Cuba, el hogar del maestro relojero más antiguo de Rolex

La pasión por los relojes como una pieza de joyería corre por las venas de los cubanos y, aún hoy, en plena transformación, remontan con rítmico tic tac los siglos, épocas y revoluciones.

"Fidel Castro llevaba dos relojes en los primeros días de su triunfo, y con un simbolismo astuto, pues usaba uno con la hora de La Habana y otro con l
John Paul Rathbone
Ciudad de México /

Es una sofocante tarde en La Habana. Sería un bullicioso día laboral en otro lado, pero aquí estamos en Cuba, un país socialista, donde parece que el tiempo se detuvo. Buscaba al mejor reparador de relojes y lo encontré. Waldo Fernández Longueira “Valdi” tiene 77 años y trabaja en su taller con licencia Rolex desde hace casi 60.

Es un maestro relojero y el reparador de Rolex más antiguo, trabaja desde 1957. Ya sea por la discreción de los suizos o por la cautela cubana, el sitio web de Rolex no lo menciona. Le explico a Valdi que tengo la esperanza de entrevistarlo. Sacude su cabeza. “Soy un empleado de Rolex y no será posible hacer una entrevista”, responde amable. “Lo siento”.

La existencia de relojes finos y excelentes reparadores en Cuba puede parecer improbable. ¿Por qué hay relojes de alta calidad en este país? La idea es la antítesis de la austeridad socialista. Sin embargo, tiene una reputación por relojes antiguos como la tiene por los automóviles antiguos, que aún caminan, después de 60 años.

Antes de la revolución en 1959, cuando Fidel Castro y sus rebeldes barbudos le arrebataron el control a Fulgencio Batista, los relojes finos eran parte de la vida de La Habana. A principios de los años 1900, Cuervo y Sobrinos, un joyero local, importó relojes europeos y estampó su marca en las carátulas. Patek Philippe y Rolex abrieron sus propias sucursales en las décadas de 1940 y 1950.

“Antes de 1959 La Habana era como es Mónaco en la actualidad, en esteroides”, me dice un residente europeo y aficionado a los relojes. “Después de la revolución, muchos relojes de esa era se quedaron aquí, algunos de ellos ocultos en las paredes”. Las marcas caras se aferraron al gusto de los cubanos por el lujo que, los historiadores dicen, surgió de las fortunas de las plantaciones de azúcar en el siglo XIX.

Debido a la atracción que sentí por la historia de los relojes en Cuba, fui a ver la tienda original de Cuervo y Sobrinos. Cerrada desde hace mucho tiempo, ahora es una tienda de ropa de segunda mano, aunque las cajas fuertes de los antiguos joyeros aún están visibles en la parte trasera. También pueden verse relojes antiguos de esa firma en el tianguis de la Plaza de Armas de La Habana.

“¡Todos funcionan!”, exclama el encargado de un puesto. Con un precio de entre 90 y 300 dólares, dice que vende un reloj más o menos cada tres meses. “Algunos turistas visitan La Habana solo para comprarlos”.

“¿Pero son verdaderos?”, pregunto, sabiendo que, al igual que los coches clásicos que funcionan gracias al milagroso ingenio mecánico, es poco probable que los delicados movimientos de estos relojes sean los originales. “Es difícil encontrar los repuestos”, admite. “La mayoría son de relojeros retirados, que venden su inventario. Los relojeros son una raza en extinción”.

La afición de los cubanos por los relojes continuó después de la revolución. El Che Guevara usaba un Rolex; Fidel Castro llevaba dos en los primeros días de su triunfo y, con un simbolismo astuto, usaba uno con la hora de La Habana y otro con la de Moscú. Castro también creó una escuela, ahora cerrada, para capacitar relojeros. Manuel Ojea, de 44 años, es un graduado y proviene de una familia de expertos.

“Los relojeros forman un mundo pequeño. Todos nos conocemos”, dice. “Aunque en estos tiempos hay muy pocos relojeros buenos. La mayoría de ellos murió o emigró. Soy uno de los pocos que quedan. El problema es conseguir las piezas. No puedes conseguirlas. Aun así, gano lo suficiente para una buena vida”.

Pese a los años, los relojes finos se mantienen como un signo de un favor del gobierno, un regalo a los revolucionarios valiosos y, por tanto, un símbolo de poder. La “Revolución Rolex” de Cuba tal vez creó una tendencia para los relojes finos. Muammar Gaddafi, de Libia, tenía predilección por los Rolex. Lo mismo, el expresidente de Siria, Hafez al-Assad, y el hijo del presidente nicaragüense, Daniel Ortega. Sin embargo, es en la Venezuela socialista donde el lujo revolucionario alcanzó su apogeo.

Allí, pese a la escasez de productos básicos, los altos funcionarios del gobierno presumen su estatus en las muñecas. Muchos de estos seguidores del fallecido Hugo Chávez aparecen en un blog de la oposición, “Relojes del Chavismo”, en donde se enumeran las preferencias de los llamados líderes revolucionarios.

El general, Vladimir Padrino López, ministro de Defensa, lleva un IWC Pilots Anthracite Dial que se vende en 12,700 dólares, el equivalente a cuatro décadas de salario promedio en Venezuela, según el sitio. Delcy Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores, se ve modesto con un Cartier Ronde Solo, de 2,800 dólares.

Ese tipo de excesos está muy lejos de Cuba, donde el tiempo, más que el exceso vulgar, se fijó. Por toda su belleza desvanecida, la isla parece una sala de espera. Fidel Castro se retiró y falleció, y su hermano y sucesor, Raúl Castro, de 85 años, comenzó reformas económicas graduales para la economía de Cuba, que es de estilo soviético bajo la rúbrica de “sin prisa, pero sin pausa”. Los extranjeros a menudo dicen que quieren visitar la isla “antes de que todo cambie”, sobre todo ahora con su acercamiento con EU.


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