Trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social salieron a la calle por un conflicto sindical. Puesto que lo hicieron con sus carencias a cuestas, la opinión pública les dio la razón y la protesta trascendió el aumento salarial. Muchos recordamos que la inveterada precariedad del sistema se exacerbó en el gobierno de López Obrador. Como digo en mi libro La era de la ira, “En vez de invertir su capital político en la forja de un sistema de salud universal… fundó el Instituto de Salud para el Bienestar… y lo clausuró a tres años de su creación con un quebranto a las finanzas públicas; avaló, además, un manejo tan politizado como desastroso de la pandemia, propició un desabasto de medicamentos que a la fecha no se ha podido corregir y duplicó el porcentaje de mexicanos sin acceso a la salud pública”.
Y es que los populistas no reconstruyen: destruyen. Su repudio maximalista al orden establecido los lleva a demoler antes de pensar en la nueva edificación, a despreciar a los expertos y a diseñar sobre las rodillas. Así canceló AMLO el Seguro Popular, así creó el Insabi y así le fue a México. Tomó decisiones impulsivas, sin estudio ni planeación, sesgadas por dogmas y fobias. A partir de una obviedad —la corrupción en la compra de medicinas— y de una ocurrencia —la logística para distribuirlas es literalmente pan comido— discurrió prácticamente empezar de cero. El resultado fue desastroso. Todo empeoró precisamente porque no consultó a los especialistas, no preparó una transición y pagó las consecuencias. Los “radicales” proclaman que hay que cortar los problemas de raíz, a machetazos, como si las raíces no se hundieran y bifurcaran, como si no tuviera ciencia arrancarlas.
El IMSS es una institución apreciada por los mexicanos. Pese a sus rezagos y errores, todos valoramos el servicio de su personal, que suele hacer milagros para subsanar carencias y contrarrestar el desbordamiento de la capacidad instalada en sus clínicas y hospitales. Los mejores médicos y enfermeras del país cumplen ahí con sus responsabilidades gracias a su talento, su esfuerzo y su creatividad. Y algo similar puede decirse del Issste et al. La red es compleja, y su problemática lo es más, lo cual obliga a buscar soluciones bien pensadas, desarrolladas por expertos.
Como digo en mi libro, AMLO tenía todo para forjar la salud universal en México. Pero mientras más sobaba la exótica comparación con Dinamarca menos satisfacía las necesidades del sector y más ofendía la inteligencia de los mexicanos. Prefirió desperdiciar su poder en revanchas y el presupuesto en trenes, aerolíneas y demás proyectos no prioritarios. Ahora es la presidenta Sheinbaum quien tiene la palabra. Si quiere universalizar y mejorar el sistema de salud tiene dos opciones: una reforma fiscal o la cancelación del subsidio a algunas de las obras de su predecesor. La primera sería costosa en términos políticos, por su impacto en la inversión, y la segunda riesgosa para la unidad de su partido. Esta última es mejor para ella que no hacer nada: abrir el IMSS a toda la población sin aumentar infraestructura y recursos humanos agravaría la crisis de saturación, lo que le restaría más votos a la 4T.