El mundo sería un mejor lugar con el amor”.
Escuché esto en una canción de los años sesenta.
Pues no.
El bienestar del mundo no tiene nada que ver con el amor ni con las buenas intenciones. Lo siento, pero esa es la realidad.
Primero quiero cuestionar el concepto de amor y después tratar de comprender su portentoso –pretencioso– poder sobre los acontecimientos mundiales (que ni al caso que lo diga, distan mucho de tener el más mínimo efecto reparador del amor).
Quiero entender a qué se refiere la canción cuando habla de “un mundo mejor”. Entiendo que la canción se escribió en un momento histórico preciso y muy distinto (y distante) del mío. Hay que comparar tales épocas para establecer diferencias y contrastes y determinar cuáles elementos serían fundamentales para intentar mejorar el mundo.
Mire, el mundo siempre está cambiando. Tiene sus ciclos, sus momentos. A veces mejora en muchos aspectos, pero luego termina desarticulándose para regresar a conductas de barbarie e incivilidad. En algunas partes del globo las cosas marchan bien y en otras se desata el apocalipsis. Siempre ha sido así.
Estoy convencido de que el mundo siempre ha estado fuera de toda solución permanente. O sea que no tiene remedio. Se cura a ratos, pero eso es lo mejor a lo que podemos apostar. Y ciertamente no creo que ni el amor, ni ninguna otra solución: ni mágica, ni espontánea, ni emocional, sea capaz de ayudar a componer este desbarajuste terrible en el que hemos transformado el planeta. No digo que debamos acostumbrarnos a ello, solo presento hechos evidentes.
Insisto en que hay propuestas inconsecuentes con lo que pretenden. Estas tendencias inviables se escuchan muy bonitas, pero padecen de algo esencial: se mueven impulsadas por sentimientos e ideas imposibles y tienden a ignorar la obviedad de las cosas y, muchas veces, hacen a un lado el sentido común y pues nunca logran nada. Porque los problemas del mundo no se resuelven con emociones, sino con una compleja mezcla de poder y persuasión militar, diplomacia, eventos naturales (catástrofes), guerras económicas y comerciales, y un factor más o menos misterioso que nunca hemos logrado dilucidar, pero que siempre está ahí, subyacente y activo. Pero del amor, nada. Se vale soñar, podemos imaginar un mundo mejor creyendo algunas cosas que sencillamente no funcionan, pero es mero divertimento onanístico porque, ya lo dije dos veces, ese acercamiento no produce resultados favorables.
Los idealistas tienen su lugar, sin duda, son parte de lo que somos, pero el problema no son ellos, sino las personas que en algún momento de ventaja logran convertir esas ideas en realidades políticas y sociales. Muchas de ellas con consecuencias nefastas, como el comunismo, entre otras utopías improcedentes. Vivimos envueltos en ideas sociales, culturales, económicas y religiosas tontísimas, modelos que se ha probado en otras épocas que no funcionan y, peor, que conducen a escenarios terribles de degradación, abuso, violencia y muerte. Tenemos tantos ejemplos que podemos asegurar que nuestra historia está confeccionada por más fracasos que aciertos. ¿Por qué nos dejamos llevar por esas ideas, esas agendas funestas? Primero porque nos las venden como remedios para todo mal y segundo porque una vez que esa gente llega al poder no se les puede sacar tan fácilmente porque tienen a su servicio el aparato policial y militar, el cual transforman en un instrumento represor.
Y sí, la canción de los sesenta que defiende al amor se escribió en un momento de angustia de guerra nuclear, de extinción. Tiene sentido asumir posturas defensivas ante una amenaza de esa magnitud.
Pienso que de todo lo expuesto, prefiero a los hippies, a los veganos y a los alucinados new age con sus inciensos, sus cuarzos, sus mantras y mariguana que al comunismo, a las teocracias y a los estados totalitarios. Los primeros son francamente inofensivos comparados con los demás.
Peace and love, pues, y esperemos a ver cómo será la próxima guerra.