Columna de Adrián Herrera

Contacto extraterrestre

Adrián Herrera

Mi niñez transcurrió completamente en la década de los setenta. Crecí con el programa espacial, los carros gigantes de 8 cilindros, la mítica serie Cosmos de Carl Sagan y revistas de Popular Mechanics, National Geographic y ciencia ficción (mi papá era ingeniero). También me tocó vivir lo que, en mi nunca humilde opinión, fue la mejor década para el rock n’ roll. De eso hablamos después. Volvamos a Carl Sagan. Cosmos fue un éxito total. Nos sacó de nuestra diminuta y oxigenada roca y nos llevó a conocer el sistema solar –y más allá–. Importantísima la labor de difusión científica a nivel masivo que tuvo. Más o menos al mismo tiempo salió una entretenida serie llamada Proyecto Libro Azul, basada en un proyecto real de la fuerza aérea estadunidense iniciado a finales de los cincuenta (cancelado en 1970) y que tenía por objetivo el demostrar si la presencia de OVNIS representaba una amenaza y, de pasada, estudiar las características de estos objetos. Todo aquello era fascinante; vivíamos en una mezcla constante de viajes a la Luna, programas de ciencia ficción y de misterio científico y libros de difusión científica (Jacob Bronowski e Isaac Asimov, entre otros). Todo eso nos puso a soñar. Viajamos.

Y la música no se queda atrás. Recuerdo dos canciones: “Come sail away”, de Styx, y “Calling occupants of interplanetary craft”, de The Carpenters. En la primera el narrador se encuentra en un barco navegando en altamar. Después de un tiempo alucina e imagina que un grupo de ángeles se concentra a su alrededor y lo invitan a navegar. Más tarde se da cuenta que no son tal cosa, sino extraterrestres que de pronto se suben a una nave espacial y vuelan hacia el espacio exterior. En la pieza de los Carpenters, un alterado locutor de radio recibe una llamada de lo que él se imagina es un radioescucha que quiere que le pongan una canción pero no, en realidad es un viajero interestelar diciendo que (ellos) están observando nuestra Tierra y que quieren establecer contacto. Otro género que me cautivó fue la música espacial electrónica de autores como Tangerine Dream, Jean Michel Jarré, Hawkwind y Vangelis, entre muchos, lograron crear atmósferas que iban de lo fantástico a lo científico.

A Sagan mucha gente lo asocia con Cosmos, pero el astrónomo es más importante por otra cosa: la exploración de los planetas, la búsqueda de inteligencia extraterrestre y el proyecto Voyager. Se trata de un épico viaje de dos sondas para –originalmente– estudiar a los gigantes Júpiter y Saturno. La misión se extendió después para visitar Urano y Neptuno, y finalmente pasó a una tercera fase de exploración del espacio interestelar. Así o más verga. Nos otorgaron información crucial sobre estos astros y sobre el sistema solar en general y nos llevaron a donde, como dice el epígrafe de la serie de Star Trek, “to boldly go where no man has gone before”. Y esto viene de una misión que ya cumple 40 años. Y hablando de eso, la película de Star Trek, estrenada en 1979 y considerada un clásico del género, habla justamente del Voyager, el protagonista misterioso del filme.

Viví una infancia soñando con las estrellas, con viajes interestelares, alienígenas, planetas increíbles; una infancia repleta de ciencia, descubrimiento, música y literatura. Hace unos días me tatué en el brazo un diagrama del Voyager. La nave tiene un significado especial para mí; no solo porque me tocó vivir la década donde se concibió y lanzó al espacio, sino por lo que logró. El coctel de experimentos que trae encima nos permitió ver cosas que solo habíamos podido ensayar mentalmente y crear hipótesis sobre ellas. Confirmó muchas suposiciones y corazonadas, y reveló cosas nuevas. Aún lo hace: es el único proyecto que ha salido del sistema solar y que, con una tecnología de los años setentas, sigue enviando información sobre su viaje. Un auténtico Star Trek, no mamadas. Los Voyagers llevaron no solo nuestra tecnología al espacio, sino nuestra voluntad, curiosidad e imaginación. Además de aparatos científicos, cargan una placa con dos humanos desnudos, hombre y mujer saludando y un disco LP de oro con ruidos, música y otras cosas. Imagino que, en algún punto, alienígenas darán con la sonda y, al ver la placa, pensarán algo como “¿Bueno y quiénes son estos seres encuerados que hacen ruidos extraños?”. Lo interesante es que enviamos nuestra música y voces a la galaxia.

Somos verdaderos viajeros. Hemos evolucionado millones de años hasta el comienzo de la civilización y la era científica para lanzarnos al espacio. Quizá no tan lejos como quiséramos, pero es un chingo. Mire: hermanos Wright, 1903, Kitty Hawk, Ohio: primer vuelo en aeroplano propulsado. París, Jean-François Pilâtre de Rozier y François Laurent d’Arlandes vuelan en 1783 en un globo diseñado por los hermanos Montgolfier. 108 y 234 años de distancia respectivamente desde esos vuelos primigenios hasta la salida de los Voyager del sistema solar. No es nada.

Quizá algún día, en algún lugar muy pero muy lejos de nuestro pálido punto azul y en el insondable, oscuro, vasto y frío silencio del espacio, alguien nos escuchará.

chefherrera@gmail.com

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