Este amigo es descendiente de comerciantes de origen árabe. Su bisabuelo materno llegó de Siria y su abuelo paterno era libanés. Ambos inmigrantes eran comerciantes. Pues nuestro amigo creció en una familia que hasta la fecha se dedica a vender cosas, y aprendió muchas y muy valiosas lecciones de sus padres y tíos. Es famoso por ser un gran vendedor y siempre hace alarde de ello. Dice que es capaz de vender cualquier cosa, lo que sea. Sólo hay que saber cómo. Hace unos años estábamos en una carne asada. Ya entrados en alcoholes, alguien lo retó: –A ver, si eres tan bueno como dices, véndele una piedra a ese cuate que está allá, junto al asador–, le dijo un amigo. Nuestro amigo aceptó. Salió de la casa, atravesó la calle, se metió en un lote baldío, merodeó unos minutos, recogió un pedazo de block de construcción y regresó. Pidió una toalla de cocina, limpió el objeto, lo envolvió en la toalla y lo colocó ceremoniosamente sobre la mesa. Minutos más tarde el señalado se acercó y mostrando curiosidad por el bulto, preguntó qué era aquello. –Ya te explico, pero siéntate y sírvete otra cerveza–, respondió el vendedor.
Entonces comenzó la función. –Este es un pedazo de historia mágica–, dijo y descubrió el objeto: un trozo de block de cemento con un poco de estuco y un mosaico con figuras geométricas que cautivaron al incauto. –Esto es lo único que queda de la casa del hechicero más famoso de esta ciudad, Atanasio Rosenberg, quien murió en los años 40–. –¿Hechicero?–, preguntó el sujeto. –Sí, un mago que llegó de Moldavia a México a principios del siglo 20, huyendo de una cacería de brujas y magos desatada por el gobierno y la Iglesia católica–. –¿Y entonces qué pasó?–, preguntó aquel incauto mientras bebía cerveza. –Bueno, pues Rosenberg se instaló en una casa en un barrio exclusivo y la transformó en una especie de oráculo donde poco a poco se fue dando a conocer entre la alta sociedad como un mediador entre el presente y el futuro, y como una persona que controlaba las poderosas manifestaciones de otras dimensiones y realidades. Y en cuestión de unos pocos años ya era una celebridad. No sólo adelantaba catástrofes y tribulaciones sociales (adelantó el estallido de la Revolución Mexicana), también tenía el poder de sanar condiciones clínicas terminales. Así pasó muchos años, recibiendo y atendiendo a una larga lista de personas importantes, desde Plutarco Elías Calles y Pascual Ortiz Rubio, Dolores del Río, Charles Lindbergh y Diego Rivera, entre otros–.
–¿Y luego qué le pasó?–. –Ah, pues la Iglesia católica comenzó a presionar para que Atanasio abandonara sus prácticas misteriosas y en 1946 murió: lo envenenaron. Tiempo después en su vieja casa comenzaron a manifestarse eventos paranormales, y fue tal el impacto de esto que terminaron demoliendo la propiedad y la gente comenzó a robar pedazos de aquella ruina. Luego se dieron cuenta de que esos fragmentos tenían poderes y cosas buenas ocurrían a quienes los poseían–. El sujeto llevó su mano hasta el objeto y lo rozó. –¿Sentiste una extraña energía, un curioso hormigueo?–. –¡Sí lo sentí! –, espetó el sujeto y el rostro se le había iluminado: estaba enajenado. Entonces llegó la pregunta tan esperada: –¿Está en venta?–. Intercambiaron miradas, se levantaron, fueron a un sitio alejado y cerraron el trato. El incauto salió de la fiesta, emocionado y satisfecho. Quienes estábamos ahí festejamos con aplausos y carcajadas.
Ya para despedirse, le pregunté cuál era su secreto. –¿Has leído Las mil y una noches?–. –Por supuesto–, contesté. –Es tradición en mi familia leer ese libro, primero de niños, después de jóvenes, luego de adultos y una última vez de viejos–. –Entiendo–, y asentí prefigurando una sonrisa discreta.
Los objetos no significan nada, son sólo eso: objetos. Nosotros les damos vida y movimiento, los transformamos en historias, en deseos, en talismanes, en conexiones mágicas, imposibles: en una confabulación con el misterio del mundo y sus cosas.