Estados Unidos y China mueven los lazos de la economía mundial

FT MERCADOS

Donald Trump y Xi Jinping, atrapados entre reproches, desconfianza y dependencia mutua, tensan una relación económica cada vez más frágil.

Cumbre sostenido entre China y Estados Unidos. Reuters.
Soumaya Keynes
Ciudad de México /

Cuando el presidente de Estados Unidos (EU), Donald Trump, y el presidente de China, Xi Jinping, me pidieron vernos, fui escéptica. No estaba segura de poder ayudarlos; como terapeuta de pareja, suelo trabajar con parejas atrapadas en problemas de mala comunicación, resentimiento y desconfianza. 

Ellos intercambiaron una mirada cómplice y me recordaron que, como líderes de las dos economías más grandes del mundo, podían pagarme muchas veces mi ya exorbitante tarifa habitual. Agendamos una sesión. Y, después de conocerlos, ahora los entiendo.

Comencé como suelo hacerlo, con una pregunta lo suficientemente vaga como para ocultar el hecho de que no había leído el formulario que les pedí llenar previamente. 

Trump expuso su versión de los problemas: explicó que sus predecesores habían intentado corregir las fallas económicas de China —subsidios, barreras comerciales y cierta tendencia a llenar de más el refrigerador de EU— y que ahora el país estaba siendo recompensado con abusos. 

Dijo que quería volver a como eran las cosas antes, cuando el comercio estaba más equilibrado y China se concentraba en productos básicos. Con Xi amenazando con restricciones a las exportaciones de tierras raras, la relación había pasado de problemática a tóxica.

Por la manera en que Xi ponía los ojos en blanco, era evidente que no aceptaba ese planteamiento. Las relaciones sanas no consisten en que una parte “arregle” a la otra. ¿Por qué su país no podía ser aceptado tal como era? 

Tampoco estaba dispuesto a cargar con toda la culpa por los excesos: señaló que, pese a todas las quejas sobre la cantidad de comida que llevaba a la mesa, EU parecía bastante feliz de seguir picando entre comidas. 

Y después de años de malos tratos —desvinculación económica (aranceles) y amenazas (controles de exportación)—, ya había tenido suficiente.

ELLA DICE...

“Las quejas estadunidenses sobre no sentirse escuchados

Pasan por alto que China sí escucha, solo que no responde de la manera que ellos esperan”

Después de asentir con aire solemne y garabatear lo que parecían notas —aunque en realidad era un dibujo de un canguro—, les pregunté cuáles eran sus objetivos. Trump comenzó a agitar dramáticamente una lista de compras que llevaba tiempo intentando imponer a Xi. (“¡Llena tu propio refrigerador, demonios!”). 

Le señalé que aquello parecía un poco transaccional y que intentar microgestionar un comercio de más de 400 mil millones de dólares (mdd) en bienes probablemente sería imposible. Trump respondió que la lista solo cubría entre 30 mil y 40 mil mdd en compras de cada lado y que, con tan poca confianza, no tenía otra opción.

Xi explicó, con visible cansancio, que él solo quería que terminara el drama, una distracción frente a problemas más urgentes: una disminución en el suministro de combustible para calefacción, una economía interna debilitada y una montaña de deuda doméstica.

Predecir los cambios de humor de Trump era emocionalmente agotador y no beneficiaba a nadie, mucho menos a sus hijos. Cuando pregunté por esos “hijos”, explicó que así llamaban a las muchas empresas que habían construido cadenas de suministro bajo la suposición de que la relación entre EU y China sería estable.

La crisis de pareja

Con el tiempo encima, les pedí que delinearan algunos próximos pasos. Silencio. ¿Tal vez más reuniones este año? Dijeron que ya tenían tres programadas. 

Más silencio. Sugerí que podían trabajar en su comunicación o considerar un acuerdo más profundo sobre comercio o inversión que diera tranquilidad a sus ansiosos hijos. Hubo algunos murmullos sobre mantener abiertas sus opciones y evitar reforzar su interdependencia. Más silencio. Después, se fueron.

Supongo que el simple hecho de que estén dispuestos a permanecer en una misma habitación es una buena señal (aunque fue extraño que insistieran en que su sesión de terapia era, en realidad, una cumbre). Aun así, no soy optimista respecto a esta relación en particular. 

Ambos lados tienen más responsabilidad de la que están dispuestos a admitir: los estadunidenses probablemente deberían ponerse a dieta económica y dejar de consumir tanto, mientras que los chinos probablemente deberían dejar de producir y abastecer tanto. Y ambos son lo suficientemente fuertes como para resistirse a ceder terreno.

Las quejas estadunidenses sobre no sentirse escuchados pasan por alto que China sí escucha, solo que no responde de la manera que ellos esperan. Ambos alimentan mutuamente su deseo de independencia, en una espiral que se refuerza sola. 

E incluso yo puedo ver que una gran reconciliación parece improbable, dado su deseo —perfectamente racional— de protegerse ante futuras peleas. Pedirles que sean vulnerables el uno con el otro no llevará a ninguna parte. Incluso los hijos están empezando a tomar partido.

Por un momento, considero la ética de continuar nuestras sesiones. Cuando ninguno de los dos países parece realmente querer transformar su relación para mejorarla, hay un límite para lo que una terapeuta puede hacer. 

Pero, por otro lado, un divorcio total podría ser tan explosivo que dañaría aún más a esos hijos metafóricos. Así que ya está decidido: seguiré escuchándolos lanzarse reproches y esperaré que los hijos —y la economía mundial— logren resistir.

MGS

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