El retoño del patriarca

Ciudad de México /
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Reapareció Andrés Manuel López Obrador. En un video difundido la semana pasada habló de todo, hasta de su nuevo libro. Corrijo: de casi todo, porque si bien presumió la reducción de la pobreza —santo y bueno— eludió el tema de la corrupción de su gobierno.

Nada dijo de la Barredora, el huachicol fiscal o las narcoelecciones en Sinaloa. Exhortó fugazmente a no mentir, no robar y no traicionar al pueblo pero, quizá por rubor, se limitó a reivindicar lo que hizo en materia de austeridad gubernamental. Ni una palabra sobre las carpetas abiertas tras su salida en relación con el cártel que nació en Tabasco o el descomunal negocio ilícito del contrabando de combustible o las acusaciones contra su operador sinaloense. Nada.

El video es un mensaje político. Si hubiera querido presentar la obra que, según confesó, tituló Pueblo para seguir fastidiando sus enemigos —no ha superado el rencor pese a que ejerció sus venganzas a placer durante seis años—, la grabación habría durado unos diez minutos. Quería reforzar la idea de que fue el presidente de los pobres, aunque también haya sido el de los corruptos. De paso, reiteró su tesis sobre los angelicales dominios prehispánicos —dedicó más tiempo a su libro previo, Grandeza— y anunció un generoso tercer texto que iluminará el camino que debe recorrer la sociedad estadounidense para salir de las tinieblas. Pero insisto, lo más significativo no es lo que dijo sino lo que no dijo. No intentó defenderse de los graves señalamientos contra su círculo íntimo, como hacía en las mañaneras cada vez que surgía la menor insinuación de corruptelas en su entorno. Habló más de una hora y lo que hoy reverbera es su silencio.

No me sorprende que haya eludido el tema. Las evidencias de los niveles históricos de la corrupción del sexenio anterior son contundentes, e intentar refutarlas sería insultar a la opinión pública. Lo que me llama la atención es que, una vez más, se haya negado a retirar la inmunidad que la cercanía con él les da a los obradoristas, algo que sólo le habría tomado un minuto: “si alguien cercano a mí traicionó mi confianza”, pudo haber dicho sin despeinarse, “que se le investigue, porque yo no sostengo relaciones de complicidad con nadie”. Supongo que piensa que ya ni deslindarse puede, y que por eso refrendó la señal, tan sibilina como contundente, que ha enviado de 2024 para acá: “si los tocan a ellos me tocan a mí”.

¿Es necesario explicar el descaro con el que actúan los retoños del obradorismo? ¿Cómo no van a sentirse intocables, si se saben protegidos por el patriarca? A mi juicio, la ausencia de un deslinde explícito de AMLO respecto de Adán, Ojeda, Rocha et al tiene una causa primordial: la consciencia de que la caída de cualquiera de ellos lo jalaría a él. Pero, en cualquier caso, el efecto es un gran incentivo a la corrupción: lo peor que puede pasar a quienes protege el fuero patriarcal, aunque mientan, roben y traicionen al pueblo, es perder protagonismo. Salvo algunos alcaldes y cuatreros de poca monta, los obradoristas corruptos pueden gozar sus fortunas en paz, pues a los neomachuchones no se les toca ni con el pétalo de una investigación. En esa circunstancia, ¿cuántos representantes del oficialismo van a dejar de aferrarse al obradorismo y de medrar con la corrupción?


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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