En aquellos años leí Solaris, de Stanislaw Lem. Luego vi la película de Tarkovski y quedé paralizado. Es una de las 10 mejores novelas de la historia de la ciencia ficción. Habla sobre un planeta que posee vida inteligente, pero no como la habíamos imaginado; tiene un océano y el océano es la entidad consciente. Una especie de protoplasma con todas las propiedades de un organismo vivo, y más. El planeta es visitado por un grupo de científicos y éste intenta interactuar con los astronautas, pero ellos no logran interpretar esta acción y mueren acosados por los fantasmas recreados por el planeta, prefigurando en ellos imágenes guardadas en su memoria, proyecciones de sí mismos.
Aleksandr Oparin y John Haldane desarrollaron una teoría sobre el origen de la vida en la Tierra; se propuso un escenario en el cual una serie de compuestos inorgánicos, catalizados por electricidad y otros factores, generaban las moléculas esenciales para crear vida. Esto fue en 1924. Luego, en 1953, Stanley Miller configuró en laboratorio condiciones hipotéticas de ese caldo primigenio y demostró que era posible crear moléculas complejas y aminoácidos a partir de compuestos básicos.
Esas mismas condiciones que generaron un caldo primigenio para consolidar organismos procarióticos y luego eucarióticos, ¿pueden crear un ecosistema gigantesco, con las mismas características no sólo de una célula individual, sino de un organismo multicelular y, más audaz aún, inteligente?
Pero hay otro mundo igualmente fascinante y, en parte, también desconocido, y se encuentra aquí, en la Tierra: el mar. Los océanos guardan secretos insondables y realidades insospechadas. En particular, ambientes extremos donde existen formas de vida bizarras y condiciones que sugieren que la vida pudo haberse desarrollado bajo esas condiciones. Basta con ver los videos de sondas robóticas captando ambientes desolados con animales que bien podrían ubicarse en obras de ciencia ficción. Nuestros océanos son una especie de realidad paralela, un poco como la fauna fosilizada del cámbrico –hace 500 millones de años– en los estratos de Burgess, en las rocallosas canadienses, donde se descubrieron animales tan fantásticos que en principio aparecieron como increíbles. Quiero pensar que el mar, con su biomasa, sus flujos e interacciones con la atmósfera y la tierra, actúa un poco como una entidad inteligente, en donde se establece una comunicación efectiva de intercambio de pulsos eléctricos, cambios térmicos, densidades, velocidades de flujo, salinidad, grados de luminosidad y composición química. Toda esta información podría ser procesada por la biomasa de manera impensada.
Con los escenarios de Oparin y Haldane y los experimentos de Miller y Urey, Lem bien pudo imaginar, de manera correcta y adelantada, un planeta con un océano inteligente.
De esa manera me pregunto por qué no se dan las condiciones para desarrollar una biomasa atmosférica en la Tierra, pero, basado en todo lo anterior, bien podríamos encontrar un planeta con las condiciones para que vivieran seres adaptados a un entorno gaseoso, con estratos de gases de diferente composición, densidad y flujos, capaces de sostener varias formas de vida. Y, fijando la atención al suelo, sólo hay que reconocer una variedad enorme de animales que viven en la tierra y en las oscuras y frías cavidades de la corteza terrestre. Las posibilidades son enormes.
Sólo la ciencia ficción puede, por el momento, suponer la existencia de estos escenarios.
Y sí, allá en la inquietante y misteriosa vastedad del cosmos, puede haber algo.
Por lo pronto, el mundo fantástico y exorbitante de la vida está aquí, en nuestro planeta. No hemos terminado de desvelar las maravillas y rarezas de este pequeño y viejo mundo nuestro.
Y bien podríamos estar como los astronautas de Solaris: intentando descifrar un mundo que quiere comunicarse, pero no logramos comprenderlo, ni tampoco cómo relacionarnos con él.
Quizá no estemos seguros de cuál es nuestro lugar aquí.