la obra, ponerlos en un cuarto aparte para evitar un accidente y trabajar con un ojo al gato y otro al garabato.

—Tengo que pagar los miles, la hipoteca, la luz, la comida, la ropa y al abogado para que saque a Bianca —dice mientras acomoda el cableado del sistema eléctrico entre las paredes.

Los compañeros lo escuchan y siguen en lo suyo: acomodan bloques de madera, pulen superficies y miden tablones. No pueden atrasarse con la obra. Ese sábado Omar no llevó a los niños; otros días lo ven batallar.

De 2025 a inicios de 2026, 19 mil 543 mujeres mayores de edad han sido deportadas | Foto: EFE

Leonel Chaparro, un inmigrante oriundo de Toluca, deja por un momento la cortadora y cuenta a MILENIO que, en los 15 años que lleva trabajando en la construcción, nunca había visto a un padre llevar a sus hijos a la obra, donde hay que improvisar mesas para cambiar el pañal, darles algo de lunch y mantenerlos entretenidos para que no se acerquen a las zonas de peligro.

—Es un buen padre —resume—. Y no es de ahora, me consta. Conozco a sus hijos desde que eran bebés y, cuando Omar Frías Junior se enfermó de cáncer, vi las vueltas a toda hora al hospital. Es muy complicado enfrentar esos problemas y seguir trabajando.

Pardea la tarde.

Omar Frías contesta el teléfono. Sale de la obra porque el ruido no le permite escuchar. Dice que ya va, que lo aguanten, que casi termina.

—Es mi cuñada —explica—. Se quedó con mis hijos hoy, pero no siempre puede.

Recoge las herramientas que dejó sobre el piso, se sube a la camioneta gris y enciende el motor.

Una vida que sigue a marchas forzadas

A Bianca Flores Reyes, esposa de Omar, la enviaron al centro de detención migratoria de Aurora, en la zona metropolitana de Denver. Tiene suerte: a muchos indocumentados los trasladan lejos de su casa para complicarles la defensa legal y sus familiares tardan horas, incluso días, en localizarlos, justo cuando transcurren los momentos clave para evitar una deportación acelerada.

Bianca, en cambio, contó con un litigante particular casi desde el inicio de su detención. Un amigo de la familia se los recomendó, pero terminó timándolos con 6 mil dólares. Contratar a otro abogado y poner en marcha la defensa requiere cada vez más dinero, uno que Omar trata de conseguir a marchas forzadas.

Al regresar a casa para recibir a los niños, piensa en mil maneras de resolver el problema, pero todavía no encuentra la solución. Lo primero que lo recibe es el desorden que dejó al salir apresurado.

En el patio, donde construyó para sus hijos una casita de madera y un puente que conecta con el árbol, hay botes, bolsas y sillas regadas junto a una alberca desinflada.

Omar se disculpa por el desorden y abre la puerta. Dentro, hay un caos similar. Toma una escoba y comienza a barrer. En unos minutos todo vuelve a estar en orden: los instrumentos musicales de viento y algunos pantalones y camisas sin planchar cambian de lugar, lejos de los sillones blancos.

—Perdón, perdón —repite antes de sentarse unos minutos, justo cuando los niños llegan gritando y dando saltos junto con sus primos. Jacob, el menor, de seis años, se abalanza sobre sus brazos.

Silvia Oliva, la cuñada, dice que los niños están bien. Es parca. No pasa mucho tiempo con ellos; solamente algunas tardes. Comen, juegan con sus primos y, aunque intentan hacer una vida normal, “regularmente no se les nota tranquilos; de vez en cuando se les ve tristes”, comenta.

El estudio ‘¿Qué pasa con mis hijos?’ de la Comisión de Mujeres Refugiadas, organización estadunidense sin fines de lucro, alertó sobre la atención especial requerida por los niños que enfrentan la separación familiar.

“Investigaciones revisadas por pares encontraron que los hijos de padres detenidos o deportados presentan con mayor frecuencia ansiedad, depresión, trastornos del sueño, bajo rendimiento escolar y miedo constante a perder al otro progenitor.”

Por lo pronto, Jacob llora porque se golpeó jugando en casita de madera. El padre lo abraza contra su pecho, le cubre la espinilla con una curita y enciende la televisión. Cambia de un canal a otro en busca de algo divertido. Poco a poco, el niño se calma.

Suena el teléfono. Bianca nunca tiene una hora fija para llamar. Lo hace cuando se lo permiten en el centro de detención migratoria de Aurora, a través de una línea de ICE que puede ser monitoreada y en la que casi siempre hay interferencias.

Jacob niega con la cabeza y responde apenas unas cuantas palabras, con la voz quedita.

Con el niño todavía en brazos, Omar sale apresurado al patio para buscar al otro hijo, que se llama igual que él y juega en la calle montado en su bicicleta. En los últimos meses, el cáncer ha permanecido controlado y ha recuperado buena parte de su energía.

—Es tu mamá.

A diferencia de su hermano, Omar hijo da pequeños saltos de alegría y le responde que está bien, que esa noche saldrá con su papá. Pero es Bianca quien habla casi todo el tiempo; el niño apenas asiente una y otra vez con la cabeza.

Días después, en entrevista telefónica, Bianca cuenta a MILENIO que solo por sus hijos puede soportar el letargo de los días de encierro bajo custodia de ICE, donde no hace mucho más que esperar.

La jueza le ha dicho que existen posibilidades de que no sea deportada debido a la condición médica de su hijo.

—Voy a esperar. No me gustaría irme a Ciudad Juárez.

Bianca ha tenido suerte hasta ahora. En muchos casos, las autoridades deportan de inmediato a las madres de familia.

La investigación de la Comisión de Mujeres Refugiadas detalla que, desde el inicio de la segunda administración de Donald Trump, se han conocido cientos de casos de mujeres deportadas sin haber tenido la oportunidad de decidir si querían llevarse a sus hijos o dejarlos en Estados Unidos.

En otros procesos, ni siquiera se preguntó a las afectadas si tenían hijos o se garantizó la seguridad de los menores, incluso cuando ellas informaron a los agentes que los niños se quedarían solos.

Una investigación de los medios estadunidenses NOTUS y Stocktonia, que recopiló información de agencias estatales de bienestar infantil, encontró que al menos 32 hijos de inmigrantes ingresaron al sistema de cuidado del Estado (foster care) durante el último año, después de que sus padres fueron detenidos o deportados.

El dato proviene de funcionarios de siete estados, por lo que los autores advierten que la cifra real probablemente sea mucho mayor. También alertan sobre el riesgo de que los padres pierdan el rastro de sus hijos si estos son dados en adopción.

—Yo estoy tranquila porque sé que Omar los cuida bien —dice Bianca a MILENIO—. Aquí hay una mujer a la que el gobierno ya le quitó a sus hijos mientras está detenida por ICE.

En muchos casos, las autoridades deportan de inmediato a las madres de familia | Foto: Reuters

La protesta, la historia y la aclaración

En medio de la manifestación organizada por la Coalición por los Derechos del Migrante en Colorado y otras organizaciones sociales frente al centro de detención migratoria de Aurora, Omar toma el micrófono, resume la historia de su familia y revela algo más.

—Un abogado hizo las cosas mal. Nos pidió 6 mil dólares y nada más nos robó nuestro dinero —denuncia—. Ahora tenemos que juntar otros 10 mil 600 dólares para que no deporten a Bianca.

Entre la multitud se escuchan voces de sorpresa y cuchicheos.

Ahí están otras madres cuyos esposos permanecen detenidos y una niña que sostiene un cartel para pedir a ICE que libere a su padre. No pueden ayudar mucho económicamente a la familia Frías. Algunos activistas toman notas; otros gritan: “¡Chinga la migra!”.

Jacob y Omar Junior juegan sobre el césped frente al Centro de Detención Migratoria de ICE. Están vestidos de manera similar, con ropa de rayas. Corren y ríen con la tranquilidad propia de la infancia, aunque saben que su madre está detrás de la malla ciclónica, dentro del edificio color ocre.

Lo que no imaginan es que ella se preocupó por aclararles un detalle. Un día, Jacob le preguntó si también llevaba un uniforme naranja, como los presos que había visto en la televisión.

—El mío es color beige —le respondió Bianca—. Yo no cometí ningún delito.

MD

  • Gardenia Mendoza Aguilar
  • Periodista especializada en temas migratorios y en la relación de México con Estados Unidos. Ha sido corresponsal para medios internacionales en radio, prensa escrita y TV. Hoy forma parte de coberturas especiales de 'Milenio'.

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