Stellan Skarsgård, el veterano que finalmente llegó al Óscar

FT MERCADOS

A sus 74 años, el actor sueco convirtió la disciplina, la colaboración y la honestidad artística en una carrera excepcional, hoy busca el Óscar por su actuación en Valor sentimental.

Stellan Skarsgård posando para la cámara. REUTERS
Jo Ellison
Ciudad de México /

Stellan Skarsgård posa en un estudio en París mientras el fotógrafo Arash Khaksari controla minuciosamente sus pies. “Un poco a la izquierda… a la derecha. ¿Podrías mover el pie izquierdo solo 2 cm hacia adelante?”.

Skarsgård —alto, imponente, de más de 1.82 metros en calcetines— se mueve con amabilidad. “Adelante”, continúa el fotógrafo. “Así es. Luego, un poco a un lado…”. 

La expresión del actor se ensombrece con una breve frustración.“Si fueras mi director en una película en este momento, te mataría”, dice riendo. 

El intercambio dura apenas un segundo y, aun así, resume su rango: servicial y colaborador, capaz de desplegar después una ferocidad intensa que, sin ser aterradora, mantiene a cualquiera alerta.

Lleva casi 60 años actuando. Antiguo actor infantil, suma más de 150 películas y series. Muchos lo recuerdan como el profesor con bufanda que enfrenta al joven Matt Damon en Mente indomable, como el bucanero Bootstrap Bill Turner en Piratas del Caribe, torturando a Daniel Craig en La chica del dragón tatuado o cortejando a Meryl Streep en Mamma Mia!

Otros, en cambio, podrían no reconocerlo en papeles inesperados. Su proyección internacional llegó en 1996 como el petrolero Jan en Rompiendo las olas, de Lars von Trier.

Desde entonces ha rodado seis películas con el director danés, una colaboración comparable a la que mantiene con el noruego Hans Petter Moland, su amigo cercano, con quien ha filmado cinco cintas.

Tras la sesión, vestido con su propia ropa, el actor de 74 años conserva una presencia impactante: uniforme oscuro impecable, ojos azul hielo y piel sorprendentemente tersa. 

Hace años, el director Miloš Forman elogió su rostro “fácil de olvidar”. Lejos de tomarlo como insulto, Skarsgård convirtió esa “capacidad de desaparecer” en herramienta para asumir una amplia gama de personajes.

Hoy promociona Valor sentimental, donde interpreta a Gustav Borg, un padre narcisista en un drama familiar dirigido por Joachim Trier. La cinta se ha convertido en uno de los mayores éxitos comerciales de Noruega y podría llevarlo a su primera nominación al Óscar.

Su personaje —un célebre director y padre de dos hijas distanciadas, una de ellas actriz— regresa al hogar familiar, un tema que roza la vida personal del actor, padre de una extensa familia creativa.

Casado dos veces, tiene ocho hijos de entre 13 y 49 años; cinco son actores. Alexander, el mayor, ha destacado recientemente en la comedia romántica Pillion. Como los Borg de la película, los Skarsgård comparten un aire bohemio de clan artístico. A diferencia de la ficción, son muy unidos: todos viven en Estocolmo, cerca o dentro de la casa familiar.

él dice...

“No puedes ser un artista de medio tiempo

Si lo dejas ir, dejas ir quien eres”

Valor sentimental retrata a un padre poderoso y absorto en su obra, incapaz de atender a su familia. Trier escribió el guion pensando en Skarsgård, aunque el actor no se identifica del todo con el personaje. Asegura que fue un padre presente que trabajaba solo una tercera parte del año.

“No reflexioné mucho sobre mí mismo cuando hice la película. Pero mis hijos me recordaron que quizá debía hacerlo”, dice. “Mi segundo hijo me llamó después de verla y me preguntó: ‘¿Te reconoces?’. Le respondí: ‘¿Qué quieres decir? Trabajaba solo cuatro meses al año y el resto del tiempo cambiaba pañales y limpiaba traseros’.

Aun así, entiendo que mi amor por el trabajo y por mi arte a veces me incapacitaba en casa. No puedes ser un artista de medio tiempo. Si lo dejas ir, dejas ir quien eres”.

Skarsgård permitió que sus hijos eligieran su propio camino y evitó darles consejos. Alexander ha contado que de niño deseaba que su familia fuera “normal”: que su padre trabajara “con datos” y usara traje, en vez de “sarongs hippies o nada”, como solía vestir. Tal vez esa búsqueda de disciplina lo llevó a unirse a la infantería de marina sueca.

“De ocho hijos, quizá dos o tres necesitaban toda la atención”, reflexiona Skarsgård. “Eran realmente difíciles. Y luego están los que, de cualquier manera, siempre han sido más felices”.

Un actor contra el molde

Nacido en Gotemburgo en 1951, Skarsgård creció en un hogar que estimuló sus impulsos creativos. Sus padres eran inconformistas, fieles a una tradición sueca profundamente igualitaria. 

Su padre, un ejecutivo de nivel medio al que describe como “encantador pero con defectos”, fue “lo más radical que se puede ser como padre”. 

“Crecimos sin ningún tipo de opresión. Nos trataron como adultos desde el principio, lo cual fue fantástico. Mi padre leía todos los libros que existían. Pero era malo con las finanzas, así que nos desalojaron dos veces”.

Empezó a trabajar muy joven. “Actué en mi primera obra profesional a los 14 años”. Un papel en la serie estatal Bombi Bitt och jag lo convirtió en un galán adolescente. “Me hice extremadamente famoso”, recuerda, aunque dejó el cine a inicios de sus veintitantos para concentrarse en el teatro. 

Sus primeras películas fueron, según él, “una especie de porno suave, muy suave”. Aceptó esos trabajos por necesidad económica. ¿Le avergüenzan? “No. El porno nunca me mortificaría. Pero no sabía que los adultos pudieran hacer películas tan malas”.

Pasó 16 años en el Teatro Real de Arte Dramático, donde interpretó a August Strindberg y trabajó con Ingmar Bergman, el legendario —y para muchos, manipulador— cineasta sueco, a quien describió alguna vez como “la única persona que conozco que lloró cuando murió Hitler”. 

Nunca tuvo formación académica formal y conserva hábitos “ingenuos” de su etapa como actor infantil. “Nada surge de lo que he estudiado, porque no he estudiado. Se aprende mejor en el trabajo”.

Su genio reside en la sutileza. Detesta que los actores “muestren sus herramientas” y cita a Johann Wolfgang von Goethe: Man merkt die Absicht und man ist verstimmt (“se nota la intención y uno se incomoda”). 

Una idea que también marcó su relación con Lars von Trier. “A Stellan no le gusta que las cosas se noten”, ha dicho el director. “No cuenta la historia, se comporta. Su preocupación es la verdad humana”.

Tampoco concede importancia a la simpatía de sus personajes. En la década de 1990 se hizo un nombre en el cine estadunidense interpretando villanos. “Cuando llegué a Hollywood, el mercado estadounidense dominaba todo, y cualquiera con acento debía ser villano. La xenofobia estaba descontrolada. Solo podía interpretar rusos o alemanes, o personajes que al final tenían que morir”.

Ese encasillamiento lo desconcertó. “No entendía qué querían decir con ‘tipo malo’. No acepto un código que impida mostrar personas con múltiples facetas”. Aunque el Código Hays desapareció hace décadas, cree que su influencia persiste. “Soy ateo y no creo en el bien ni en el mal. Debemos tener cuidado al emitir juicios morales sobre otros: es peligroso”.

Su sentido de la justicia también ha marcado decisiones profesionales. Hace años se negó a firmar un contrato con Disney que lo obligaba a seguir un código de conducta que le prohibía “alterar” a la sociedad. “Pregunté: ¿qué sociedad? ¿Salt Lake City o Kabul? Aquello violaba mi libertad de expresión. Al final se cansaron de mí y buscaron a otro”.

No suele dar consejos, pero el mejor que recibió vino de su padre y aún rige su vida: “No pienses que nadie es mejor que tú. Y no pienses que nadie vale menos que tú”. Muy sueco. “Bueno, lo somos”, responde encogiéndose de hombros.

Un hombre de set

El apetito de Skarsgård por explorar la psique humana sigue intacto. Interpretó a Boris Shcherbina en la miniserie Chernobyl y al barón Vladimir Harkonnen, la monstruosa figura flotante de las películas de Dune dirigidas por Denis Villeneuve. “He tenido la carrera más maravillosa porque no he estado ni en el fondo ni en la cima. He permanecido en ese punto medio donde podía hacer lo que quisiera”.

Lars von Trier sostiene que una de sus cualidades es no ser un “solista”: los papeles no le interesan por sí mismos. “No soy un actor del Actors Studio”, dice Skarsgård. “No me torturo. Actuar no es algo cerebral para mí. Lo que amo del set y del teatro es su ambiente circense”. En ese circo, bromea, quizá tenga energía de “cabecilla”.

Padre de ocho hijos, podría suponerse que adopta un rol patriarcal en los rodajes. “Sí, pero de forma no jerárquica. Todo debe ser en igualdad de condiciones. Me esfuerzo para que todos se sientan bien”. 

Su coprotagonista en Andor, Diego Luna, lo resume así: “Stellan nunca toma el camino fácil. Se reta a sí mismo y a quienes lo rodean; siempre humilde, siempre honesto, un verdadero compañero”.

“Stellan es extremadamente popular. Lo llamo Mr. Cinema porque conoce todos los trucos”, añade Trier. “No le gusta esperar en su camerino; prefiere el plató. Llega temprano para sentarse con el equipo de cámaras, bromear y sentirse parte de la familia cinematográfica”.

Su energía es inagotable. “Nunca me siento”, dice. “Siempre estoy dando vueltas. No soy un maníaco, pero en un set siempre están pasando cosas. Algunos dicen que es aburrido; si entiendes lo que ocurre, es fantástico. Ver a tanta gente talentosa te llena de energía”.

La edad ha reducido ligeramente su ritmo. En 2022 sufrió un derrame cerebral grave. El deterioro cognitivo posterior obliga a que le pasen líneas por un auricular y lo ha alejado del teatro. 

Le cuesta seguir frases largas o conversaciones con múltiples hilos. “Es más difícil leer a László Krasznahorkai, cuyas frases ocupan páginas enteras. Pero a Ernest Hemingway sí puedo leerlo”.

Aun así, conserva fama de ser el último en irse a dormir. “Tiene mucha resistencia”, dice Trier, quien ha acompañado la gira de Valor sentimental desde su triunfo en el Festival de Cannes. “Está en una edad en la que esperaríamos que quisiera acostarse temprano, pero a menudo terminamos desvelándonos y hablando de la vida”.

El pulso del cine

Un publicista interrumpe la conversación para anunciar que Skarsgård ha sido nominado al Globo de Oro como mejor actor de reparto. 

Competirá con Paul Mescal y Sean Penn, entre otros. De inmediato, su teléfono —cuyo tono es el graznido de un pato— estalla en llamadas de felicitación. Lo silencia con calma: “Tengo que apagar esta madre. ¿Dónde estábamos?”. Si la noticia lo emociona, lo disimula con maestría.

Un mes después gana el Globo de Oro y vuelve a conversar, ahora como contendiente serio al Óscar. ¿La cercanía del premio altera su ecuanimidad sueca? “Claro que importa. Mientras más cerca estás, te conviertes en un monstruo que quiere oro, oro… ¡oro!”, ríe. 

“He vivido sin uno toda mi vida; puedo seguir así. Pero sería especial. Ningún actor escandinavo ha ganado jamás”.

La temporada también lo transformó en meme viral. En los Critics Choice Awards, una imagen lo muestra serio frente a su plato mientras sus coprotagonistas ríen y se toman selfies. “Es una foto muy graciosa”, admite. “Las chicas son encantadoras. Yo solo estaba triste por la comida”.

Y la comida, para Skarsgård, es asunto serio. En antiguos videos caseros se le ve cocinando mientras un joven Alexander Skarsgård hace la tarea. Su interés culinario es tal que destinó una parte considerable de su salario en Valor sentimental a mejorar el menú del rodaje.

Lars von Trier bromea con la rivalidad nórdica: “Stellan gastó casi una cuarta parte de su sueldo en garantizar almuerzos aún mejores. Teníamos platos reales, cubiertos y postre todos los días”.

En su discurso de aceptación rindió homenaje al “pulso” que recorre al público cuando vive una película en el cine. “Siempre me ha importado”, dice. 

Le preocupa que, si desaparecen las salas, también se pierda el lenguaje cinematográfico. “Es cuando la imagen transmite el significado y lo esencial ocurre entre líneas. Es lo opuesto al lenguaje televisivo, donde todo se explica y puedes lavar los platos sin mirar la pantalla”.

El mundo necesita más Skarsgårds. Aunque ha inspirado a nuevas generaciones, pocos igualan su mezcla de integridad, franqueza y talento. Hace tiempo dijo que todos deberían “envidiar mi carrera”. ¿Aún lo cree? “¡Sí!”, responde entre risas. “He tenido una vida genial”. Después de todo, él es el papá.

AAL

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