El miércoles 1 de abril despegó la misión Artemis II hacia la Luna. Para mí fue un evento muy importante e irradié este entusiasmo entre mi familia, mi círculo cercano de amigos y entre algunos colegas. Advertí que ese día haría una carne asada para ver el despegue del cohete. La reacción de todos fue de apatía y desinterés total. Sencillamente a nadie le importó el que después del Apolo 17 (1972) regresáramos a una de las más grandes aventuras de nuestra historia.
¿Por qué los viajes espaciales no llaman tanto la atención como en otras épocas? Consideremos lo siguiente: primero fue el teatro, luego el cine y después el radio y la televisión. Todas ellas formas de entretenimiento. Pero tienen algo en común: son fenómenos sociales. La gente se reúne a presenciar estas manifestaciones. Entonces llegó el celular –y tablets– con sus series, videos, plataformas sociales y mucho (¡tanto!) más. Resulta que en estas plataformas “sociales” la idea de sociedad y de convivencia se tergiversa a tal grado que nuestra idea –y efecto– de socialización pasa a una nueva etapa de convivencia alienante donde estamos acompañados, pero solos. Esta nueva tecnología nos aisló y metió de lleno y de manera brutal en un mundo alternativo muy extraño y bizarro que ha ido evolucionando, en parte por sí mismo, en parte por la información que recibe de nuestro comportamiento allí, de forma tal que se retroalimenta y regresa estímulos que generan en nosotros conductas insospechadas, perniciosas y, en algunos casos, autodestructivas. Estamos perdiendo la noción de la obviedad, del sentido común y de la inteligencia en general. Y también la capacidad de sorprendernos con cosas más sublimes y profundas.
Un viaje a la Luna, como el que estamos viviendo ahora, no aparece tan exótico, monumental ni magnánimo como lo fueron las misiones Mercury, Gemini, Apolo, el transbordador espacial, la Estación Espacial Internacional y ni para qué mencionar la larga lista de misiones no tripuladas de sondas espaciales que hemos enviado al espacio desde la década de los cincuenta. Todo esto que le acabo de resumir es un mundo en sí mismo y es fascinante. Me encantaría que Carl Sagan estuviera aquí y ahora para decirle, en su particular tono de certeza y claridad, lo importante que ha sido la investigación del cosmos para el avance y desarrollo de nuestra civilización.
Pero esos profetas de la ciencia se han ido y los pocos que quedan no logran convencer a las nuevas generaciones de la urgencia de dejar atrás la superchería y el fanatismo e invertir tiempo en una educación real, alejada de todo este bagaje prehistórico de supuestos irracionales y de mitos inviables.
Ah, y no olvidemos mencionar a esos estúpidos ignorantes que sostienen que nunca llegamos a la Luna y, de pasada, a los cavernarios que creen que la Tierra es plana.
Antes mirábamos a las estrellas, nos hacíamos preguntas e intentábamos descifrar los códigos ocultos de un escenario del cual no comprendíamos casi nada. Pero lo fuimos descifrando, poco a poco, con intuición, con ciencia, con actitud.
Hoy hemos dejado de ver hacia afuera; pareciera que hemos cancelado el espacio exterior, desde lo inmediato hasta lo que está más allá de nuestra atmósfera, para sustituirlo por una realidad alternativa que no tiene nada de introspectiva ni que apunta a encontrar una epifanía, algo trascendente o, por lo menos, una realización pscicológica relevante. Nada. Su agenda básica es el entretenimiento, el quedar aturdidos y atolondrados, secos y vacíos. Y, finalmente, hartos. Nos envuelve el hastío, la ausencia de propósito y sentido. Tenemos miedo de escuchar los estertores del cosmos inerme, de vernos reflejados en el oscuro espejo de la nada. Quizá en esa nada encontremos algo.
No importa. Me emociona mucho nuestro regreso a la Luna y lo celebro con una carnita asada muy a estilo de Monterrey, en esta noche donde la Luna muestra su mejor cara para recibir a nuestros nuevos y arriesgados aventureros.