El muerto de la hielera

Monterrey /

Se acercaron todos a la fosa, alguien brincó dentro y abrió la tapa. Los policías acordonaron el lugar y le hablaron a la judicial. Y así se armó circo y argüende


Esto ocurrió cuando era niño y yo lo viví. Un amigo de mi papá tenía una finca y gustaba de invitar a familia y amigos los fines de semana a pasar un buen rato. Era un sitio fresco y tenía pileta, palapa con asadores y un terreno amplio para jugar. Fuimos varias veces y todavía recuerdo los nogales, una acequia antigua que bordeaba la propiedad, los zanates en los árboles en la tarde, los aromas a humo, carne asada y cerveza mezclándose con las notas a hojas secas y tierra húmeda, los perros, siempre hambrientos y con mucha energía, los nubarrones y su tronadera que se formaban encima de la sierra en verano y los mosquitos que nunca saciaban su hambre.

La finca estaba entre la ciudad y un pueblito. Cuando faltaba algo mandaban a un chofer al pueblo a conseguirlo, ya fuera hielo, carbón, cerveza o botanas.

Un domingo jugábamos en la explanada y dos trabajadores cavaban al fondo de la propiedad para hacer una fosa séptica. Llevaban días en aquella faena y esa tarde se sorprendieron de encontrar la fosa cubierta con tierra. Removieron la tierra para continuar con la fosa y pronto dieron con algo. Una especie de caja. Cavaron un poco más y exhibieron una caja de tamaño mediano: era una hielera de cervezas y refrescos. De esas que tienen dos tapas y se deslizan. Uno de ellos, creyendo que se trataba de un cofre del tesoro, se apresuró a abrirla, y casi se desmaya cuando descubrió un cuerpo. Cerraron la tapa corrediza y corrieron a avisar. Nosotros nos acercamos, pues sentimos curiosidad. Un niño más grande que nosotros, creo que se llamaba Ramiro, echó un brinco en la fosa y corrió la tapa: –¡Ábrela más, que no se ve nada!–, gritó alguien. Con esfuerzo la fue abriendo y así lo vimos. Estaba semidesnudo, como en posición fetal. Tenía la cabeza envuelta en un trapo sanguinolento, las manos atadas y todo el cuerpo picoteado. Ah, y los genitales mutilados. Ramiro tomó un palo y comenzó a hurgar el cadáver: –¡Déjalo así, tonto!–, dijo uno. –¡Vámonos, que ya viene la gente!–, grité yo. Lo ayudamos a salir y solo alcanzamos a escuchar los gritos de los adultos que nos fuéramos. Nos dispersamos y más tarde nos reunimos en la parte de atrás de la palapa para intercambiar impresiones. Los “grandes” (así les decíamos a los adultos) inspeccionaron el entierro y pronto enviaron a alguien a dar aviso a la policía. Y no tardaron en llegar. Se acercaron todos a la fosa, alguien brincó dentro y abrió la tapa. Los policías acordonaron el lugar y le hablaron a la judicial. Y así se armó circo y argüende. Para cuando nos fuimos, la policía interrogó a todos, sacó fotos, recabó identificaciones, recorrió la finca y los alrededores, cuestionó a los vecinos y espero a que llegara el forense.

Luego nos enteramos de lo que había sucedido. En esta parroquia trabajaban un acólito y otro muchacho. Resulta que el acólito era el preferido del cura. Usted me entiende. El padre, por otro lado, tenía una relación simultánea con el otro joven e intentaba mantenerla discreta para no alborotar al acólito. Pero con el tiempo aquello se fue enredando; el acólito se dio cuenta de aquella relación y comenzó a ponerse celoso, y violento. Amenazó al tipo que frecuentaba al padre y fue progresivamente acumulando energías oscuras. Y así ocurrió: una noche bebían en la parte trasera de la iglesia. Las efervescencias del alcohol despiertan demonios y el acólito se fue encima de esta persona. Lo apuñaló muchas veces. Bebió cerveza, lo miró retorcerse y mientras se desangraba fue a su camioneta, sacó un trozo de tela, se lo amarró en la cabeza y le dio duro con la barra para cambiar la llanta. Le destrozó el cráneo. El cuerpo dejó de moverse y el acólito se sentó a beber cerveza. El padre miraba la escena desde dentro. El acólito lo desnudó y cortó sus genitales.

La versión oficial no menciona al padre, pero se sabe que fue él quien le ayudó a limpiar el patio, acomodar el cuerpo en la hielera de cervezas, subirlo a la caja de la camioneta y enterrarlo en la finca. Resulta que el asesinado era sobrino del dueño de la finca. Y el padre conocía bien a todos. Y esa noche, entre el pánico y los confusos vapores del alcohol, decidieron esconder el cuerpo en aquella fosa, pues fue lo más inmediato que se les ocurrió.

Al homicida lo guardaron en el penal y allí lo apuñalaron. Al padre lo reubicaron en una parroquia en el sur del país, nunca dijeron dónde y no se supo más de él. La finca ya no existe: la mancha urbana la devoró y ahora es plaza comercial.

  • Adrián Herrera
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