Urgente, pasar de discurso a acción en crisis climática

El tiempo es limitado para rechazar la tendencia de las emisiones: los retos políticos y económicos todavía son enormes

Las emisiones deben reducirse para limitar el aumento de la temperatura de la Tierra en no más de 1.5 grados. David Gray/Reuters

Martin Wolf

Dentro de unos siglos, nuestros descendientes tal vez recuerden esta década como aquella en la que se perdieron las posibilidades de mitigar un daño climático irreversible. Como dijo el presidente estadunidense Joe Biden en una cumbre virtual de líderes sobre el clima el mes pasado, “esta es la década en la que debemos tomar decisiones que eviten las peores consecuencias de una crisis climática”. Las emisiones mundiales deben reducirse ahora si queremos estar razonablemente seguros de limitar el aumento de la temperatura promedio de la Tierra en no más de 1.5 grados por encima de los niveles preindustriales. Desde hace décadas hablamos sobre hacer esto, sin ningún efecto. Ahora, debemos actuar. 

La buena noticia es que la elección de Biden transformó las oportunidades de lograr algo real en esta década. La mala noticia es que la transformación es desde cero a un número apenas positivo. Esta perspectiva sombría no es compartida de manera universal. Por ejemplo, Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, es más optimista: argumenta que “la cumbre representa el punto de inflexión. Las economías más grandes del mundo —Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, China, Japón, Corea, India, Reino UnidoBrasil— finalmente se alinean en torno al objetivo de una descarbonización profunda, lo que significa el cambio del sistema energético de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural) a fuentes de cero carbono (energía solar, eólica, hidráulica, geotérmica, de biomasa y nuclear)”. 

Espero que Sachs tenga razón, pero es esencial no ser complaciente: el tiempo es limitado si se quiere rechazar de manera decisiva la tendencia de las emisiones, mientras que los retos políticos y económicos siguen siendo enormes. 

Sin duda, el reciente cambio en la posición de EU fue una condición necesaria para la acción global, pero está lejos de ser suficiente. Todo el mundo sabe que la política estadunidense puede volver a revertirse, porque los republicanos siguen oponiéndose con intensidad a una acción decisiva. Además, como señalé esta semana, descarbonizar la producción en un país no es lo mismo que descarbonizar a escala mundial, ya que las emisiones pueden solo trasladarse al exterior. Sobre todo, incluso Estados Unidos, aunque crucial, no es decisivo por sí solo. Si bien es el segundo mayor emisor, solo genera 15 por ciento de las emisiones mundiales de dióxido de carbono.

De hecho, en 2020, los países de altos ingresos generaron en conjunto solo 32 por ciento de las emisiones mundiales. China por sí sola generó 30 por ciento y China más India 36 por ciento. Aún más importante, en lo que el Fondo Monetario Internacional (FMI) llama un camino de una “situación normal”, China generará 40 por ciento del aumento de las emisiones entre 2020 y 2052, India 15 por ciento y otros países en desarrollo (sin incluir a Rusia) 35 por ciento. A la larga, estos serán los países decisivos.

Si la cumbre sobre el cambio climático en Glasgow, en noviembre de 2021, va a ser el cambio decisivo que tiene que ser, se deben acordar tres cosas. En primer lugar, los países de altos ingresos deben identificarse como líderes comprometiéndose a enormes reducciones en las emisiones de su propia producción durante la década. En segundo lugar, todas las partes deben acordar la descarbonización de todos los sistemas pertinentes para 2050, con un progreso significativo para la década de 2030. Por último, también deben acordar un paquete de incentivos, desincentivos y asistencia internacional que hagan factible el logro de estos objetivos.

Todavía estamos muy lejos de esto. Si bien aumenta la confianza en que esto es al menos factible, a un costo manejable, el resultado dependerá de la implementación de políticas de primera clase en todo el planeta. De hecho, esa es una exigencia heroica. Entonces, ¿cómo se puede hacer esto?

En primer lugar, incentivos. Raghuram Rajan, de la Universidad de Chicago, propuso lo que él llama un “incentivo global de reducción de carbono”. Cada país que emite más que el promedio mundial de alrededor de cinco toneladas por cabeza al año pagará a un fondo de incentivos. El pago se calculará multiplicando el excedente per cápita por su población y el incentivo acordado. Los países que emitan más contribuirán y los que emitan menos recibirán, pero todos perderán si aumentan sus emisiones per cápita. Por tanto, todos enfrentarán el mismo incentivo para reducir las emisiones.

En segundo lugar, desincentivos. De manera alternativa (o además), a los países que se comprometan a imponer un precio a las emisiones nacionales se les permitirá poner un impuesto fronterizo sobre las importaciones de gran intensidad de emisiones de países que no lo hacen. De no ser así, su producción puede solo desplazarse al extranjero, con un impacto limitado en las emisiones globales. Tal ajuste fronterizo será duda un mecanismo al tanteo. También causará fricción global, pero el compromiso de las grandes economías de altos ingresos de introducir uno también puede conducir a un acuerdo sobre mejores políticas, incluida la fijación de precios del carbono, en todas partes.

Por último, asistencia. El FMI argumenta que China, la Unión Europea, India, Japón y Estados Unidos por sí solos pueden generar la mayor parte del cambio necesario en las emisiones, pero, a largo plazo, todos los países tendrán que realizar el cambio hacia una economía con bajas emisiones de carbono. Esto es cierto si se considera el papel de los sistemas naturales en esto y de la agricultura y la silvicultura. Por tanto, será fundamental desarrollar y difundir tecnologías, prácticas y políticas eficaces en todo el mundo. Esto requerirá ayuda, incluso para reducir el riesgo de las inversiones necesarias en energía, transporte, construcción, agricultura y otros sistemas.

La próxima década tiene que marcar un comienzo, pero este programa tendrá que extenderse a lo largo de décadas. Este será el mayor esfuerzo de cooperación entre países, entre los sectores público y privado, y a través de economías enteras en la historia. Es necesario y factible, pero muy complejo. Sí, las cosas se ven un poco más brillantes ahora, pero no hay que subestimar el desafío. Muy pronto sabremos si existe alguna posibilidad plausible de que se cumpla.

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