Por: Ángeles Mastretta
Ilustración: Gonzalo Tassier, cortesía de Nexos
En mis cuentas ha hecho más el azar que la voluntad. A mi alrededor se han ido enfermando unos y otros. Y he ido sabiendo cómo se enferman a veces los que salieron y otras, los que se quedaron leyendo. Desde donde yo miro —dicen que así no son las estadísticas—, entre los cautos y los desaforados la muerte ha ido eligiendo a placer. Aquí tenemos más de tres amigos a los que hemos visto caminar a la orilla del acantilado sin que los toque la ingrata providencia. No les ha dado ni hipo. Y es una fortuna saber que van y vienen como si nada. En cambio, el egregio habitante de una casa tapiada salió sólo dos veces. Y tras la segunda lo tomó el año nuevo con el disgusto de su prueba dando positivo. A él no le pasó nada más que el tiempo de cama y el silencio a solas. Según me dicen rumió la cuarentena leyendo en paralelo las biografías de Hitler y de Stalin, diciéndole a su pareja, cada vez que comían al aire libre y con tres metros de distancia, lo bruto que había sido el primer ministro inglés que trataba con Hitler antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Cada quien su consuelo. Sin duda, entre la pandemia y la guerra estuvo peor la guerra.