Causa de muerte

Ciudad de México /

Tengo una tía historiadora y siempre que la visito en Tampico me enseña papeles e investigaciones muy interesantes. Hace unos días me compartió un archivo de la parroquia de Pueblo Viejo, Veracruz. Una parte captó mi atención: el libro de defunciones de los años 1853 a 1884.

Dice mi tía que la mejor manera de conocer la historia de un lugar es accediendo a los archivos de las iglesias, pues ahí se guardan trámites, estadísticas, hechos notables y miscelánea de interés.

En el archivo de muertes que leí me encontré con datos de interés: Doña Josefa Roldán murió de aire. José María Guevara, de tisis. Un señor soltero de 50 años murió de convulsión al corazón. Camila Zaleta y Marcelino Ramírez, ambos murieron de espanto. Una soltera de 35 años murió de tristeza, mientras que un peón murió de fiebre pútrida. Escrito está que don Antonio Zaraús murió por otro que le enterró un cuchillo en la espalda y más adelante se sabe que la hija de Mariano Escandell se ahogó. El infrascrito anota haber dado sepultura al cadáver de Juana Sánchez, que murió de tiricia prieta y que dejó viudo a don Cástulo Albarrán, quien meses después falleció de hidropesía complicada con asma. Hay mención de que Domingo Blanco murió de fiebre perniciosa y que era casado, pero no se sabe con quién. Vicente Rivero y a Josefa Sobrevilla, ambos del rancho El Aguacate, murieron de tos chifladora. Otro vaquero de 40 años, vecino del rancho San Isidro, se murió de insulto. Otro que era de por ahí murió por comer tierra. Tomasa Maya murió de ataques nerviosos, y fue repentino.

Luis Cordero, un cigarrero, se murió de detención de orina y a otro que murió de cólera morbus se le celebró un entierro menor y sin pompa porque ni era conocido ni tenía dinero. María Justina murió por haberle muerto un perro arrabiado, mientras que Antonio Mateo dejó este mundo por causa de los enojos. Sigue la lista: mueren de jaquecas, de empacho, de mosisuelo, de garrotillo, de lombrices, por heridas y accidentes, por razones desconocidas que Dios les manda, de postema, vómitos, durante el parto, constipación, espasmo, hinchazón, ictericia y hasta por ir distraído.

Un niño de apenas un año murió de ansias, otro murió al nacer y un tercero, de fríos. Luego puede leerse que un transeúnte que venía de Pánuco muere picado por una tarántula. Don Rafael Contreras murió por falta de campanilla. A una bruja se le acusa de haber matado a Leovigildo Correa, quien murió de hechizo. Otro vaquero murió de golpes recibidos de un caballo que amansaba.

Un tal Juan López se muere de dolor ventoso. Otro hombre, Teodoro Pacheco, soltero y natural de España, murió de 120 años; se confesó y testó. Agrega que murió de viejo. Otro viejo murió y no testó por pobre. Antonio Bayón murió de catarro en la vejiga.

José Rivera murió de ystérico. Bicente Peña (sic) tuvo un final dramático; a su cadáver se le dio sepultura eclesiástica en el camposanto de la iglesia, o más bien a unos huesos suyos que se encontraron en el vientre de un animal que se lo comió: murió de habérselo comido una tintorera.

Un hombre no identificado no se confesó porque murió asesinado. Antonio Aragón dejó este mundo por causa del insulto cerebral. Un tal señor Lagos murió de accidente interno de la barriga mientras que Toribio Mora murió de pujas. Un sargento de caballería murió de un cañonazo. De un último peón se sabe que murió porque lo arrastró un gato pintado hacia el monte pero nunca hallaron el cuerpo.

Se muere uno de tanta cosa. Yo por mi parte no tengo inconveniente de morir de muchas maneras, pero nunca de espanto y menos comido por un tiburón.

chefherrera@gmail.com

  • Adrián Herrera
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS