• Pese a redadas de ICE, mexicanos conquistan la industria marisquera de Luisiana que los croatas abandonaron

  • Luego del huracán 'Katrina', migrantes se integraron a la pesca en Luisiana, convirtiéndose en pieza clave del cultivo, pesca, procesamiento, empaque y preparación.
Saint Bernard, Luisiana /

M+.- A las 14:00 horas, el barco Liam Hunter cruza la marisma rumbo al muelle. A bordo, tres marineros —los guanajuatenses Mauricio Badillo y Diego Rodríguez, y el queretano Galdino Sotelo— transportan un cargamento de ostiones que, en menos de una hora, descargan en tierra; 15 minutos después vuelven al mar.

“Los mexicanos sí somos los más trabajadores”, asegura a MILENIO Badillo, de 37 años, con el timón en las manos, pues es el capitán que dirigió la faena de dos días en altamar, y esta tarde regresarán a recolectar más ostiones.

Ya dejaron el Liam Hunter y ahora navegan en una embarcación más pequeña, más ruidosa y más veloz: la lancha Caliste.

“Trabajamos mucho y ya estamos dominando esta industria”, agrega, con una sonrisa de satisfacción, aunque con ojos melancólicos.

El hambre de cualquier tipo es un motor. No pueden bajar las manos, claudicar. Un mal paso podría regresarlos a la inseguridad de sus pueblos, a las extorsiones, a la falta de trabajo o bajos sueldos. Así que echan para adelante, con ímpetu, como Caliste.

Indocumentados mexicanos toman riendas tras huracán Katrina

La presencia de los latinos, principalmente mexicanos, en la cosecha de marisco en Luisiana, creció después del huracán Huracán Katrina en 2005. Llegaron para trabajar en la reconstrucción y, poco a poco, se incorporaron a otros sectores donde se requería mano de obra, como en esta costa del Golfo de México.

Estudios del Grupo de Trabajo de la Ostra en Luisiana calculan que el 50 por ciento del cultivo, pesca, procesamiento, empaque y preparación en restaurantes de las ostras está en manos de mexicanos residentes, indocumentados y trabajadores temporales con visa H2B, procedentes sobre todo de Oaxaca, Veracruz y Tamaulipas.

No es cualquier cosa. Luisiana controla una de las industrias marisqueras más importantes de Estados Unidos: produce unos 5.9 millones de kilos anuales —entre el 30 por ciento y el 40 por ciento del total nacional— en alrededor de 164 mil hectáreas de concesiones privadas en el mar para cultivo y 168 mil de arrecifes públicos donde se desarrollan las larvas de la ostra, según el gobierno estatal.

En términos económicos, el sector genera un impacto anual cercano a los 317 millones de dólares y proporciona alrededor de 4 mil empleos directos. Sin embargo, en los últimos tiempos resulta difícil precisar una cifra exacta debido al impacto de las persecuciones contra indocumentados, lo que ha dejado un número incierto de trabajadores y ha generado malestar en la industria, frenando su potencial de crecimiento.

La apuesta de Donald Trump es que la mayoría de los empleos sean —como en otras partes de Estados Unidos— legales y ocupados por trabajadores temporales, pero esto no ha ocurrido: las visas H2B no llegaron a tiempo en esta temporada primaveral, la principal del año, y los empleadores están desesperados.

“Hemos montado negocios en torno a estas personas y a los migrantes que viven aquí; los necesitamos, y ahora no están”, reconoce John, un pequeño empresario en Saint Bernard que prefiere el anonimato por temor a represalias si se sabe que contrata indocumentados.
El sector pesquero proporciona alrededor de 4 mil empleos directos. | Foto: Especial

En tales condiciones, gente como Mauricio, Diego y Galdino se vuelve imprescindible. Por eso, en el muelle descargan con rapidez, con los brazos curtidos de quien ha sobrevivido gracias al trabajo físico.

“Yo aprovecho toda la oferta laboral para ganar dinero”, dice Diego Rodríguez, de 27 años, oriundo de Dolores Hidalgo, la tierra símbolo de la Independencia de México que hoy exporta mano de obra para esta industria.

Rodríguez va por su segundo turno vespertino tras descargar los moluscos en bolsas de malla morada bajo el sol de 30 grados, por entre 200 y 350 dólares al día: algo imposible en México, y podría ser más. Antes de que el ICE intensificara operativos en Luisiana, podía trabajar hasta el doble.

Ahora vive con estrés y miedo; prefiere mantener un perfil bajo, reducir su visibilidad. Si los agentes de inmigración lo ven por su aspecto latino, podrían detenerlo y, mientras verifican su estatus, perdería tiempo valioso. La incertidumbre no ayuda.

Durante los rondines que "la migra" realizó en el muelle a principios de este año, Walter Francisco Serrato, un hondureño de 49 años, murió ahogado cerca del embarcadero: prefirió lanzarse al agua que enfrentar a los agentes de ICE. No sabía nadar.

“Dejó dos niños pequeños”, recuerda César Rivera, marinero y excompañero del fallecido, recolector y apasionado de la cosecha de ostiones, quien despidió a la tripulación liderada por Badillo rumbo a la recolección vespertina.

Rivera no hizo el segundo turno. Es también hondureño y está en otro barco. Además, no quiere agotarse. Este fin de semana realizará labor filantrópica en los arrecifes públicos. 

“Me han dado mucho y es una forma de agradecer”, resume.

El estado de Luisiana hizo recientemente un llamado al voluntariado para sembrar “semilla” de ostra cerca de los arrecifes y mantener el equilibrio ecológico. El método consiste en colocar piedras para que, cuando las ostras liberen sus huevecillos entre septiembre y noviembre, éstos se adhieran a la roca. Es la técnica más efectiva para aumentar la reproducción.

A los tres años, los ostiones están listos para trabajar, tras ser trasladados a las concesiones privadas, como a la que se dirigen los marineros en esta doble jornada.

Así funciona la acuicultura en la cosecha de ostras

Caliste ha dejado atrás la marisma y se abre paso en el mar. Flanquea las divisiones de largos palos de madera que hacen de cerca marina para separar las concesiones privadas. Si alguien pesca en un espacio que no le corresponde, puede ser detenido, llevado a juicio y a prisión.

Ahora mismo no hay una patrulla marítima, pero de que las hay, las hay, y salen de lugares insospechados, por lo que nadie se mete en líos. Los marineros de Caliste buscarán la que le corresponde a su empleador, un estadunidense buena onda con quien Mauricio lleva trabajando años.

Cuando llegan a la parcela marina precisa, Diego y Galdino sacan de la cabina overoles color verde claro, impermeables, y se los colocan sobre la ropa del día. Van a estribor y giran las cadenas. La reja de acuicultura desciende bajo el agua.

En una granja acuícola, la extracción de ostras deja de ser una búsqueda en el manglar y se convierte en una operación programada. La reja —adaptada como rastrillo metálico de dientes más finos— es una herramienta para desprender organismos fijados en estructuras de cultivo: bandejas, costales o líneas suspendidas (long-line).

A diferencia del medio silvestre, las ostras crecen en sistemas diseñados para optimizar su engorda. Tras su desarrollo en los arrecifes, se fijan en colectores y, con el tiempo, colonizan superficies que deben limpiarse periódicamente.

Si alguien pesca en un espacio que no le corresponde, puede ser detenido. | Foto: Especial

Mientras Mauricio sigue controlando los suaves movimientos de Caliste, los otros dos marineros entran en acción. Ambos levantan la canasta enrejada que funciona como bandeja y, con movimientos cortos y precisos, la introducen entre las conchas y la superficie de fijación, haciendo palanca de forma controlada.

Buscan uniformidad y rapidez, evitando roturas que resten valor en el mercado. La reja despega los racimos de ostiones adheridos a las rocas y luego la elevan hasta las mesas de trabajo metálicas, donde eliminan organismos competidores y separan lotes por calibre.

Este filtrado in situ reduce costos posteriores.


​Galdino, de 35 años, lo sabe bien: lleva años en esto, desde que un hombre de su pueblo en Querétaro lo invitó a trabajar en el oficio y le enseñó. Tras un tiempo se cansó —o se aburrió, o ambas, no lo tiene muy claro— y se dedicó a otra actividad, pero un año después decidió volver.

“Gracias a Dios, tengo un permiso de trabajo (visa H2B) y con eso me siento más tranquilo y seguro, pero aún tengo miedo. Saber que están aquí o que pueden llegar provoca nervios. No es lo mismo saber que andan por ahí que tenerlos cerca”, dice, mientras trabaja en silencio y con rapidez sobre la mesa, usando una herramienta tipo hacha.

Tanto él como Diego separan las ostras de racimos y residuos, evitando romperlas. Luego las lavan y cepillan para retirar lodo e incrustaciones. Posteriormente, las clasifican por tamaño: las pequeñas regresan al cultivo y las comerciales se agrupan por calibre. Descartan las dañadas o abiertas y las depositan en canastillas color violeta.

—¿Por qué seguir en este trabajo?— pregunta MILENIO.

"Más que costumbre, es necesidad. Cuando uno es joven escucha que en el norte hay oportunidades. Yo veía que la gente regresaba con dinero, con carro, progresando, y uno también quiere salir adelante. Todos buscan una meta o un sueño", explica Galdino.
"La necesidad te empuja hasta donde no imaginarías", añade 

Mauricio y extiende la mano con un ostión fresco, grande, uno de entre los 1.3 millones que se consumen cada año en toda la Unión Americana que, esta vez, no llegará lejos.

La reportera lo prueba con curiosidad, sin ningún ingrediente extra, sin limón ni el sello criollo cajún —mantequilla, queso, especias— ni queso. La experiencia del crudo y la frescura es intensa: tiene toques salados, un sabor parecido al agua de mar, pero limpio; la textura es cremosa, tierna, húmeda y resbalosa. Engancha: provoca querer más.

Otra era, la de marineros mexicanos

El tiempo ha pasado sobre Caliste y es momento de regresar al muelle antes de que anochezca. Si estuvieran en el barco más grande, en Liam Hunter, la faena duraría dos días y permanecerían en el mar hasta el día siguiente, pero no es el caso. Hay que apurarse

A Mauricio lo espera su esposa, a quien conoció en Guanajuato. Se enamoró y la llevó a vivir a Luisiana.

 “Nos gusta lo conocido”, reconoce.

Así se explica por qué los marineros son mexicanos, por qué su hermano lo convenció de trabajar con los ostioneros, por qué los connacionales se llaman unos a otros para formar equipo.

Lo mismo hicieron los croatas, la comunidad a la que poco a poco están sustituyendo, desde que las nuevas generaciones han migrado a otras actividades, más de oficina, menos rudas, reflexiona el capitán mientras remonta.

“En ese otro barco también van mexicanos”, dice, señalando hacia desde donde dos hombres lo saludan. Avanza y vuelve a levantar la mano. 
“En ese también”.
Mexicanos dirigen industria pesquera en EU, pero enfrentan incertidumbre por operativos migratorios. | Foto: Especial

Ahora los apellidos de los marineros suenan a Badillo, Rodríguez, Sotelo; hasta hace dos décadas —antes de Katrina— predominaban los Jurisich, Cvitanovich y Slavich.

La migración croata que llegó a Luisiana fue entre 1880 y 1920. Muchos se asentaron aquí porque las condiciones del Golfo de México eran similares a las del mar Adriático, lo que facilitó que aplicaran sus conocimientos pesqueros.

Fueron fundamentales en el desarrollo de la industria de la ostra: introdujeron técnicas avanzadas de cultivo y recolección, impulsaron sistemas de arrendamiento y construyeron redes comerciales en Estados Unidos.

Al principio trabajaban en lanchas pequeñas y comunidades cerradas; con el tiempo ampliaron sus embarcaciones, pero mantuvieron una fuerte tradición familiar, transmitiendo el oficio de generación en generación, como ahora ocurre con los mexicanos.

El capitán Mauricio Badillo calcula que es cuestión de tiempo para que se repita esa historia con una variante mexicana.

“Conozco a varios que, después de hacerse residentes o ciudadanos estadunidenses, han comprado sus barcos y han solicitado concesiones para integrarse a la industria”.

El muelle está cerca, al pie de la lancha. Un día más de trabajo termina. Los rostros de los tres marineros lucen agotados, pero aún hay brillo en sus ojos: el de quien sabe que el trabajo templa el espíritu y que están tomando las riendas de la industria del ostión y otros mariscos en Luisiana.

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ksh


  • Gardenia Mendoza Aguilar
  • Periodista especializada en temas migratorios y en la relación de México con Estados Unidos. Ha sido corresponsal para medios internacionales en radio, prensa escrita y TV. Hoy forma parte de coberturas especiales de 'Milenio'.

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