He estado viendo La Jetée y Sans Soleil, de Chris Marker, un cineasta francés. Conforme veo sus películas, una voz en off dice cosas que se relacionan con las imágenes. Me voy metiendo en la obra cada vez más y cuando algo me pega, pongo pausa al video y tomo notas de aquello que me estimula o que me lleva a reflexionar. En cierta parte del filme dice:
–¿Se puede realmente recordar? No. La memoria se escribe de la misma manera en que se escribe la historia.
Sobre lo primero, creo que recordamos –es decir, reconfiguramos nuestros recuerdos– de acuerdo a lo que nos conviene, a lo que queremos. Primero, porque es cómodo, y segundo, porque es fácil. Podemos recordar lo que queramos y de la manera en que nos plazca y nadie nos va a refutar o a cuestionar nada. Pero también está el asunto de que nuestros cerebros no son computadoras y no registran lo que perciben de manera cien por ciento clara y, además, llenan los huecos con fantasías, tergiversaciones y hechuras netamente espontáneas y ficticias. O sea que recordar no es un proceso fiel, es un fenómeno complejo donde intervienen los factores ya mencionados. Y sí, eso tiene su valor, porque entonces nuestra memoria es una fábrica majestuosa de historias, que no de recuerdos fríos propiamente. Una gran ventaja es la presencia de evidencia mediata, como fotos y videos. Pero eso solo conforma un porcentaje de los recursos que tenemos para crear historia y memoria. Si nos quedamos solo con lo que procesa nuestro cerebro, predomina la ficción.
Recordar es reconfigurar, actualizar, meter ajustes, novedades, quitar cosas y creo que tiene que ver más con olvidar que con mantener vivos los recuerdos. Sospecho que nuestra memoria tiene más olvidos y omisiones que recuerdos. Somos muy quisquillosos. Pero también tiene que ver con el hecho de que recordar también es ser observado. Porque un mismo hecho es traído al presente de manera distinta por el observador y por el observado. He escuchado recuentos de cosas que viví y que, francamente, no recuerdo; algunos puntos que se mencionaron, o recuerdo haberlos vivido de otra manera. Es un lío. Entonces pienso que la memoria también puede ser un consenso, una especie de acuerdo, una decisión deliberada sobre la forma en que queremos recordar las cosas, porque no solo son los recuerdos aislados, sino la manera en que queremos estructurar estos recuerdos en un cuerpo que, como ya dije, se acerca más a una narración ficticia que a un recuento de hechos contundentes.
Volvemos a la fotografía y al cine: ver de frente a la cámara es reconocer que estamos siendo vistos. Chris Marker comenta:
–Qué tontería la que te enseñan en la escuela de cine, la de pedirle a la gente que no mire directamente a la cámara.
Y es que la cámara nos obliga a cuestionar quiénes somos: ¿Por qué nos observan? ¿Qué ven en nosotros? ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos? Quizá por eso nos gustan tanto los espejos, porque muestran a otra persona, aquella que pretende mostrar algo que a nosotros nos falta, cosas que ansiamos, que deseamos, que soñamos o que no logramos reconocer.
Y bajo un mecanismo similar construimos nuestros recuerdos y configuramos alrededor de ellos esta narrativa meramente ficticia, basada en la realidad, claro, pero al final literaria. Construimos la historia que mejor nos acomoda. Aquí no predomina la objetividad ni la búsqueda de la verdad. Eso no tiene sentido.
Y así caemos cotidianamente y de forma constante y perpetua en un abismo vertiginoso creado por nuestra tendencia a ir destruyendo nuestra propia historia, sustituyéndola por una farsa incongruente y, a ratos, procaz.
La construcción de nuestra historia no es más que un maquillaje, una máscara, una prefiguración fantástica, una sátira de carcajada que nos envuelve en esta puesta en escena momentánea y gratificante, pero que no es más que un placebo que raya en lo ridículo, una sucia mentira que esconde una realidad que no queremos ni podemos aceptar ni confrontar.