La ciudadanía de las mujeres ha sido objeto, a lo largo de su historia, de poderosos intentos de embate. Esta nueva conmemoración del voto de las mujeres en México, no es la excepción. Hoy enfrentamos los intentos del poder conservador de devolver a las mujeres al espacio doméstico, a través de narrativas como las ‘tradwives’ (esposas tradicionales), ampliamente difundidas a través de redes sociales como TikTok principalmente entre las mujeres más jóvenes. De la mano de esta cultura, iniciativas como la del ‘voto familiar’ (household voting), buscan eliminar el sufragio individual de las mujeres por un único voto por familia, ejercido por el hombre.
No obstante el fenómeno toma relevancia por su aparente novedad, es necesario el ejercicio de la memoria a través de los procesos históricos clave que han definido la domesticidad como eje de la condición de las mujeres y de la negación de su ciudadanía.
Su materialización se concretó en el siglo XVII. Sin embargo, encontramos sus antecedentes en los propios inicios de la civilización occidental. Ya desde la Antigua Grecia existía el concepto de oikos (hogar) que designaba el espacio correspondiente a la reproducción, la satisfacción de las necesidades de los otros y la subordinación. Las tareas realizadas en este ámbito se definieron, desde entonces, como necesarias para sostener las verdaderamente importantes, las de la polis, el lugar de las libertades entre sujetos iguales.
Es hasta los siglos XVII y XVIII que la descomposición del orden feudal a favor de la participación popular, su soberanía, propicia el nacimiento del espacio público (el espacio de la economía, de la política y de la cultura) como el lugar para ejecutarla.
En el siglo XIX, la Revolución Industrial en Inglaterra concreta la separación de la esfera de producción doméstica y la mercantil. Al mismo tiempo, este proceso acuña dos poderosos conceptos: actividad e inactividad. El trabajo solo será vinculado a la producción y a la retribución económica como signo de su valor. La inactividad, al trabajo que no produce bienes de cambio y que, por tanto, no tiene un valor. La esfera doméstica queda entonces designada como el espacio de realización de tareas meramente reproductivas y pensada para la satisfacción de las necesidades básicas de los miembros de la familia, sin que sean objeto de una remuneración económica.
Estos acontecimientos determinaron también quiénes serían sus protagonistas, al tiempo que les estipularon derechos y obligaciones, es decir, al tiempo que les fueron delineando los rasgos de su condición social. Al espacio doméstico se le asignó como responsable a la mujer, “la guardiana de las buenas costumbres”, y al hombre al espacio público, el espacio de las decisiones políticas. La idea subyacente en esta designación era: las mujeres al hogar y los hombres a la plaza.
¿Qué argumentos sirvieron como base a tales designaciones? En La construcción del sexo, Thomas Laqueur (1994) señala que, con el advenimiento de la Modernidad, la distinción entre dichas esferas se definió sobre la base de la desigualdad de género. La naturaleza masculina, señalaban los promotores de este proyecto, los mismos que construyeron el pensamiento ilustrado-liberal, era característica por su racionalidad, su imparcialidad y su independencia, atributos necesarios y suficientes para ocupar el espacio público y ejercer su ciudadanía. Así, al hombre le fue designado el espacio de la administración, el de las decisiones políticas, es decir, el de la dirección de su propio destino y el de los otros. En cambio, la naturaleza femenina, la feminidad, según estos pensadores, tenía como rasgos característicos la emoción, la parcialidad, la dependencia, el amor a los otros y el altruismo. A la materialización de estos rasgos, a través del incuestionable cumplimiento de la satisfacción de las necesidades de los otros, solo podía corresponderle un espacio, el doméstico.
En este tenor, en su obra Emilio o la Educación, Rousseau diseñó un plan educativo para las mujeres y los hombres, apegado a sus supuestas diferencias biológicas y psicológicas, diferencias que desde su perspectiva resultaban complementarias -y jerarquizadas-. El filósofo sostenía que la inteligencia y el talento son masculinos y que solo un sujeto es beneficiario de la razón: el hombre. En contraste, la naturaleza de la mujer es definida, según Rousseau, a partir de la domesticidad, el servilismo y de virtudes pasivas, tales como la obediencia, modestia, humildad, sumisión y discreción, que se constituyeron como los valores de la feminidad. El matrimonio aparece entonces como el vínculo social sagrado que equilibra con precisión las fuerzas naturales de la pasión y la razón a través de la educación.
Desde esta construcción socio-histórica, se constituyeron también los argumentos que excluyeron a las mujeres del ámbito de la ciudadanía. El discurso subyacente era que las mujeres debían renunciar a sus aspiraciones de competir por el poder económico y político, porque esa era una cualidad exclusivamente masculina. De esta forma, los principios universales de la Ilustración -libertad, fraternidad e igualdad-, excluyeron en la práctica a las mujeres.
Fue así que en el siglo XVIII las mujeres iniciaron el largo proceso de construcción de sus derechos y lograron conquistar su derecho al voto a principios del siglo XX. En México alcanzaron este reconocimiento en 1953. ¿Y qué ha significado la conquista de su ciudadanía? Nada menos que la transformación del Estado, pues lo obligaron a transitar de su exclusión a la construcción de una democracia paritaria como eje de la igualdad sustantiva. Esta transformación se ha concretado no solamente en el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres, sino de sus derechos humanos y en particular de su derecho a una vida libre de violencia.
Dicha transformación, sin embargo, ha sido experimentada a lo largo de la historia como una amenaza al poder masculino, que históricamente ha detentado el poder político y económico. Carmen Alborch advertía la existencia de un temor latente entre los hombres a sentirse desplazados o a enfrentar una mayor competencia en la esfera pública, lo que explica las barreras sutiles o directas a la participación de las mujeres.
Este temor es el que subyace al discurso de las ‘tradwives’ y del ‘voto familiar’. Tal discurso ataca directamente la autonomía ciudadana, la independencia económica y los derechos políticos conquistados por las mujeres durante siglos.
Simone de Beauvoir advertía en los años 40: “No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda su vida”. Su advertencia muestra hoy su plena vigencia.