M+.- Sobre mi escritorio cuelga un grabado de una isla. Representa una ciudad aún joven en una nación también joven. Sus calles empedradas están flanqueadas por edificios bajos; ninguno supera en altura a la aguja de una iglesia. No se ven puentes ni túneles; goletas y transbordadores de vapor de ruedas de paletas abarrotan una costa animada por muelles en plena actividad. Es la ciudad de Nueva York en 1851.
El 18 de septiembre de aquel año, en el extremo sur de la isla —en la calle Nassau—, el periódico que hoy conocemos como The New York Times publicó su primer número. Elaborado a la luz de las velas en espacios tipo ‘loft’ aún sin terminar, constaba de cuatro páginas de texto denso y sin ilustraciones. Se vendía por un centavo.
Ayer, The New York Times cumplió 175 años. En los últimos meses me he sentido atraído por aquel grabado que cuelga en la pared de mi despacho. Resulta sorprendente que un periódico nacido antes de la electricidad doméstica —por no hablar de los automóviles, la radio, los teléfonos, los aviones y las computadoras— siga aquí. Y qué fortuna ha tenido el Times al haber sido testigo, cronista y examinador de tanta historia a lo largo de todos estos años.
En el Times creemos que la labor de un periódico consiste en buscar la verdad, ayudar a las personas a comprender el mundo y exigir responsabilidades a quienes ostentan el poder. Esto significa dotar a la ciudadanía de la información necesaria para tomar decisiones; estrechar los vínculos entre nuestras diversas comunidades mediante una comprensión más profunda de las vidas, las esperanzas y las inquietudes de nuestros vecinos; plantear preguntas difíciles a los líderes gubernamentales y empresariales en nombre del público, y hacer todo esto con un compromiso inquebrantable con la imparcialidad, la precisión y la independencia; transmitiendo las noticias, tal como reza nuestro histórico lema: “Sin parcialidad, sin miedo ni favoritismos”.
Resulta oportuno que el 175 aniversario de el Times coincida con la celebración de un hito mayor: el 250 aniversario de Estados Unidos. La verdad, la comprensión y la rendición de cuentas son elementos esenciales para una nación fuerte y una democracia sana.
A lo largo de 61 mil 11 ediciones y unos 15 millones de artículos, las páginas del Times narran la historia del extraordinario crecimiento de Estados Unidos: desde una nación emergente de 24 millones de habitantes, hasta convertirse en una superpotencia mundial de casi 350 millones.
Sus páginas anuncian la llegada de nuevas tecnologías y siguen de cerca las convulsiones que éstas provocaron; relatan las luchas por la igualdad de derechos y la ampliación de quiénes son reconocidos como estadunidenses. Revelan los daños causados por guerras, crisis económicas y tragedias, al tiempo que documentan los triunfos, el auge económico y la resiliencia de un país que, por lo general, sale fortalecido.
En conjunto, constituyen el primer borrador de la historia de Estados Unidos. Cada día se añade un nuevo volumen, un relato tan sólido y extenso que, en promedio, podría llenar un libro de mil páginas. Los principales autores de esta obra son los reporteros que enviamos a presenciar el mundo y a compartir lo que han visto; no se limitan a establecer hechos, los sitúan en su contexto y explican su importancia.
Estuvimos allí cuando se produjeron los primeros disparos de la Guerra Civil en Fort Sumter —nuestro corresponsal fue detenido por ser considerado un espía de la Unión— y durante los años de batallas posteriores; algunas de ellas fueron conocidas por el secretario de Guerra del presidente Abraham Lincoln a través de nuestras páginas, incluso antes de que los generales pudieran enviar el parte oficial.
En los Roaring Twenties (felices años 20), nuestra cobertura informativa sobre Wall Street advirtió sobre la imprudencia en los mercados, lo que irritó a poderosos financieros.
Tras la caída del país en la Gran Depresión, un destacado banquero declaró: “A nuestra sociedad estadunidense le habría ido mejor hoy si hubiera prestado atención a esa voz”.
Nuestros corresponsales afrontaron los peligros de los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial; algunos perdieron la vida y otros fueron hechos prisioneros en Alemania, Italia y Japón. Por su parte, el Times utilizó sus escasas reservas de papel —sujetas a racionamiento gubernamental— para garantizar que estos reportajes llegaran al público, renunciando para ello a publicar anuncios.
En uno de los momentos más sombríos del movimiento por los derechos civiles, uno de nuestros reporteros se encontraba en el motel Lorraine de Memphis cuando un asesino disparó contra Martin Luther King Jr. “Escribe. Escribe, anota todo lo que veas —se decía a sí mismo mientras observaba la escena—. Regístralo todo”.
Y hace 25 años, por estas mismas fechas, mientras otros huían del derrumbe de las Torres Gemelas, nuestros reporteros corrieron hacia los escombros en llamas. Durante las dos décadas siguientes, nuestros periodistas vivieron a tiempo completo en Afganistán e Irak para narrar las historias de las guerras que se sucedieron.
Hoy seguimos informando desde ambos países. Si no documentamos las lecciones y consecuencias de las guerras más largas de Estados Unidos, ¿cómo aprenderá el país de ellas?
Aunque nuestro compromiso con los más altos estándares periodísticos es inigualable, también hemos cometido errores —grandes y pequeños— a lo largo del camino. Cuando nos equivocamos, nos esforzamos por ser transparentes con nuestra audiencia sobre lo sucedido y nos exigimos mejorar.
Esto es lo que significa ser el periódico de referencia del país: un diario grandioso e imperfecto que narra con firmeza la historia de una nación grandiosa e imperfecta.
El Times —y el modelo de periodismo independiente que hemos defendido— no habría perdurado de no ser por el compromiso inquebrantable de Estados Unidos con la libre indagación y la libertad de expresión.
El audaz experimento democrático de Estados Unidos habría flaqueado hace mucho tiempo si no fuera por las organizaciones de noticias que ejercen sus derechos amparados por la Primera Enmienda.
El autogobierno exige que los ciudadanos tengan acceso a fuentes de información fiables para tomar decisiones fundamentadas y saber cuándo sus líderes no actúan en beneficio de sus intereses. Por esta razón, la prensa es la única profesión protegida explícitamente en la Constitución. Es, como creían los padres fundadores, “uno de los grandes baluartes de la libertad”.
Momentos complicados
Hoy, el futuro de la prensa libre en Estados Unidos es incierto. A medida que se ha desplomado el modelo de negocio basado en la publicidad —que durante mucho tiempo sostuvo el periodismo de elaboración propia—, el país ha perdido cerca de 3 mil 500 periódicos y la gran mayoría de los empleos de periodismo local en apenas dos décadas.
Esta erosión parece destinada a continuar, ya que el periodismo producido a gran coste por las organizaciones informativas es sustraído y reutilizado a una escala sin precedentes por los gigantes tecnológicos que impulsan la inteligencia artificial. Y, en este estado de debilidad financiera, la prensa se enfrenta simultáneamente —y a veces cede ante— los ataques políticos más directos contra sus derechos y su legitimidad en más de un siglo.
Todo ello ha dejado menos periodistas respaldados por los recursos y la valentía institucionales necesarios para realizar esta ardua labor: ser testigos de acontecimientos que, de otro modo, pasarían inadvertidos, y sacar a la luz abusos de poder que nunca antes habían sido tan fáciles de ocultar.
A lo largo de más de 175 años, el Times ha adquirido una gran experiencia trabajando bajo una intensa presión. Mis colegas han sido secuestrados, detenidos y objeto de disparos en el ejercicio de su profesión; uno sobrevivió a la explosión de una mina terrestre bajo sus pies y otro salió con vida de un accidente de helicóptero. Algunos han sido vigilados y expulsados por naciones extranjeras; otros han sido objeto de protestas, investigaciones y litigios judiciales.
En la década de 1870, William Boss Tweed —el político neoyorquino cuya maquinaria política controlaba prácticamente todos los rincones de los gobiernos municipal y estatal— intentó impedir que el Times publicara una investigación reveladora que acabaría provocando su caída. Sus colaboradores comenzaron con amenazas y terminaron ofreciendo un soborno cuyo valor actual superaría con creces los 100 millones de dólares; el editor lo rechazó de inmediato.
Casi un siglo después, cuando los puñetazos, las porras y las balas no lograron disuadir a nuestros reporteros de cubrir el movimiento por los derechos civiles, los segregacionistas utilizaron los tribunales como arma, interponiendo una oleada de demandas con el objetivo de llevar a la quiebra al periódico.
Presidentes de ambos partidos han hecho todo lo posible por presionar a la prensa y desalentar aquellas informaciones que no eran de su agrado.
John F. Kennedy espió a uno de nuestros reporteros; Richard Nixon intentó impedir la publicación de los Papeles del Pentágono; tanto George W. Bush como Barack Obama recurrieron a los tribunales para tratar de obligar a nuestros reporteros a revelar sus fuentes confidenciales.
Ningún presidente de la historia moderna ha mostrado tanta hostilidad como Donald Trump hacia una prensa a la que ha calificado de “enemiga del pueblo”. Acusa a los periodistas de traición, un delito castigado con la pena de muerte. Demanda personalmente a organizaciones mediáticas cuando su cobertura le desagrada. Ordena a su administración utilizar los mecanismos del poder gubernamental para investigar, citar judicialmente y procesar a periodistas por cumplir con su trabajo. Sin embargo, como recordatorio de la importancia perdurable de la prensa, el señor Trump —al igual que sus predecesores— sigue leyendo el Times; sigue dependiendo de nosotros, respondiendo a nuestras preguntas y citándonos cuando le conviene. De hecho, durante una visita a la redacción, nos dijo que nos considera “una gran, gran joya estadunidense; una joya mundial”.
La creciente presión sobre la prensa libre hace que este sea un momento especialmente oportuno para recordar que nuestro país depende de fuentes de información, contexto y rendición de cuentas fiables tanto como siempre. De hecho, tal vez incluso más, a medida que los medios de comunicación que aún apuestan por el periodismo original e independiente en aras del interés público se ven superados por la oleada de "influencers" en redes sociales, propagandistas partidistas y bots de inteligencia artificial que propagan el miedo, la indignación y la desinformación.
A menudo, gracias a los periodistas, sabemos lo que sabemos. No sólo han narrado los primeros 250 años de nuestro país, sino que también han empoderado a la ciudadanía y han velado por la honestidad de los funcionarios públicos.
La actual etapa de erosión democrática en todo el mundo nos advierte claramente de que, cuando se socava la libertad de prensa, las otras libertades no tardan en caer también. Si esto parece una exageración, reto a cualquiera a encontrar un país donde la gente sea libre pero la prensa no lo sea.
La coincidencia de los aniversarios de Estados Unidos y del New York Times nos recuerda gratamente este vínculo perdurable. En ella reside una promesa implícita de continuidad: nuestra nación ha superado grandes dificultades y sabrá abrirse camino ante lo que depare el futuro.
Pero estos aniversarios también nos recuerdan que es necesario dejar constancia de nuestra historia para poder aprender de ella. ¿Es nuestro momento realmente inédito? ¿Cómo se desarrollaron situaciones similares en el pasado? ¿Qué funcionó y qué no? ¿Qué nos espera? Como siempre, las lecciones de nuestro pasado común y las esperanzas para nuestro futuro compartido se encuentran en estas páginas.
CQ