Vivía a un lado de un departamento. En esos años rentaba una señora ya grande y amable (y sobre todo silenciosa), pero se murió. Me acuerdo bien de ese día; llegó un sobrino a buscarla, estuvo tocando un rato hasta que se brincó la reja del patio y entró por la lavandería: la encontró tirada en la cocina. -Se infartó, -dijo-, y se limpiaba las lágrimas. Semanas después llegaron los nuevos inquilinos: tres chavos bien vestidos y rasurados. Yo estaba en la terraza bebiendo mi té de la tarde cuando de una furgoneta comenzaron a descargar cosas. Saludaron, regresé el gesto y ahí quedó el asunto. -¿Inquilinos nuevos? -preguntó mi mujer-; tal parece, respondí. Días más tarde comenzó: a eso de las 5:30 de la tarde se escucharon acordes de guitarra, el retumbar de la batería, el bajo y los cantos. Pues resulta que esas finas personas eran músicos que amenizaban los servicios de una iglesia protestante. -Ya averigüé, -dijo mi esposa-, son de Aguascalientes y van al templo que está a unas cuadras de aquí. Y así tuvimos que escuchar durante casi un año los ensayos de estos misericordiosos. Las alabanzas duraban casi dos horas y todavía me sé algunas canciones de memoria: “En ti confiamos, ¡oh! Jesús!”, “Es grande Yahvé, él me salvará”. El caso es que las primeras dos semanas no tuve problema con su música, después comencé a desarrollar fantasías psicóticas y un día me vi preparando un coctel molotov; ahí supe que debía hacer algo. Hay dos maneras de combatir las cosas: con el principio de los contrarios o los similares. Después de una larga meditación, decidí aplicar el principio de los similares: saqué a la terraza mis bocinas y tan pronto comenzaban estos piadosos a cantarle a Jehová, les dosificaba una inmejorable selección de heavy metal. Santo remedio: no pasó mucho tiempo antes de que les llegara duro y claro el mensaje, porque los ensayos se hicieron más esporádicos y discretos. Tiempo después se fueron. Ese día levanté un altar a Black Sabbath y Iron Maiden; todavía les rezo.
Pasaron los años y nos mudamos. Con el nacimiento de nuestro primer hijo decidimos movernos a una colonia retirada, cerrada y callada. Nunca me han gustado el ruido y la gente, y este lugar era perfecto. El niño nació en octubre, todo marchaba bien. Pero a mediados de noviembre comenzó: los vecinos de enfrente iniciaron un maratón de ensayos en preparación del 12 de diciembre, el día de la Virgen de Guadalupe. Sí: eran matachines. Los tambores, cascabeles y el pillido de la flautita retumban en la privada, los perros no paran de ladrar, el niño pega de gritos, mi mujer golpea su cabeza contra la pared y yo estoy con los nervios destrozados. Todos los días, por las tardes, la misma rutina de música monótona y primitiva, y así hasta el 12 de diciembre.
A mí me parece ridículo ver y escuchar a un montón de antropoides disfrazados pegar de brincos, gritar y aplaudirle a una deidad imaginada; es un caso para la antropología y la psiquiatría social.
Por lo que puedo advertir, Dios es un ente ciego, sordo y mudo, además de inmaterial. Nadie nunca lo ha visto o escuchado y no se sabe absolutamente nada de él, excepto por las patrañas que venden pastores y sacerdotes. Si Dios se comunica mentalmente con sus súbditos no le veo el caso de armar toda esa alharaca con tambores, guitarras y aplausos: pueden hacerlo en silencio, en lo más íntimo de sus corazones y así dejar de fastidiar a vecinos ateos como yo.
Con lo que no se puede luchar es contra el karaoke: eso ni bailándole a la Virgen ni rezándole a Dios se quita.