Espiritualidad contemplativa

Monterrey /
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Hace años escribí un libro, Púdrete en el infierno. Trata sobre cómo perdí mi fe en la religión y en Dios a finales de la secundaria y principios de la preparatoria. En ese libro expongo las razones por las cuales dejé de creer tanto en Dios como en las religiones, y opté por una vida libre de toda esa parafernalia mística y moral. El problema vino cuando, ya libre de toda esa morusa de indoctrinamiento religioso, no advertí que me había lanzado a un vacío frío y absoluto, en el cual se perdía toda esperanza y sentido. Me quedé helado.

Entré en un espiral vertiginoso de ansiedad, de horror existencial y de crisis psicológica muy seria, pues no pensé que después de la tormenta de reacciones turbulentas y militantes netamente anárquicas y nihilistas, debí haber elaborado alguna especie de plan para llenar el vacío tremendo que se iba a generar. No lo pensé porque estaba más ocupado gritando, rabiando y denunciando que analizando las consecuencias de mi aventura de destete no sólo de la religión que me había sido implantada desde niño, sino de las conexiones sociales implícitas en ello.

A partir de eso comprendí que no sólo se trataba del acto mecánico e impulsivo de negar una religión o los conceptos inherentes a ella, sino de la connotación social, histórica. En pocas palabras: se puede discutir y rechazar una idea, un sistema, pero no un cúmulo de recuerdos, de experiencias, de tradiciones, hábitos y costumbres ligados a ella. Es imposible hacer eso porque buena parte de lo que somos está confeccionado con esos elementos. Negarlos es un despropósito, un acto de alienación.

De la religión voy a quitar algunas cosas que me parecen innecesarias y estériles, y las voy a sustituir por otras que me parecen más adecuadas a mi manera de pensar y sentir, basados en mi experiencia, en mi evolución y criterio.

Se va Dios. Se van también todas las derivaciones primitivas, absurdas y pueriles generadas a partir de esas religiones ancestrales, incompatibles con el momento que vivimos. Así le puedo dar una lista de tantas cosas que les tengo que meter tijera. Pero lo importante es ponerle atención a los huecos que quedan de toda esta limpia. Una de las funciones más importantes de todo esto es la espiritualidad. Las religiones secuestraron algunas funciones basales de la cognición, esta es una de ellas. Adaptaron este proceso a sus principios alrededor de la idea de un Dios, y excluyeron su validez y funcionalidad fuera de esta asociación. Recordemos que uno de los mecanismos para desarrollar la espiritualidad es la contemplación. Según las religiones cristianas, la contemplación sin la idea de Dios no lleva a nada. Por supuesto que esto no es cierto y representa una vejación de la naturaleza misma del ser humano; condicionarlo –y coercionarlo– a creer ciertas cosas y excluir otras sin un proceso previo de cuestionamiento y reflexión es un verdadero pecado.

Apreciar la belleza, sentir lo sublime, asombrarse con la magnanimidad de los fenómenos de la naturaleza, sentir el horror del vacío, la angustia de la finitud de la existencia, la pérdida del sentido y el propósito; dejarse envolver por el misterio de lo que nos rodea, cuestionar las ideas que tenemos de la realidad, todo eso es lo que nos define y no debemos limitarlo ni mucho menos censurarlo y negarlo. Dejemos que ocurra, vivámoslo.

Hay que recuperar la idea y el proceso mismo de la espiritualidad, arrancarlo de las garras incolumnes y de las prefiguraciones inamovibles de la religión o de cualquier otro sistema totalitario, es un requerimiento irrenunciable de nuestra humanidad. ¿Es posible un proceso de espiritualidad sin Dios, sin un prospecto de existencia extracorpórea y de una realidad fantástica, etérea y eterna? Sí. Absolutamente. Y eso es con exactitud lo que he estado confeccionando todos estos años después de haber pasado por esta fase de evolución personal.

Hay que aceptar lo que somos, no ocultarlo ni sublimarlo en estructuras y esquemas que contradicen esa naturaleza.


  • Adrián Herrera
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