Una de las semejanzas de la 4T con el viejo sistema político mexicano es la intensidad de las contiendas al interior del partido hegemónico. La lucha política más cruenta se libra ahora dentro de Morena, como hace 50 o 60 años se daba en las entrañas del PRI. La fuerza electoral morenista hace que quienes ganen las candidaturas en los estados —disfrazadas de coordinaciones de defensa bla bla bla— tengan una alta probabilidad de gobernarlos, y por eso los golpes y el pataleo entre aspirantes están a la orden del día. Ah, pero también hay diferencias, y una es la que sitúa los nuevos usos y costumbres cuatroteros más cerca del periodo 2000-2012 que del siglo pasado: no es la Presidenta sino los gobernadores quienes “llevan mano” en esas decisiones.
Hay evidencias de que, en efecto, las o los virtuales candidatos en las entidades gobernadas por el oficialismo fueron escogidos por las o los mandatarios salientes. No dudo que Claudia Sheinbaum haya tenido la última palabra, pero todo parece indicar que se limitó a vetar a algunas personas y que para fines prácticos las y los gobernadores se salieron con la suya. Ojo: cuando ocurrió lo mismo en los sexenios de Fox y Calderón fue porque ellos eran panistas y la mayoría de las gubernaturas eran priistas, lo cual derivó en lo que se conoce como feuderalismo: emergieron señores feudales que reprodujeron a escala, en sus terruños, el presidencialismo sin contrapesos. La autocracia priista, en su lecho de muerte, parió 32 autoritarismos estatales pródigos en corrupción y arbitrariedad. Hoy, pese a que Sheinbaum tiene el bastón de mando de Morena, sus correligionarios regionales le regatean y la orillan a negociar con ellos. Si bien influye el hecho de que ella no tiene suficientes cuadros propios a postular en la mal llamada provincia, está claro que la feudalización se explica por la diarquía del movimiento.
Sería prematuro hacer un vaticinio para el largo plazo, pues la correlación de fuerzas puede cambiar, pero los cacicazgos germinales en varios estados son evidentes. El obradorismo se ha convertido en una suerte de espantapájaros fantasmal que ostentan esos señoríos feudales para ahuyentar los designios de la Presidenta, aún renuente a contrariar a su mentor. Y entre que son peras sureñas o manzanas del norte, los gobernadores están aprovechando la neblina para sembrar parcelas de poder territorial. Los intermediarios —Esquer, Adán et al— están siendo rebasados. Y aquí la analogía histórica tendría que ir más lejos, a los tiempos del Partido Nacional Revolucionario y su confederación de caciques; habría que retroceder, ya entrados en gastos, una centuria.
La transición democrática tuvo, ciertamente, aquel efecto secundario. El fin del presidencialismo omnipotente, un avance incuestionable, propició el surgimiento de nefandas satrapías que emularon el caciquismo regional del PNR. La 4T restauró las avenidas de un Ejecutivo federal absolutista pero, acaso sin planearlo, su segundo piso abre una vuelta en U rumbo al feuderalismo. A vialidad revuelta, ganancia de gobernadores.
PD: La 4T dice valorar la doble nacionalidad. Demuéstrenlo: quiten la restricción a los mexicanos por naturalización. Ahí está mi iniciativa congelada en el Senado, Ignacio Mier. Pregúntale a Ricardo Monreal.