Por: Camila Ordorica
Ilustración: Estelí Meza, cortesía de Nexos
Yo crecí en un México donde existían los asesinatos de mujeres y de personas afeminadas, pero no había ni un solo feminicidio. La palabra, y por lo tanto el significado que engloba el concepto, sencillamente no existía. Esto puede parecer un problema semántico, pero la historia de los feminismos y de los movimientos sociales es clara al mostrar que la designación de las desigualdades vividas por medio de conceptos específicos fortalece las causas de lucha. Al asignarle un nombre propio al tipo de asesinato en el que el género de la víctima —esa inestable conjugación de sexo biológico e identidad sociocultural— juega el rol más importante, reconocemos que se trata de un fenómeno distinto a otras formas de violencia y podemos así buscar formas particulares para combatirlo.