Por: Michael Reed Hurtado
Ilustración: Patricio Betteo, cortesía de Nexos
Nombrar la situación mexicana como una guerra o como un conflicto armado puede resultar sugestivo como resultado del rechazo emocional de la situación y las barbaridades que se cometen. La tendencia a calificar la situación como de guerra también puede ser producto de un interés en escalar la denuncia del desorden y la matazón, después de años de usar el mismo lenguaje sin que la violencia de tregua. También puede parecer apto con el fin de activar marcos de protección humanitaria que se usan para mitigar el sufrimiento humano en las guerras, que hasta el momento no se han usado en México. O, sencillamente, puede ser expresión de desesperación porque la violencia se instala y, a veces, llegan olas que zarandean, y la palabra “guerra” encapsula tanto. Pero la designación viene con implicaciones: la guerra propicia la violencia, promueve el desacato de la ley y encierra la anomia. La guerra deshumaniza y polariza, y tiende a la degradación social. Por ejemplo, la versión de los guerreros en la celebrada campaña contra los Zetas en Coahuila lo demuestra. En 2011, una reportera escribió enLa Jornada: “La guerra es la guerra, y por eso justifica los códigos militares”. Una de sus fuentes, el general retirado Carlos Bibiano Villa Castillo, evidencia los excesos que se derivan del estado de ánimo guerrero: “Antes aquí correteaban a los policías, ahora ni madres, los correteamos a ellos y donde los alcanzamos los matamos. Aquí hay que romperle la madre al cabrón que ande mal”. Lo peor de las declaraciones es que para algunos (y no pocos) los muertos quedaron bien muertos, se lo merecían.