Convivíamos en una carne asada cuando se tocó el tema de la astrología. Allí estaba una amiga experta en el tema, que se dedica a elaborar cartas astrales. Alguien le preguntó sobre tal signo y ella contestó con una descripción muy detallada sobre el carácter de las personas nacidas bajo ese signo. En ese momento se me ocurrió decir que, de hecho, no existía ninguna correlación factual ni comprobada entre los signos zodiacales y el comportamiento y carácter de las personas. Ella se molestó y me preguntó qué signo era.
–Leo–, contesté con tono determinante.
–¡Por supuesto!–, exclamó emocionada, y pasó a describir las características de los Leo de manera muy detallada: –Eres el prototipo de los Leo–, dijo con una confianza y autoridad que sorprendió a los invitados.
Yo no dije nada; asentí, sonreí y la fiesta siguió. Entonces se acercó un amigo y me dijo al oído:
–Pero tú naciste en febrero, eres Acuario.
–Es correcto; de hecho, Leo es lo contrario a Acuario, pero no digas nada–, respondí.
Le pedí a dos plataformas de IA que elaboraran un perfil de personalidad basado en mi signo zodiacal. Ambas generaron respuestas basadas en las características del signo. Después les di un perfil psicológico creado por ellas mismas, basado en mi contenido en redes y en información que les proporcioné sobre mi persona, y pregunté cuál era la relación entre ambos perfiles, el astrológico y el psicológico. Respondieron que si bien sí existían algunos paralelismos, no lograron establecer una correlación ni estadísticamente importante, ni psicológicamente relevante, ni precisa.
Es fácil creerles a los astrólogos, porque ofrecen una serie de coincidencias y ambigüedades con las cuales la gente se identifica por el efecto Forer, y también porque preferimos aceptar tácitamente aquellas observaciones que nos son satisfactorias, positivas y halagadoras. En suma: no existe relación significativa entre los signos zodiacales y rasgos de personalidad medidos, por ejemplo, con instrumentos válidos como el Freiburg Personality Inventory o el Big Five. Los astrólogos no predicen la personalidad mejor que el azar (de la misma manera en que la homeopatía no cura más que un placebo). Tanto la astrología como el Tarot y otras pseudociencias generan una narrativa subjetiva, cuyo efecto es el de un placebo general mezclado con una sensación de satisfacción, una reivindicación de características deseables y una correspondencia entre lo que leen y la manera en que ellos se ven a sí mismos, o les gustaría que los vieran.
Nuestra amiga astróloga saca provecho vendiendo sus evaluaciones y predicciones a gente que lo quiere creer, pero no es una estafadora: ella misma cree en ello. Es una complicidad que difícilmente puede desarticularse.
Vivimos embelesados por una serie de procesos y creencias que mezclan la seudociencia, la superstición y la irracionalidad, y esto genera un estado mental muy extraño. Preferimos eludir –y suprimir– la ciencia y el pensamiento racional y reflexivo porque ponen en riesgo esa extraña realidad que nos hemos confeccionado, y que nos genera seguridad y placer.
Nuestra natural predisposición a creer en cosas fantásticas, en absurdos y en fenómenos imposibles se puede desarrollar en el fértil campo de la ficción, no en lo cotidiano. Prefiero perderme en astronomía y astrofísica: presentan escenarios fantásticos e insospechados (y además son reales o por lo menos plausibles y posibles), muestran objetos de una belleza y majestuosidad de tal proporción que nos llevan en un viaje sorprendente. La ciencia no puede cubrir el vacío creado por la razón; eso sólo se puede lograr combinando ciencia, pensamiento reflexivo, contemplación e imaginación. Hay cosas que no se pueden anticipar, eludir ni resolver; hay que dejar de insistir en controlar cosas que están fuera de nuestro poder. La ciencia, con todo y su elemento de incertidumbre, es mucho más confiable que la condescendencia anestésica del horóscopo. No hay que confundir entretenimiento y ficción con realidad.