Era una reunión de negocios. Se estaba considerando mi participación en un proyecto. Llegué con un dossier que tenía toda la información que me pidieron, me sirvieron café, uno de los socios de la firma me presentó, nos saludamos y me indicó que comenzara mi exposición. Saqué del portafolio una serie de copias con el resumen de mis ideas, las repartí y fui punto por punto explicando mis ideas y acciones. No habían pasado cinco minutos cuando advertí que nadie, absolutamente nadie estaba poniendo atención. Yo estaba hablando, con el resumen en la mano, y ellos veían su celular. Chateaban, hacían scroll o checaban correos. Seguí hablando un par de minutos más y entonces me quedó claro. Tomé mi portafolio, le di un sorbo al café y me largué. Caminé por el corredor, me subí al ascensor y cuando llegué a la planta baja sonó el teléfono. No contesté. Era el tipo que me había invitado a la reunión. Mandó mensaje. Lo ignoré. Cuando llegué a casa vi que tenía ya varios mensajes, uno con audio: –Fue una grosería lo que hiciste, te fuiste sin dar razón ni despedirte. Contesté: –Grosería la de toda esa gente –incluido tú mismo–, la de ignorarme cuando estaba exponiendo mi participación en ese proyecto: cada quien metido en sus celulares como si fuera de lo más normal. Por lo menos yo sí tengo la educación para contestarte. Lo que hice después fue bloquear a este payaso.
En otra ocasión estaba con un grupo de personas con las cuales discutía una tema importante. De todos, había uno que, absorto, parecía estar involucrado en una conversación muy importante que lo mantenía efectivamente alienado de la junta. Perdí la paciencia; le llamé la atención, bajó el teléfono y le dije: –Queda claro que tienes algo más importante que atender que esta junta, así que te voy a pedir que salgas ahora mismo de la sala.
El tipo entró en shock, hizo para atrás la silla, se echó el celular al bolsillo y se retiró. La sala quedó en silencio mientras esa persona cerraba la puerta y se perdía en el pasillo. Entonces continué con la reunión.
Esoy harto. Vengo de otra época. No digo que las cosas fueran mejores ni peores antes u hoy: hay de todo. Ese no es el punto. El asunto es que no se justifica el que alguien te ignore o que se muestre indiferente –o ausente– cuando está en una situación en la que se está haciendo algo que implica poner atención, ya sea por una junta de negocios o simplemente en una reunión de amigos. Y no es la primera vez que hago una rabieta por el tema de los celulares, pero como veo que no hemos avanzado en este apartado, me veo en la urgente necesidad de seguir insistiendo.
¿En qué momento normalizamos esta falta de respeto hacia otras personas y hacia nuestra manera de relacionarnos? Esto es una enfermedad, no me diga que es otra cosa. Es una patología y debe estudiarse y tratarse como tal. Por lo pronto mi terapia es contundente y sencilla: si en una situación específica alguien se la pasa en el teléfono, que se vaya. Y si son muchos, el que se retira soy yo. Ya estuvo bueno. Si las personas son incapaces de controlar esta ansiedad estúpida de estar viendo el celular cada 20 segundos, entonces no pueden controlar sus vidas ni sus emociones, ni mucho menos tomar decisiones importantes. Ellos deben estar solos y aislados.
Por eso no tolero las televisiones en un restaurante. A menos que se trate de un sports bar o un sitio con esa modalidad, yo voy a un restaurante a comer y a convivir con gente, no a ver tele. No me putamadre jodan. En mi restaurante hay televisiones, sí, pero están apagadas. Están de adorno. Las tenemos allí sólo cuando se dé un evento muy importante, con eso no tengo problema.
No sé en qué momento perdimos esta capacidad para relacionarnos unos con otros de manera orgánica y nos transformamos en artífices zombificados de esta tecnología maravillosa, a la cual poco a poco vamos entregando nuestra humanidad y que nos va alienando de manera absurda.
Ya mejor convertirnos en androides cibernéticos, qué más da.