M+.– En México ya no hace falta ver a un hombre enfundado en una gabardina, con un maletín negro y lentes oscuros parado frente a una embajada para sospechar que es agente de la CIA. Ahora basta un accidente carretero en Chihuahua, un operativo contra un narcolaboratorio, la extracción de Ismael El Mayo Zambada y una nube de palabras en redes sociales para que la aldea digital levante la ceja y diga: "ajá, otra vez la agencia gringa metiendo la nariz".
Un análisis de MilenIA, la Central de Datos e Inteligencia Artificial de Multimedios, revela que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos se convirtió en el villano internacional de moda en la conversación digital mexicana: 97 por ciento de los usuarios habla negativamente de la CIA. Sólo 3 por ciento expresa sentimientos positivos.
Es decir, si la agencia buscaba discreción, terminó protagonizando una función de teatro popular donde todos le avientan jitomates.
Desde luego, la animadversión no es nueva, sólo estaba un poco adormilada. El sentimiento popular contra este órgano se ha dado por oleadas; por ejemplo, en los años setenta, la caída de Salvador Allende y el golpe chileno de 1973 reforzaron entre la izquierda, estudiantes, periodistas y sectores nacionalistas la idea de que la CIA era el brazo clandestino del intervencionismo estadunidense en América Latina.
Las guerras sucias de los años ochenta en Centroamérica aparecían en la opinión pública mexicana como escenarios donde Washington financiaba, armaba o protegía fuerzas anticomunistas en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras. Y ya el escándalo Irán-Contras terminó de consolidar la imagen de una CIA dispuesta a operar al margen de la ley para sostener a los contrarrevolucionarios nicaragüenses.
Pero el acabose en nuestro país se dio con el asesinato del periodista Manuel Buendía en 1984: su investigación periodística sobre vínculos entre servicios de inteligencia, narcotráfico, ultraderecha y operaciones en Centroamérica hizo que amplios círculos vieran su muerte como parte de un oscuro entramado donde convergían el Estado mexicano, crimen organizado e intereses estadunidenses.
Actualmente, toda esa historia se levanta del lodo y viene a cobrar facturas. Y la nube de palabras en el ciberespacio no deja mucho espacio para la ternura: “Chihuahua”, “agente”, “operativo”, “gobernadora”, “México”, “gobierno”, “narco”, “seguridad”, “presencia”, “soberanía”, “CIA”, “FBI”.
Esto evidencia un expediente emocional. Los usuarios no discuten solamente un hecho policiaco, sino que procesan una sospecha nacional: la idea de que Estados Unidos opera dentro del territorio mexicano con demasiada comodidad, en las sombras y con muy pocas explicaciones.
La conversación está enojada, paranoica, burlona, judicializada
El caso Chihuahua reavivó esa percepción. La muerte de dos presuntos agentes de inteligencia estadunidense tras participar en un operativo contra un narcolaboratorio colocó a la gobernadora Maru Campos en el centro de una narrativa incómoda: ¿qué hacían ahí?, ¿quién los autorizó?, ¿qué sabía el gobierno estatal?, ¿qué sabía el gobierno federal?
No había que remontarse mucho para recordar la extracción hacia Estados Unidos del capo mayor, Ismael El Mayo Zambada, que alimentó la fantasía mexicana –no necesariamente infundada– de que los barones de la droga, los agentes, los gobiernos y los expedientes viajan por túneles distintos, pero hacia el mismo lodazal.
Y en las generalizaciones de la aldea digital, la CIA ya no es una agencia, sino una explicación universal. Si algo huele raro, fue la CIA. Si algo no cuadra, fue la CIA. Si alguien se fugó, cayó, apareció o desapareció, búsquenle el pasaporte.
Los emojis completan el retrato emocional. Aparecen signos de alerta, taches rojos, símbolos de la balanza de justicia, advertencias, caritas de burla, señales de prohibición. En esta simbología, la balanza exige cuentas; el tache cancela; la alerta prende sirenas; la risa convierte el escándalo en meme. México sospecha, pero con ironía. La conversación está enojada, pero también paranoica, burlona, judicializada.
Así que el dato no es que la CIA genere rechazo. Eso, en México, pasa casi por tradición histórica. Lo nuevo es la intensidad: 97 por ciento de sentimiento negativo en una conversación digital no habla de simple antipatía, sino de una percepción extendida de amenaza. La agencia aparece como símbolo de espionaje, intervención, soberanía vulnerada y acuerdos secretos entre élites.
Y sí, la palabra “soberanía” se asoma en la nube. No domina la conversación, pero le da sentido político. Los usuarios no sólo dicen “nos espían”, sino que advierten: “nos intervienen”. Y ahí el tema deja de ser policiaco para convertirse en una discusión de poder: quién manda, quién autoriza, quién se entera y quién se hace pato.
En el fondo, la CIA funciona como espejo de una desconfianza más profunda. Los mexicanos no creen del todo en Washington, pero tampoco creen del todo en sus propios gobiernos. Por eso el enojo se reparte como confeti: contra la agencia estadunidense, las autoridades locales, los operativos opacos, los comunicados tibios y contra esa costumbre nacional de enterarnos de los asuntos graves cuando ya hubo muertos.
La conversación digital no prueba conspiraciones, pero sí revela un clima. Uno cargado de sospechas. La CIA, que debiera ser un personaje invisible, saltó a ser protagonista en una película donde todos saben que alguien escucha detrás de la pared.
Chihuahua es el escenario más fresco, sí, pero Buendía y El Mayo Zambada son los precedentes viejos y recientes. Las redes sólo ofrecen el veredicto emocional actual.
Así, para México la agencia ya no sólo está en Langley, Virginia. Está en la carretera, en el laboratorio clandestino, en el expediente judicial, en la mañanera, en el meme, en el emoji. Vamos, hasta en la sopa.
Con información de Omar Cordero y José Ramón Huerta.
MD