El año pasado, más o menos por estas fechas, escribí una columna argumentando que es posible que la inteligencia artificial (IA) impulse los mercados y, al mismo tiempo, comprima los salarios y el crecimiento del empleo en algunos sectores, generando más riqueza y mayor polarización política.
Las últimas cifras de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS, por su sigla en inglés), que se publicaron hace un par de semanas, al parecer respaldan esta idea. Las cifras muestran que, si bien el crecimiento de la productividad se acelera y los márgenes corporativos van en aumento, el porcentaje del total del pastel económico que se llevan los trabajadores a casa se encuentra en su nivel más bajo desde que comenzaron los registros en la década de 1940, pues se llevan 53.8 por ciento de la producción económica de Estados Unidos, frente a 65 por ciento en la década de 1950.
Si bien la cifra muestra una tendencia a la baja desde 2020, parece que la tecnología, y en particular el ascenso de la IA, tienen algo que ver. Al igual que en la década de 1990, cuando la adopción de software en las empresas estadunidenses se tradujo en altos márgenes corporativos y ganancias bursátiles, pero también en una recuperación sin empleo, parece que los precios de las acciones, casi récord —que parecen ignorar la enorme disrupción geopolítica, el ascenso del riesgo político y el capitalismo clientelista en el Estados Unidos de Trump— van de la mano de una caída de la participación de la fuerza laboral.
Algunos de nosotros, como programadores y escritores, e incluso consultores y banqueros, sentimos los cambios de primera mano, estos empleos se encuentran entre las profesiones de oficina y administrativas que se contraen con el ascenso de la IA. Pero incluso si no te has visto afectado en tu trabajo, creo que muchos sí estamos sintiendo el efecto de la inteligencia artificial como consumidores.
Hace poco estuve en Miami en una conferencia y no pude pedir un café, rentar un coche, registrarme en mi hotel ni siquiera responder a una notificación de mi médico sobre unos resultados de pruebas recientes sin encontrarme con un bot. Tengo que decir que rechazo este tipo de experiencias. Detesto el trabajo en la sombra que suele implicar lidiar con la tecnología. Las plataformas no son lo suficientemente buenas para que las transacciones sean fluidas y, a menudo, requieren que el consumidor haga el trabajo que antes hacía un empleado: introducir los datos de los pedidos, registrar las transacciones, etcétera.
También es frustrante que los errores no se puedan corregir fácilmente mediante la tecnología. ¿Quién te va a ayudar a arreglar tu pedido de café si se entrega mal si no hay nadie que lo tome la orden? ¿Cuánto tiempo pasamos todos usando sistemas telefónicos de IA para llegar a una persona real que pueda ayudarnos con las facturas de nuestras tarjetas de crédito?
Todo esto me hace sentir una falta de autonomía. Y eso me enfurece con el minorista, el médico, el hotel y el sistema en el que los dueños del capital siempre buscan aumentar su propia parte del pastel y reducir la participación laboral al máximo.
Por supuesto, como sabemos, la historia nos dice que la tecnología es un creador neto de empleo a largo plazo. Pero a corto plazo, como probablemente nos dijeron los luditas, puede ser muy disruptivo.
Mi interlocutor en Swamp Notes de esta semana es Tim O’Reilly, fundador de O’Reilly Media y uno de los grandes pensadores de Silicon Valley al que le preocupa que la IA esté cambiando demasiado rápido la naturaleza de nuestra economía dual (basada tanto en la producción como en el consumo), lo que resulta en un juego de suma cero. Tim, ¿puedes explicarnos tu argumento y cuáles crees que serán las consecuencias a corto y largo plazo? ¿Esto será positivo o negativo para los demócratas, por ejemplo, en las elecciones de mitad de mandato de noviembre?
Lecturas recomendadas
- En Financial Times, la traducción de Henry Mance del término “davosiano” fue perfecta. Mi colega Janan Ganesh tiene toda la razón al afirmar que las potencias en declive (como EU) son peligrosas incluso cuando no hay locos al mando. Y me encantó el artículo de The Big Read de Richard Milne sobre el nuevo Gran Juego en torno a Groenlandia, que recuerda la columna que escribí con esa misma metáfora un par de semanas antes. ¡Alerta de espóiler!: ¡La tesis es el tema central de mi próximo libro!
- Mi antiguo colega de Time Bill Saporito escribió un excelente artículo de opinión en The New York Times sobre cómo la guerra de Donald Trump contra los vehículos eléctricos va a hundir la industria automotriz (por no hablar de los mismos empleos sindicalizados que prometió apoyar).
- Además, acabo de terminar una primera prueba de galera del próximo libro de Liaquat Ahamed, 1873: The Rothschild, the First Great Depression, and the Making of the Modern World. (1873: Los Rothschild, la Primera Gran Depresión y la Creación del Mundo Moderno). Es fantástico; reserven una copia.
Tim O’Reilly responde
Hola Rana. Aunque comprendo tu frustración con los bots que no funcionan del todo bien, ese no es el meollo del problema. Van a mejorar. El problema es qué va a ocurrir cuando lo hagan.
La narrativa de los laboratorios de IA es que cuando desarrollen inteligencia artificial general, se alcanzará una productividad asombrosa y el PIB se disparará. Suena convincente, sobre todo si tú eres el que desarrolla o invierte en IA. Pero una economía no solo es producción. Es producción ajustada a la demanda, y la demanda requiere un poder adquisitivo distribuido. No se puede construir una sociedad próspera dejando a la mayoría de la gente al margen.
Se nos dice que las empresas se volverán más eficientes a medida que la IA sustituya el trabajo intelectual, tal como sucedió cuando las máquinas reemplazaron a los animales y al trabajo manual humano. Pero ¿quiénes son los clientes cuando un gran número de humanos de repente pierden un empleo remunerado? Esta no es una pregunta retórica. Es una restricción de la que Silicon Valley prefiere no hacer modelos.
No se pueden sustituir rápido los salarios por inferencia y esperar que la economía de consumo siga funcionando sin cambios. Si la participación salarial cae con la suficiente rapidez, la economía puede perder estabilidad. Aumenta el riesgo de conflicto social y reacción política negativa. La esperanza de inventar nuevos empleos y las vagas declaraciones sobre un Ingreso Básico Universal financiado por la generosidad de empresas de IA increíblemente ricas no es una estrategia ganadora.
En muchos sentidos, el gobierno corporativo se presenta como un ensayo general de la gobernanza de la IA, y no superamos la prueba. La famosa parábola del filósofo Nick Bostrom sobre incentivos desalineados presenta una fábrica controlada por IA que produce clips; la tecnología decide que puede lograr su objetivo de forma más eficaz eliminando a los humanos, olvidando que fueron los humanos los que querían los clips en primer lugar. Eso es lo que hacen las empresas cuando utilizan la inteligencia artificial para eliminar a los trabajadores humanos y así beneficiar a los accionistas con las mejoras de la productividad. Construimos un sistema operativo económico cada vez más optimizado para un único objetivo: maximizar los retornos sobre el capital.
Esto no es inevitable. Henry Ford comprendió que los mercados masivos necesitan un poder adquisitivo masivo. En los inicios de internet, Google y Amazon también comprendían la circulación. Construyeron volantes de inercia que servían a clientes y proveedores. Si los laboratorios de IA quieren ser los arquitectos de un futuro próspero, tienen que hacer lo mismo. Deben trabajar con el mismo ahínco en la invención del sistema circulatorio de la nueva economía que en la mejora de las capacidades del modelo. Me encanta la frase de la novela Reamde, de Neal Stephenson, donde el protagonista describe el diseño del sistema económico del juego que lo convirtió en el hombre más rico del mundo: “Primero había que construir la plomería: había que resolver todo el sistema de flujo de dinero. Una vez que esté hecho, todo eso, lo demás vendrá después”.
Considero el modelo económico actual de la inteligencia artificial como una especie de colonialismo: los laboratorios de IA tomaron la producción intelectual mundial sin compensación, la transformaron y la volvieron valiosa para sus clientes. Lo que ocurre con las empresas y los empleos que desplazan queda en manos del “mercado”, que lo determinará por su cuenta. El flujo de dinero que imaginan es de una sola vía: dinero que fluye hacia la industria de la IA desde los inversionistas y luego desde los clientes que consumen sus tókenes. La mayoría no dedica suficiente tiempo a imaginar y apoyar a sus clientes para que también ganen dinero. Construyeron un sistema de redes radiales de captura y control de valor, no una economía de intercambio. (Tal vez suene geek, pero veo indicios de una economía de IA más participativa en el Protocolo de Contexto del Modelo de Anthropic y Claude Skills).
Si la IA va a impulsar el PIB, el dividendo de productividad debe reflejarse en el crecimiento y las utilidades de las empresas a medida que construyen nuevos mercados, no solo a medida que extraen un poco más en su camino hacia la baja. Y debe reflejarse en los empleados mediante una combinación de aumento salarial, reducción de horas, participación en utilidades e inversión en nueva capacitación para actualización del personal, ¡no como una carta de despido!
Pero eso no va a ser fácil lograrlo. Los gobiernos deben desarrollar escenarios para un futuro en el que los impuestos sobre el trabajo sean una parte mucho menor de sus ingresos. Las soluciones no son evidentes y las transiciones serán difíciles, pero ante un futuro donde la revalorización del capital es abundante y los ingresos laborales son escasos, tal vez sea el momento de considerar reducir los impuestos sobre el trabajo y aumentar los de las ganancias de capital.
“Desacelerar la IA” no es la solución. El genio ya salió de la lámpara. La respuesta tiene que ser construir la mitad que falta en la economía de la IA.